Disponer de la tecnología más avanzada para que personas que han sufrido un ictus, o una lesión medular —incluso coronavirus con procesos severos— recuperen o mejoren sus funciones físicas depende a veces del arrojo de apuestas empresariales como la de Tania Romeu y Carlos Rodríguez. Esta terapeuta ocupacional y este fisioterapeuta cruzaron sus caminos profesionales en Alemania y decidieron volver a A Coruña hace diez años para crear Sinapse, un centro especializado en rehabilitación neurológica y trastornos del neurodesarrollo pionero en el uso de robótica. “Fuimos la primera empresa privada en toda España en contar con robótica en el campo de la neurorrehabilitación”, explica Tania Romeu, que recuerda que cuando incorporaron un exoesqueleto en 2015 no había nada parecido en las clínicas del país. Cinco años después, siguen siendo de los pocos y continúan recibiendo pacientes de toda España, 200 al año de media. La firma supera ya el medio millón de euros de facturación anual y sus instalaciones de la avenida de Oza no solo son un espacio para la recuperación funcional, sino un hervidero de ideas encaminadas a la innovación, la docencia y la investigación. Algunos de esos proyectos están a la espera de lograr el impulso financiero preciso. “A veces nos preguntan qué grupo inversor está detrás de esto y respondemos que nosotros dos. Ojalá hubiera inversión porque sería más fácil implementar muchos más procesos. Nosotros nos hemos hipotecado para cada uno de los dispositivos de robótica que hemos incorporado. Y es una decisión muy difícil de tomar”, confiesa Romeu.

No es así en todos los países. “Solo tienes que dar una vuelta por Dinamarca, Finlandia o Alemania para darte cuenta de que la robótica es imprescindible para nuestro trabajo. En otros países es mucho más habitual y nosotros queríamos aportarle más a la gente”, expone Carlos Rodríguez, que ha trabajado en los tres lugares asesorando a equipos de rehabilitación de daño cerebral. El elevado coste de estos dispositivos retrae a muchos centros privados a la hora de incorporarlos a su oferta, que tampoco está disponible en la sanidad pública para la mayor parte de los pacientes. El exoesqueleto de rehabilitación, por ejemplo, ronda los 200.000 euros. “Un robot es una máquina muy sofisticada y muy precisa que requiere mucho tiempo para sacarle todo el rendimiento. Es capaz de medir cosas a un nivel que humanamente no es posible y de coger parte de las funciones de la personas y en ocasiones sustituirlas si es necesario”, explica el codirector de Sinapse, que asegura que su clínica es la más barata de Europa para acceder a estos tratamientos.

El propósito de esta empresa coruñesa del sector de la salud es que las personas tengan la mayor calidad de vida posible dentro de sus posibilidades. “Solemos decir que el límite es el cielo, no hay techo para nosotros porque siempre hay un grado de mejora”, afirma la terapeuta ocupacional, que relata que a pesar de trabajar con personas con problemas su día a día en la clínica es “súper feliz” porque su trabajo se centra “en la potencialidad de los pacientes y no en sus grandes hándicaps”. Carlos Rodríguez apoya esta idea en la medida que “es innegable que la gente puede mejorar y a veces piensa que no cuando la realidad es que sí”. Él mismo tiene una parálisis en un brazo, que ha logrado movilizar más de lo que otros profesionales le pronosticaban. Con todo, el fisioterapeuta matiza que “esa idea súper de taza de Mr Wonderful no es real”. “No es que si te motivas vas a poder, pero sí que cada vez puedes hacer algo mejor. Lo que nosotros sabemos ver es cómo plantear los objetivos y que los objetivos sean realistas”, resume.

E Un modelo de centro “muy reproducible”. Sinapse lleva diez años funcionando en A Coruña, cinco de ellos aplicando la robótica a la rehabilitación, y desde hace dos la empresa ha puesto en marcha una segunda clínica en Torrelavega aprovechando sus sinergias con la Universidad cántabra. Las posibilidades de expansión empresarial están tamizadas por los recursos. “La inyección económica es muy importante si queremos reproducir justo esto en otro sitio, pero vamos dando pasos, viendo oportunidades”, expresa Rodríguez, con la convicción de tener “un modelo muy reproducible” y de prestigio.

El centro cuenta con ocho especialidades, entre ellas fisioterapia neurológica, terapia ocupacional neurológica, logopedia neurológica, psicología clínica, neuropsicología, psicología sanitaria, neurofisiología y nutrición, y dispone de diez aulas y salas de tratamiento. Sinapse colabora, además, con instituciones para fomentar la investigación en neurorrehabilitación y neurociencias y varios de sus 25 profesionales imparten clases universitarias.

Las secuelas del ictus, la lesión medular, la atrofia muscular espinal (que afecta a niños) o el autismo son situaciones que abordan con frecuencia en Sinapse, siempre focalizando en la atención personalizada. Entre los casos más duros, la ELA, en la que consiguen mitigar algo el sufrimiento de quien la sufre.

La llegada de la robótica a la rehabilitación supone un salto cualitativo. “Con los elementos robóticos conseguimos elevar noblemente el número de movimientos que hace un paciente. Una persona que lleva una vida normal puede hacer una media de 10.000 pasos diarios, lo que produce en su cuerpo unas determinadas condiciones de oxigenación y flexibilidad. Si esa persona sufre un ictus, al día siguiente, y durante mucho tiempo, dará cero pasos”, indica Rodríguez. El experto afirma que “en una buena sesión con un paciente agudo se podía conseguir que diese entre 30 y 40 pasos, pero con el exoesqueleto podemos conseguir hasta 2.000 pasos en una sola sesión. Eso solo se puede lograr con el exoesqueleto”.

E Cubrir el vacío de la oferta pública. Esta clínica coruñesa cubre una carencia del sistema público de salud. “En la pública, la atención está acotada a un tiempo determinado. Una vez que pasan seis meses de tratamiento en una fase aguda de intervención el paciente recibe el alta y sigue teniendo muchos problemas. Una demanda suya es ‘¿y ahora qué? ¿qué pasa conmigo a la vuelta de esos meses en los que me quedo desamparado sin ningún tipo de recurso y todas esas dificultades y problemas siguen estando ahí?”, señala Romeu, y añade que “la información es clave”.

Al ictus o la lesión medular se han añadido este año pacientes de coronavirus que han pasado largo tiempo en la UCI inmovilizados. “Nosotros somos especialistas en el tratamiento del nervio periférico y tenemos una unidad específica para el trabajo del paciente de COVID”, indica Romeu.

La rehabilitación no tiene una duración determinada, aunque la fase intensiva suele ser inferior a un año. “Actualmente el coste de la rehabilitación con robótica —la clínica dispone de cinco aparatos— ya es muy similar a la de una sesión tradicional”, apunta la terapeuta ocupacional, que es también docente en la Universidade da Coruña. Su compañero, igual que ella, imparte clases en varios másters y además desarrolla tareas de investigación en universidades como la de Auckland en Nueva Zelanda y otras en Finlandia, Dinamarca y Alemania.