La planta gallega de chips mete al país en la carrera mundial por el GaN
España se cuela en un selecto club de siete países que tienen esta tecnología
Juan JOsé Fernández
Cuando al piloto del caza le alertan los sensores de que un lanzamisiles apunta a su aeronave, o cuando el comandante del carro de combate percibe en su panel que se aproxima un dron, o cuando un satélite capta con sus antenas activas señales de movimientos hostiles en tierra… la pericia del piloto, el sistema de defensa electrónica del carro y la sensibilidad en el espacio dependen cada vez más de unos pequeños y preciados cristales.
Importantes firmas de alta tecnología de la defensa precisan para innovar el compuesto que en la industria conocen por su nomenclatura química: GaN. Sin el Nitruro de Galio no se concibe, por ejemplo, el escudo antiaéreo que quiere levantar Europa. Sin él no podrán los sistemas de armas rendir al nivel que exige hoy la guerra. El GaN es mucho menos popular que la pólvora, pero tan esencial en la defensa del presente como aquella lo viene siendo desde las guerras del pasado.
El GaN es clave para la llamada «electrónica de alta velocidad» que reclaman las Fuerzas Armadas en tres nichos decisivos de demanda: la defensa de punto de los buques de la Armada, el programa Halcón de refresco de la flota española de cazas Eurofighter o la planificación de Fuerza 35 para un renovado y digitalizado Ejército de Tierra.
En la Europa que busca autonomía estratégica solo hay tres salas blancas en tres factorías capaces de producir semiconductores con GaN. La pionera está en la ciudad de Ulm, a orillas del curso alemán del Danubio, y la maneja el conglomerado industrial Thales Aerospace. Otra funciona en Tiburtina, en la periferia norte de Roma, controlada por el gigante de la defensa Leonardo. Ahora una tercera nace en Vigo, desde este verano con participación mayoritaria de Indra, principal tecnológica española de la defensa, suministradora de los radares de referencia para la OTAN, radares de largo alcance para Ucrania y radares, en fin, para buena parte del control aéreo civil europeo.
Cuando, en junio pasado, Indra desveló la adquisición del 37% de la start-up gallega Sparc, la negociación se había llevado con la discreción que a veces rodea a movimientos estratégicos de la industria en estos tiempos de rearme. No fue ajena a ese paso —confirman fuentes de Defensa— la opinión de asesores del mando político del ministerio, que otean las innovaciones en el mapa industrial español y que insisten desde hace tres años en que por la fotónica pasa cualquier aspiración de autonomía tecnológica.
Y semiconductores fotónicos es lo que puede fabricar Sparc. Defensa miró a Vigo desde que un grupo de emprendedores vinculados a la Escola de Enxeñaría de Telecomunicación y liderados por Francisco Díaz Otero, profesor de ese centro universitario, empezaron a difundir su proyecto de montar una planta para la fabricación de obleas para chips con 200 trabajadores. En 2027 estarán produciendo en serie semiconductores basados en galio y nitrógeno, pero también de tecnologías GAas e INP, que, utilizando la luz, aumentarán la capacidad y velocidad de carga de las baterías de, entre otros elementos civiles, los teléfonos móviles, sector en el que puede finalizar el reinado del silicio.
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