Del helado a la castaña: la familia de los placeres estacionales
Los hermanos Silvia y Gonzalo Gallego regentan, en verano, la heladería La Ibi, y, en invierno, el puesto ambulante de castañas, tal y como hicieron sus padres desde los 60

Silvia y Gonzalo Gallego, en La Ibi, con fotos de sus padres en el puesto de castañas. | // V.E. / Marta Otero Mayánjorge heras pastorLola Garcíaaraceli ruízdavid navarroI. Durán
Redacción
La ciudad de A Coruña cambia de cara en función de la estación. Una de las postales de la ciudad, en época estival, la marca el ajetreo de los paseantes, relajados y en pantalones cortos, buscando el mejor helado en los establecimientos de La Marina. En invierno, las bufandas y las ropas de abrigo toman las avenidas, mientras quienes las portan buscan calentarse con un cucurucho de castañas recién asadas. Son dos caras de la misma moneda de una ciudad que se transforma. Esa moneda son los hermanos Gallego Gómez, Silvia y Gonzalo, responsables, en verano, de una de las heladerías más populares de la ciudad, La Ibi, y del carrito de castañas que marca el inicio del otoño, emplazado en su perenne ubicación de la Calle Real.
En alguna ocasión, hasta se han atrevido a fusionarlos. “Un año probamos con el sorbete de castaña, otro con el flan de castaña. La verdad es que gustó bastante”, admite Gonzalo, en uno de los respiros que les da el negocio en plena ola de calor. La pericia con uno y otro manjar se la deben a sus padres, Sergio y Pura, iniciadores de ambos negocios en los años 60, y que ahora regentan sus hijos con dedicación a su herencia. Comenzó el padre con 13 años, como empleado de los propietarios originales del puesto ambulante de helados al que hace poco más de cinco años, sus hijos quitaron las ruedas y convirtieron en local de referencia. Con el carrito de castañas, no obstante, se resisten a abandonar la vida nómada. “Es algo muy especial, para los turistas que nunca la han comido y para los propios coruñeses, que saben que siempre estamos ahí”, aseguran, desde el local que han convertido en un pequeño museo de la historia de la ocupación de su familia.
Los hermanos han decorado las paredes con imágenes de los inicios del negocio familiar, desde los primeros barquillos despachados en los 60 hasta las cinco furgonetas ambulantes que llegaron a manejar en una familia que se resigna a las vacaciones a destiempo. “Nos vamos rotando e intentamos no coincidir, pero al no cerrar hay que apoyarse. Verano no es tiempo de vacaciones para nosotros. Las cogemos a partir de septiembre”, explica Gonzalo. Todo es nada para mantener el compromiso que tienen con sus clientes, y, de alguna manera, con la ciudad: el de estar abiertos, llueva o haga sol, todos los días del año, incluso en invierno, cuando las previsiones de ventas de helados no son tan buenas como en verano. Los padres, como ellos, aun siguen por ahí haciendo lo propio, como sabe quien pasa por la calle Real a partir de octubre. “Queremos que nuestros clientes sepan que van a poder venir al local siempre. Ha habido días de invierno duros, pero ha compensado”, aseguran.
Negocios que crecen con el sol
Hay ideas empresariales que siempre triunfan cuando llega el verano. El buen tiempo provoca que en los meses estivales consigan igualar o, en muchos de los casos, superar los ingresos del resto del año. Calor intenso, esperada reactivación postpandémica y, a pesar de la elevada inflación, demanda turística disparada. El orden de los factores no altera el producto: los negocios que triunfan este verano en España son los relacionados con el sol, la gastronomía y el entretenimiento. Todos desean volver a vivir un verano como los de antes. Desde A Coruña hasta Córdoba, pasando por Zaragoza o Alicante, estos empresarios esperan la llegada del verano con agua de mayo.

Negocios que siempre crecen con el sol / Marta Otero Mayánjorge heras pastorLola Garcíaaraceli ruízdavid navarroI. Durán
El agua es el mejor aliado del verano y uno de los grandes tesoros con que cuenta Jaraba, una pequeña localidad zaragozana también conocida por sus dos balnearios (Sicilia y La Virgen). Allí se encuentra un manantial privilegiado que explota desde hace más de medio siglo la empresa Cobecsa, del grupo Ágora (cervezas Ambar y Moritz), que vive en estos meses su momento de más apogeo al incrementarse el consumo de este refrescante producto. Cuenta con la mejor materia prima, un agua de la máxima pureza y rica en minerales que brota a 30 grados de temperatura en una captación que se hace a 100 metros de profundidad. Se comercializa a través de las marcas Lunares y El Cañar de Jaraba. La primera de ellas es una referencia en el mercado aragonés y se vende en toda España, donde cada vez es más conocida gracias a sus cualidades. La embotelladora, que también elabora gaseosas y refrescos de la marca Konga, cuenta con 32 trabajadores, una plantilla que en la época estival llega a casi 40 personas. La mitad de su producción anual, que ronda los 30.000 millones de litros, se concentra entre junio y septiembre. “El agua se vende en gran medida según la temperatura: cuando aumenta la necesidad de hidratarse, crecen las ventas”, afirma Javier Sicilia, responsable de la planta y director de producción del grupo Ágora. No obstante, precisa, que “las olas de calor aportan un porcentaje poco relevante en el volumen de negocio, lo que es importante es que el verano sea de calor sostenido”. El 75% de su producción se destina a la hostelería.

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Si hay un producto que recuerda a la huerta de Europa y que solo con nombrarlo traslada a cualquiera al verano ese es el gazpacho, un producto que no solo se consume en España sino que ha saltado las fronteras patrias para ser degustado incluso en Estados Unidos. El culpable de que se haya hecho tan popular es una empresa radicada en la Región de Murcia y que lleva a gala utilizar productos de la tierra y de otras provincias limítrofes, como Alicante, Valencia, Almería, Córdoba y Jaén. El grupo Alvalle nació hace 25 años con el objetivo de lanzar una nueva generación de alimentos elaborados a partir de una materia prima fresca y de primera calidad. Y en ese contexto, gracias al talento y la innovación, elaboró y comercializó en 1991 el primer gazpacho de litro refrigerado del mercado, todo un revulsivo para este producto que era habitual en muchos hogares, sobre todo, del sur de España. Desde esa fecha, mucho ha llovido en una compañía que tiene previsto esta temporada elaborar 38 millones de litros de gazpacho, un 12% más que en el ejercicio anterior, y que exportará el 50% de su producción, sobre todo a Francia, su país estrella. Una producción récord, que se ha multiplicado por seis desde que entró a formar parte de PepsiCo en el año 1999. La gran novedad de este verano, según ha explicado la empresa, es la nueva gama en botella PET transparente Selección de Temporada, con una selección muy especial de tomates de temporada y de proximidad, que están elaborados con las variedades Pera y Kumato para la receta de verano y las variedades tomates Rosa y Negro en su versión de invierno.

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La cultura nunca ha sido un negocio demasiado boyante en Córdoba. En una ciudad con cuatro títulos Patrimonio de la Humanidad, que presume de sus monumentos, de un pasado histórico brillante y del peso de la historia escrita entre sus murallas, poner en pie un negocio basado estrictamente en la cultura siempre ha sido una misión complicada. La tarea es complicada, pero no imposible. Las proyecciones en cines de verano, una propuesta genuinamente cordobesa (en la que ver una película al aire libre mientras se disfruta de una cerveza y un bocadillo comprado en la sala o traído de casa), contradice todo lo anterior y demuestra que el que la sigue la consigue y que la cultura también puede ser rentable. Martín Cañuelo es el empresario que está al frente de Esplendor Cinemas SL desde los años ochenta, empeñado en mantener abiertos sus cuatro salas (Olimpia, Delicias, San Andrés y Coliseo), la más joven con 75 años de edad, distribuidas por el casco antiguo de Córdoba. En pleno siglo XXI, compiten no solo con las salas de cine convencionales con aparcamiento fácil y aire acondicionado, sino con las plataformas digitales donde la mayoría se ha acostumbrado ya a ver cine a diario. Pese a todo, no es raro encontrar un lunes o un martes cualquiera de agosto cola en la puerta de los cines de verano. “La pandemia ha dado un vuelco a los cines del que aún no nos hemos recuperado —explica Cañuelo—, en el 2019 teníamos una facturación de unos 400.000 euros entre las entradas, los bares y los ingresos por publicidad, pero en los últimos dos años hemos caído a la mitad”. La crisis de este año no es la primera ni tampoco la peor que recuerda. “En los años 80 hubo otra muy fuerte”, asegura. “Si te gusta lo que haces y crees que merece la pena, no te puede vencer el desánimo”, asegura. Los cines de verano son una fuente de empleo estacional. “Cada año, trabajan con nosotros unas veinte personas en las salas, a lo que se suman pintores, albañiles o jardineros que cuidan el espacio todo el año y se encargan del mantenimiento”, explica el gerente, que recuerda cómo los cines han ido ganando espacio como sede de distintos eventos. “Nuestra actividad central se produce entre junio y septiembre, pero no nos ceñimos a las proyecciones de películas, también hay actividades relacionadas con el cine, con el Festival de la Guitarra, con la difusión de autores de cortometrajes cordobeses y colaboraciones con el Ayuntamiento en conciertos y ciclos de teatro infantil en primavera y otoño”, afirma. Este año, por primera vez, el cine Fuenseca acogió un evento comercial puro y duro de la mano de Cervezas Alhambra, que transformó el patio en el que se colocan las sillas en un gran bar temático. “No descartamos repetir este tipo de iniciativas”, afirma Cañuelo. El hecho de no tener programación estable juega en contra a la hora de fidelizar empleados: “La gente se busca la vida y si encuentra algo estable lo deja”. En este sentido, “uno de los trabajos más difícil de cubrir es el de proyeccionista porque tampoco hay personas que sepan hacerlo, buscamos a gente con un nivel mínimo de informática y nosotros los formamos”. El número de usuarios que acuden anualmente a las salas cayó en picado en 2020 y 2021. “La reducción de aforos y el miedo a relacionarse con otras personas hizo que pasáramos de 80.000 espectadores anuales a menos de la mitad, una cifra que empieza a remontar aunque sin llegar a los niveles prepandemia”, apunta. La lógica haría pensar que, en un momento de crisis económica, con el IPC por las nubes, muchos cordobeses renuncien a irse de vacaciones y opten por disfrutar de la oferta cultural de la ciudad, pero según el responsable de Esplendor Cinemas no es así. “Muchas encuestas indican que se renuncia a lo que se considera gasto superfluo y la cultura se encuadra ahí”, replica. “Las olas de calor intensivas tampoco ayudan a que la gente se anime a ir al cine, aunque somos optimistas y miramos siempre a largo plazo, si no, no estaríamos en esto”, reconoce. A su favor está el precio de las entradas. Si en un cine cualquiera, ver una película cuesta 7 euros, en los de verano, donde las sillas son más incómodas pero uno se puede mover con libertad, cuesta 4 euros (4,5 el fin de semana y 5 en algunos estrenos). En cualquier caso, Cañuelo tiene claro el secreto de la supervivencia: “La constancia y pensar que el cine como negocio tiene altibajos. Hay que aguantar y resistir esos envites para seguir adelante”.

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Daniel Parres tenía claro que quería vivir de su pasión por los deportes náuticos y, a pesar de sus éxitos en competición —su última hazaña son las tres medallas que logró en los últimos mundiales de paddle surf—, necesitaba una fuente de ingresos complementaria y más estable. Fue así como arrancó su negocio —Parres Watersports—, que primero fue únicamente una escuela de verano de actividades como wingsurf o kitesurf en la playa de Santa Pola, y que actualmente incluye también un club deportivo en la cercana Arenales del Sol. Los esfuerzos por desestacionalizar la actividad le permiten mantener el club abierto todo el año, sobre todo gracias al equipo de competición que ha formado y a la organización de las propias competiciones que promueve, como el World SUP Festival Costa Blanca. Sin embargo, el grueso del negocio se sigue concentrando en el verano. En realidad, entre el mes de julio y la primera quincena de agosto, en los que factura aproximadamente el 60% de los ingresos de todo el año, según explica el empresario y deportista. “Es una lástima, porque, a pesar de tenerlo tan a la mano, en Alicante aún vivimos muy de espaldas al mar”, se lamenta. Como ocurre con todos los negocios estacionales, uno de sus grandes problemas es encontrar el personal cualificado necesario. La plantilla estable a lo largo de todo el año son cinco personas, pero en verano necesita entre 20 y 25 trabajadores, que busca entre los graduados en Educación Física. “Quieren un trabajo fijo para todo el año y no se lo podemos ofrecer”, reconoce. Pero a este problema común todo el sector turístico, la escuela de deportes náuticos debe añadir otro adicional: la necesidad de ocupar espacio en la arena, lo que le supone importantes disputas con los bañistas, a pesar de disponer de todos los permisos. “Intentamos que sean horarios en los que haya el menor número de usuarios en la playa, pero siempre hay quejas”, asegura. Otro de sus grandes objetivos es acabar con la idea de que estos deportes son elitistas y ponerlos al alcance de todos.

Negocios que siempre crecen con el sol / Marta Otero Mayánjorge heras pastorLola Garcíaaraceli ruízdavid navarroI. Durán
Nati Santana, nunca habían vivido un mes de agosto tan intenso: “Hemos duplicado el número de actuaciones que gestionamos en el último verano antes de la pandemia”. El resto del año organizan entre 20 y 30 citas, mientras que solo el mes que viene superarán el centenar. La demanda, explica la responsable de la productora, se ha disparado por las ganas de fiesta tras las restricciones sanitarias y porque este es un año preelectoral. La cultura ha sido uno de los sectores más golpeados por la pandemia y los eventos bailables han sido los últimos en volver a las actividades municipales. “Se está programando para que la gente se olvide de lo que ha pasado”, afirma Santana, quien gestiona un equipo de nueve personas, aunque necesita a más de 50 para mover el engranaje de cada evento. Camino Viejo Producciones trabaja en todas las islas y tiene en su cartera una treintena de artistas y espectáculos. Durante la pandemia, logró sobrevivir gracias a la organización de conciertos en espacios estables y con retransmisiones en streaming. Ahora recuperan su estabilidad económica gracias al regreso de las verbenas. “El nivel de trabajo es tan alto que no se puede producir más en Canarias porque no hay personal”, concluye Santana.
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