29 de marzo de 2009
29.03.2009
La Opinión de A Coruña

El auge de la industria coruñesa del hierro

Galiacho, Solórzano, Ortiz y Wonenburger constituyeron las empresas metalúrgicas más importantes de A Coruña durante los siglos XIX y XX y convirtieron la ciudad en pionera del sector en Galicia

29.03.2009 | 01:00
Forjado de Puerta Real y sumidero del casco histórico, ambas de Wonenburger. Cartel de Ortiz (dcha.) / f. martinez

Joaquín Galiacho fundó la primera empresa de fundición en 1843, una actividad productiva a la que se unieron otros hombres de negocios de la época, como Manuel Solórzano, Miguel Muñoz Ortiz y Julio Wonenburger Canosa. Pese a que todas las industrias de fundición desaparecieron con la modernización del siglo XX y el crecimiento de la competencia, acometieron obras tan importantes como la colocación de columnas, soportes y faroles para el alumbrado con petróleo. El desarrollo de los pesqueros a vapor estimuló el auge del negocio del hierro y talleres mecánicos que se asentaron en los principales puertos de Galicia: A Coruña y Vigo

La primera fundición coruñesa fue la de Joaquín Galiacho y Sierra, que estableció la fábrica en Monelos en 1843. Aunque la empresa contaba con otros dos socios más, Galiacho quedó registrado como propietario. En 1837 en unió de su esposa, Francisca Botana y el que, se supone, era su cuñado, Francisco Botana. Pero las necesidades de capital lo obligaron a abrirse a nuevos socios y también incorporó al cura de Santa María de Fabra, Manuel de Castro quien, junto con Botana, aportó el 95% del capital de la nueva sociedad.


Los activos del negocio eran bastante estimables para la época y el conjunto del sector. Además, la cercanía del puerto herculino facilitaba la obtención del hierro y carbón en condiciones más ventajosas que las que detentaban las fundiciones de Sargadelos (Lugo). Posteriormente, la sociedad establecida entre Galiacho, Botana y Castro se extendió a otros negocios, como el establecimiento de una fábrica de loza y la explotación de una mina. El interés por la industria de la loza les llevó a fundar en 1853 la firma Joaquín Galiacho. Manuel de Castro, sin embargo, decidió separarse y dejó a la sociedad con sólo dos socios.


Pese a la intensa actividad desplegada, el funcionamiento de la fundición de hierro estuvo condicionado por determinadas dificultades financieras que el empresario no pudo afrontar y, aunque pidió un préstamo, tuvo que enajenar varios de sus bienes, entre los cuales no se encontraba la fundición de Monelos. Galiacho demandó a Botana y a de Castro, que se desentendieron de los problemas económicos y consiguió que éstos tuvieran que indemnizarlo.


Los problemas sin embargo arreciaban y en 1864 se le embargaron los cuatro edificios que componían la fábrica de fundición, con sus máquinas, moldes y existencias, además de una casa vieja y vacía. Los bienes fueron tasados en más de 31.000 pesetas, pero la instalación necesitaba reparaciones urgentes, por lo que la propiedad pasó a manos del herrero Baltasar Carballeira, un vecino coruñés.


Manuel Solórzano Ibáñez fue el fundador de otra de las dinastías de metalúrgicos coruñeses más emblemáticas. La empresa corrió una suerte distinta a la de los Galiacho y tuvo mayor continuidad. Solórzano era, junto con Miguel Ortiz, uno de los mayores importadores de A Coruña en 1897. La industria de fundición adquiría día a día mayor desarrollo en ambas fábricas, y en 1913 se añadió a las de Ortiz y Solórzano la fundición de Julio Wonenburger.


Manuel Solórzano se instaló en los años sesenta en A Coruña y en 1864 implantó su negocio de fundición de hierro colado en el barrio de Santa Lucía. La aventura empresarial marchaba bien y en 1873 obtuvo un contrato para colocar columnas, soportes y faroles para el alumbrado con petróleo en varios puntos de la urbe coruñesa y su extrarradio.


Al fallecer, en 1895, su viuda e hijos formaron una sociedad sobre la base de la fábrica. La competencia había crecido y esto requería mayor preparación profesional, pero sus hijos constituyeron en 1923 una sociedad civil particular denominada Hijos de Solórzano que consiguió salir adelante.


En 1938, la compañía se reconstituyó en forma de sociedad limitada, y aunque esto hizo que su crecimiento fuera más lento, consiguió llegar hasta la tercera generación. Con la llegada de la cuarta saga de descendientes llegó la profesionalización y la dirección de la compañía recaía sobre empresarios más capacitados, con lo que la fundición se mantuvo en pie pese a la Guerra Civil.


Entre sus clientes se encontraban vapores de pesca, Autos La Emprendedora y Eléctrica Lucense. El desarrollo de los pesqueros a vapor había estimulado la aparición de fundiciones y talleres mecánicos en los dos principales puertos gallegos (A Coruña y Vigo), pero con más importancia en A Coruña. Aunque en términos de capital la firma no experimentó grandes transformaciones, en los años de desarrollo se observaron progresos de importancia. No obstante, la crisis de los 70 y la competencia ventajosa de los países asiáticos dio al traste con esta empresa centenaria.


La fundición de Solórzano fue contemporánea de la fábrica de Miguel Muñoz Ortiz, maquinista e industrial coruñés. La fábrica se dedicó a la fundición construcción y reparación de toda clase de maquinaria. El revés se produjo en 1906, cuando Ortiz fue asesinado tras una larga huelga desarrollada en el sector de la construcción. Sus hijos se hicieron cargo del negocio y crearon la sociedad colectiva Hijos de Miguel M. Ortiz y continuaron la explotación de la fundición de hierro y metales y de los talleres de separación de maquinaria. La industria se liquidó, sin embargo en los años de la Gran Depresión, pero la disolución no supuso el fin de la fábrica, ya que su hijo Miguel Muñoz-Ortiz Fernández continuó en solitario al frente de la misma, aunque el destino de la empresa se desconoce.


La lista de empresarios coruñeses del hierro se cierra con Manuel Wonenburger Cabezudo, que en 1894 se convirtió en socio industrial de Fernández, Cerezo y Cia. La sociedad se dedicaba a la fundición de metales, ajustado y cerrajería. Entre sus socios se encontraba la compañía Fernández y Cerezo, de Manuel Fernández López, además de Juan Chas Morlán, herrero coruñés y socio industrial, al igual que Wonenburger. Desde 1892, esta empresa fabricaba instrumentos de hierro, reparaba máquinas de vapor, bombas y todo lo concerniente a trabajos de mecánica.


A principios del XX, la segunda generación de Wonenburger ( Julio Wonenburger Canosa) decidió continuar su andadura en solitario y siguió su propio camino con éxito, ya que invirtió en todo tipo de actividades. En 1942, nuevos miembros de la familia se adhirieron a la fundición -que se convirtió en sociedad limitada- y en su objeto social se incorporaba la industria de fundición, talleres mecánicos y metalúrgicos y todo género de industria y negocio de lícito comercio.


Cuando en 1951 falleció Julio Wonenburger Canosa, sus participaciones pasaron a manos de sus hijos. La última gran transformación empresarial tuvo lugar en 1961, cuando se convirtió en sociedad anónima y dio entrada a nuevos socios ajenos a la familia Wonenburger, nuevos fichajes con los que se pretendía ampliar la empresa. Aunque el buen funcionamiento quedó demostrado durante los años siguientes con sucesivas ampliaciones de capital, en 1984 solicitó la suspensión de pagos. El expediente, por otra parte, fue sobreseido al año siguiente -uno de los acreedores era el Banco Pastor-.


La oferta de fundiciones y talleres mecánicos a lo largo del siglo XIX fue algo reducida en A Coruña pero no por ello despreciable, y aunque la ciudad fue pionera en este sector, pronto fue sobrepasada por Vigo, a la cabeza en el desarrollo de la construcción naval.


Alonso, Luis; Lindoso, Elvira; Vilar, Margarita. Construyendo empresas. La trayectoria de los emprendedores coruñeses en perspectiva histórica.

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