La provincia de A Coruña registra una paradoja: mejora el empleo, pero el paro de larga duración persiste
Más de 22.000 personas llevan más de un año sin encontrar trabajo: el 50,5% del total de parados

Un repartidor llama a un portal. | Carlos Luján

La mejora del mercado laboral en la provincia de A Coruña ha llevado las cifras de ocupación a niveles récord y ha reducido el número total de desempleados. Pero bajo esa buena noticia se mantiene un problema de fondo: uno de cada dos parados lleva más de doce meses sin encontrar trabajo. Es el núcleo duro del desempleo coruñés, un colectivo que se resiste a la recuperación.
Al principio, la pérdida del empleo puede parecer un paréntesis manejable: la prestación ayuda a llegar a fin de mes, hay tiempo para formarse o atender mejor a la familia. El problema aparece cuando las semanas se convierten en meses, las entrevistas no cuajan y se instala una mezcla de angustia —ante el temor a agotar las ayudas y los ahorros— y desánimo. Así se pasa a engrosar la estadística del desempleo de larga duración.
Más de 22.000 llevan un año sin trabajar
En octubre, últimas cifras oficiales, había en la provincia 44.970 personas inscritas en las listas del paro. De ellas, 22.713 llevaban más de un año sin trabajar: el 50,5% del total, según los últimos datos del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE). Detrás de esa cifra hay realidades muy distintas. Entre los parados de larga duración figuran 256 jóvenes menores de 25 años, en su mayoría en busca de su primer empleo, pero el grupo más numeroso es el de las personas mayores de 45, que representan tres de cada cuatro casos, con un claro predominio de las mujeres.
La buena marcha del empleo ha permitido reducir este colectivo en los últimos años, aunque sigue por encima del 50%. En comparación con octubre de 2024, hoy hay 2.008 parados de larga duración menos en la provincia y 4.405 menos que en 2023. Aun así, la herida abierta por la pandemia sigue sin cerrarse: los desempleados que llevan más de un año a la caza de un trabajo son todavía 5.800 menos que en 2019, antes del covid.
La explicación hay que buscarla en el impacto que supuso la pandemia para un amplio segmento de trabajadores de baja cualificación o de mayor edad. La paralización de la actividad envió al paro a miles de personas vinculadas a sectores muy expuestos, mientras que la posterior recuperación, impulsada por ramas intensivas en mano de obra como el turismo, permitió recolocar a una parte, pero dejó a otra al margen de la mejora, en un mercado laboral que exige cada vez más formación.
Las empresas piden perfiles más especializados, en muchos casos vinculados a la tecnología o, como mínimo, al manejo avanzado de herramientas digitales. Quienes no han tenido oportunidad de reciclarse o carecen de recursos para formarse se quedan en peor posición en la cola del empleo. La edad actúa como un factor añadido: persisten prejuicios a la hora de contratar a personas mayores, pese a que la experiencia y el conocimiento acumulado deberían jugar a su favor.
Más mujeres
La desigualdad de género es otra de las caras del problema. Seis de cada diez coruñeses que llevan más de un año sin trabajar son mujeres. Esta sobrerrepresentación se relaciona con la precariedad estructural que soportan y con el peso de los empleos feminizados en sectores muy afectados por la temporalidad y por la economía sumergida. Cuando llegan los despidos o los ajustes de plantilla, ellas suelen estar en la parte más débil de la cadena.
Más allá de las cifras, el paro de larga duración supone un desperdicio de talento y de recursos. Cada mes que una persona permanece fuera del mercado de trabajo aumenta el riesgo de perder habilidades y desvincularse del tejido laboral, y también puede deteriorarse su salud emocional. La calidad limitada de los subsidios y prestaciones asistenciales agrava, además, el riesgo de pobreza y exclusión.
La paradoja del mercado laboral coruñés es clara: la provincia encadena buenos datos de ocupación y reduce el desempleo en términos generales, pero no logra rebajar de forma decidida el peso de quienes arrastran más de un año sin trabajar. Romper ese núcleo duro exige políticas específicas y sostenidas en el tiempo para que el paso por el paro vuelva a ser lo que debería ser: una situación transitoria y no una condena que se prolonga sin horizonte de salida.
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