Especial del Deportivo: El Dépor y el ascenso de la gente
La lealtad en ocho años de penitencia y la electricidad de la grada empujaron a un Dépor que comenzó dubitativo y que acabó sintiéndose indestructible y predestinado
Regresa robusto a Primera por cómo fue el camino y su salud económica
Este artículo forma parte del Especial por el ascenso que publica LA OPINIÓN A CORUÑA este domingo y que podrás adquirir con tu periódico

Aficionados abrazan a Noubi en Valladolid / CARLOS PARDELLAS
No fue casual la virulencia con la que entró la pelota de Bil Nsongo en el segundo gol de Valladolid. Le pegó toda A Coruña. Tampoco fue casual la marea blanquiazul en Pucela, con o sin entrada. El deportivismo quería que el equipo le sintiese cerca, aunque tuviese que quedarse a las puertas del estadio o esconder su camiseta en la grada. Porque si ha habido algo en esta escalada es dignidad en el barro y también lealtad, esa electricidad que ha recorrido Riazor y de la que se ha alimentado el Dépor que asciende a Primera en esta campaña 2025-26. Rehabilitar, sanar, restaurar. Todo ha conectado y este equipo se ha sentido indestructible dentro de su propia humanidad. Así fue levantándose de los golpes y despejando las dudas, así fue remontando y tumbando rivales con goles en el descuento, como quien apartaba moscas. Así fue sintiéndose predestinado, la mejor y más fuerte de las sensaciones. Un coloso. Ha protagonizado, además, el gran regreso de la historia del fútbol español. Ningún campeón de Liga se había ido nunca a la tercera categoría después de haber llevado esa conquista a sus vitrinas. Pero el Deportivo ya está aquí y viene arrollador. Luce títulos, cicatrices y salud.
Por todo lo que ha tenido que pasar, también por cómo vuelve. Henchido de orgullo por la entereza que tuvo en la travesía, pleno de salud después de haber protagonizado el mayor concurso de acreedores de la historia del fútbol español. Sin deuda, capitalizado, con una ciudad deportiva envidiada, con la grada llena y con Riazor en capilla para la reforma. Un gigante aporrea a la puerta.

Foto de familia en el Nuevo Zorrilla. / CARLOS PARDELLAS

Celebración del ascenso sobre el césped. / CARLOS PARDELLAS
Porque estos ocho años le han dignificado. A veces no tanto en el césped, pero sí en la grada. En cada campo de barro que ha pisado ha vivido una fiesta y ha asimilado una lección. Algarabía por celebrar que juega el Deportivo, sea donde sea. Por festejar que sigue vivo, que le está acompañando. Muchas enseñanzas en ese viaje físico y vital a las esencias del fútbol más puro, al choque de realidad de saber que nadie está libre de una caída así, de ese golpe de humanidad que hace recolocarlo todo.
Tarazona, Ceuta, Cornellà, Teruel, Sestao, Linares, San Fernando, La Línea de la Concepción, Calahorra, Talavera de la Reina, Tudela, Guijuelo, Luanco o Langreo, entre otros, quedarán en la memoria sentimental de una generación que no olvidará a dónde la mandaron y de dónde ha venido. También las que han pasado: Mallorca, Fuenlabrada, Albacete, Castellón... Porque en un club familiar, en el que las esencias de un sentimiento se transmiten de padres a hijos, los jóvenes de hoy son esos mayores que en su día vivieron la Tercera División en 1974, los que crecieron en Especial Niños y en la curva de Marathón, los que volvieron al barro en 1980 o los que se llevaron bofetadas que aún duelen ante el Rayo en 1983, el Oviedo en 1986, el Celta en 1987, el Valladolid en 1989 o el Tenerife en 1990.

Miguel Loureiro / CARLOS PARDELLAS

Celebración del ascenso sobre el césped. / CARLOS PARDELLAS
Todos ellos esperaron pacientes, mientras aprendieron, en muchos casos, a golpes, hasta aguardar su momento, ese instante en el que sentían que la suerte iba a cambiar, en el que estuvieron preparados ellos y el Deportivo para que el fútbol español se enterase del tsunami que estaba levantando en A Coruña y en el estadio de Riazor. Adiós al fatalismo. Entonces todo ardía y cambiaba en 1991, hoy diluviaba en una tarde inolvidable del 24 mayo de 2026 que culminaba la odisea blanquiazul.
La adrenalina de los goles de Bil redondea las esquinas, borra las aristas, de una temporada desgastante. Poco a poco quedará el poso de la conquista y se edulcorarán unos doce meses que volvieron a poner a prueba al Deportivo, que hicieron que sus cimientos volviesen a sufrir una prueba de estrés inimaginable. Desde la resistencia ante las ofertas por Yeremay o la llegada de Antonio Hidalgo, hasta la derrota frente al Granada en Riazor (0-2) que hizo escuchar reproches de la grada, el Dépor vivió una y mil pruebas hasta que todo conectó de nuevo, no volvió a perder y se sintió por fin un equipo de Primera que, insuflado por el empuje de su gente, debía reclamar el sitio que le correspondía. El propio Antonio Hidalgo nunca escondió que tuvo que hacer entonces cambios profundos, que él en particular tuvo que entender lo que le rodeaba: a la ciudad y a la afición con las que trataba, y la misión en la que estaba embarcado. El puzle no fue sencillo, pero en cuanto encajó...

Juan Carlos Escotet manteado / CARLOS PARDELLAS

Celebración del ascenso sobre el césped. / CARLOS PARDELLAS
Es un ascenso de momentos. De ese gol sinfónico de Granada, de la volea de Dani Barcia frente al Sporting, de la goleada al Mirandés, de los revolcones en La Rosaleda y El Sardinero, de las tardes negras ante Castellón, Real B y Andorra, de los goles de Mario Soriano en Zubieta y ante el Andorra, de la batalla frente al Racing en Riazor, del trallazo de Altimira en Ceuta, del VAR de Burgos, del gol de Noé y el penalti de Ferllo frente al Leganés, de la pica al cielo de Zaka y de los dos misiles de Bil en Valladolid. Tantos y tantos.
Es también una subida de protagonistas y no solo en la grada, también en el césped. De la personalidad y las manos prodigiosas de Ferllo; del saber estar en la suplencia y la titularidad de Germán; del apoyo de Eric Puerto; del resurgir de Ximo para siempre cumplir; de la hiperactividad de Altimira; de ese Noubi que llevaba un año apartado en Bélgica y que ahora parece imparable; de ese Loureiro que ha cumplido su sueño de niño; de ese Barcia que se sobrepone a las dudas; de ese Arnau que ha ejercido de alternativa hasta el final; de ese Quagliata que canaliza la electricidad de la grada; de la experiencia y los centros de Escudero; de ese Villares que siempre ha estado de guardia; de ese José Ángel que tenía el sueño de ascender a Primera; de ese Patiño que siempre ha conectado con el deportivismo joven.
También de ese Riki que dará más; de ese Gragera que ha sabido ser soporte sin jugar; de ese Noé imparable; de ese Mella incontenible en cualquier terreno; de ese Yeremay genio y terrenal; de ese Mario Soriano todocampista y líder que lloró en la zona mixta de Valladolid; de ese Cristian Herrera que ha sostenido el vestuario en los peores momentos; de ese Stoichkov que luce experiencia y poso; de ese Luismi que regala asistencias; de ese Mulattieri quirúrgico; de ese Zaka rescatado de la segunda holandesa y de las rocas; y de ese Bil inesperado, incontenible y sin techo. El ascenso y el viaje que recolocaron al Deportivo, como institución y en su sentimiento, y también a todos sus protagonistas, en el césped, en la grada, en los despachos.
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