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Mario Soriano, un compás incansable hecho a sí mismo

Celebra su primera alegría en el Dépor en su mejor momento, tras otros tres intentos fallidos

Mella, Bil y Jose Ángel abrazan a Mario Soriano  después de su tanto frente a la Real Sociedad B en Zubieta.

Mella, Bil y Jose Ángel abrazan a Mario Soriano después de su tanto frente a la Real Sociedad B en Zubieta. / Fernando Fernandez

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A Coruña

No fue a la primera. Ni a la segunda. Ni a la tercera. El destino se empeñó en que Mario Soriano (Madrid, 2002) tuviese que esperar hasta su cuarta campaña como blanquiazul para celebrar una alegría con la elástica del Deportivo. Un camino lleno de obstáculos, de fracasos y de perseverancia en el que aquel juvenil imberbe cedido por el Atlético de Madrid se convirtió en líder y referente con apenas 24 años.

Mario Soriano aterrizó en A Coruña en agosto de 2021 siendo aprendiz y ha ascendido a Primera como maestro, pero, entremedias, le tocó madurar a pasos agigantados, golpe a golpe. Tuvo que encontrarse a sí mismo en un Riazor que, de inicio, le fue hostil hasta que aprendió a quererlo. Empezó de la mano de un Borja Jiménez que le hizo un hueco en la banda izquierda y se graduó con honores a las órdenes de Antonio Hidalgo, que lo ha empleado en todas las zonas de la medular. Es su comodín, su hombre para todo. Un líder que ha salido de las sombras para asumir el mando y desatascar partidos en los momentos candentes, cuando a otros les pesa la responsabilidad. El eje sobre el que gira el fútbol blanquiazul.

El madrileño pugna por la pelota en el partido frente al Eibar, su exequipo, en Riazor.

El madrileño pugna por la pelota en el partido frente al Eibar, su exequipo, en Riazor. / Iago Lopez

El madrileño se empeñó en devolver al Dépor al fútbol profesional desde su curso de debut. Lo rozó esa campaña, al anotar el 1-0 en el play off de ascenso frente al Albacete. Fue el héroe por un instante, pero el fútbol no quiso ponérselo fácil. Se abrazó al deportivismo y se repuso del fiasco para volver a intentarlo al año siguiente. Con más peso sobre el césped, se reivindicó como pieza clave y empezó a esbozar ese carácter ganador que ha terminado por convertido en ídolo, pero el equipo volvió a quedarse a medias contra el Castellón. El Deportivo no arrancaba pese a que Mario ya brillaba. El Eibar vino a por él y el madrileño se marchó cedido a Ipurúa. Conquistó a la parroquia armera y guió a los vascos hasta las puertas de Primera, en un despliegue futbolístico que llamó la atención de toda la categoría. Mario se había hecho mayor. Y esperaba a un Dépor que, engrasado con la savia nueva de Yeremay o Mella y el liderazgo de Lucas Pérez, logró, por fin, salir del barro.

Su reencuentro con la camiseta blanquiazul tampoco fue sencillo. Venía de ser protagonista y se encontró un atasco monumental en la parcela ofensiva. Otro escollo, el enésimo. Pero siguió insistiendo. Lucas le entregó las llaves del Dépor al salir y Soriano no dudó en aceptar el relevo. Reclamó su lugar con Óscar Gilsanz y alcanzó la madurez con Hidalgo, en un curso en el que abandonó la posición de 10 para incrustarse en la base de la jugada y facilitar la circulación del esférico. No le importó, porque si algo está escrito en su ADN es la palabra resiliencia. Se adaptó al doble pivote, al baile de compañeros a su lado y a otras funciones menos vistosas. Pero no se olvidó de jugar. Porque cuando el balón pasa por sus botas, ocurre la magia. Su fútbol es sencillo, sin estridencias ni grandes lujos, pero con la inteligencia y el sentido común por bandera. Quizá por ello lleve más de cien encuentros consecutivos en liga.

Soriano festeja el gol del empate frente al Andorra con su celebración habitual hacia la grada.

Soriano festeja el gol del empate frente al Andorra con su celebración habitual hacia la grada. / Carlos Pardellas

Su gran asignatura pendiente era vivir una alegría en A Coruña y, cuatro temporadas después, por fin lo ha conseguido. Coincide, además, con el mejor año de su carrera, aderezado con un buen puñado de goles (alguno de ellos decisivos, como el de la Real B, el Mirandés o el Andorra) y asistencias. No es casualidad. Porque Soriano respira Deportivo. Y el Deportivo, sin él, se ahoga. Con trabajo, perseverancia y talento, ha derribado las barreras de la élite. Y, de su mano, ha arrastrado a un club que llevaban casi una década alejado lo más alto.

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