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Cuando la vocación está debajo del mar

Jorge Santos lleva 30 años dedicándose al marisqueo submarino de navajas, un trabajo que le hace feliz y con el que él y su grupo de la Cofradía de San Xosé de Cangas facturan este año 1,1 millones de euros.

Malena Álvarez

Vigo

La captura de navajas es un oficio minucioso que necesita precisión, paciencia y buen ojo. Se aprende directamente bajo el agua y con el tiempo. Jorge Santos lleva más de tres décadas dedicándose a este marisqueo submarino. Comenzó mucho antes de que el trabajo estuviese regulado. Con apenas diez años ya buceaba en la playa donde creció: «Iba probando poco a poco, fue algo intuitivo», recuerda.

Un momento
de la extracción
de las navajas.

Un momento de la extracción de las navajas.

En 1996, la entonces Consellería de Pesca, Marisqueo e Acuicultura creó las primeras licencias y él y otros 23 profesionales de la actividad se incorporaron al sistema oficial formando parte de la Cofradía de Pescadores San Xosé de Cangas. Su zona de trabajo incluye parte del Parque Nacional das Illas Atlánticas, donde la pureza del agua y la abundancia de nutrientes ofrecen unas condiciones excepcionales.

Describe una realidad diferente a la de otros mariscadores: no hace extensas jornadas, comienza con veinte minutos de navegación hasta la zona asignada y, una vez en el agua, no está más de dos horas. Bucea sobre el fondo arenoso en busca de pequeños orificios donde vive el bivalvo, un animal que se alimenta filtrando plancton y que puede esconderse cerca de la superficie o varios metros bajo la arena. «Es como ir recogiendo espárragos por el fondo del mar», explica Santos.

Todo se hace con las manos, «sin herramientas —insiste— y con una técnica que se adquiere tras años de práctica». Es una actividad bien remunerada. Entre los 25 integrantes de su cofradía han facturado 1,1 millones de euros este año. Un buen día pueden llegar a vender el producto a 28 euros el kilogramo. «Las navajas de la ría se comen más fuera que en la ría», sostiene. Se venden a lugares como Madrid, Barcelona o Canarias. ¿El motivo? Los precios son muy elevados para el mercado gallego.

Al principio solo estaba permitida la extracción en apnea. En algunas playas, sobre todo en mareas vivas, se utilizaba sal como cebo para forzar al animal a salir. La actividad profesional dio un salto importante cuando la administración autonómica autorizó en 2008 su recolección con suministro de aire desde superficie. Este cambio ha supuesto un gran avance en la seguridad laboral de estos trabajadores porque la bombona les permite operar con más calma y precisión, disminuyendo el riesgo de agotamiento y de realizar maniobras forzadas. Pero el peligro del oficio no se elimina del todo, una mala gestión del aire o de los tiempos de inmersión puede provocar problemas de descompresión, a lo que se suman factores externos como el mar de fondo, el viento o los cambios repentinos de las condiciones meteorológicas. Santos confiesa que nunca se ha sentido inseguro en el agua y cree que «si no estás cómodo, ese trabajo no es para ti».

No cualquiera puede lanzarse al agua y recoger navajas. Es necesario estar en la posesión de una licencia. Ese permiso lo tienen las embarcaciones y se adquiere a través de la compra venta. «Ahora mismo se están pagando a 150.000 euros más o menos», detalla. La extracción tampoco es infinita, se limita a un máximo de 20 kilogramos por jornada, en Navidades se amplía hasta los 25 kilogramos. El objetivo es dañar lo menos posible el ecosistema, por eso apuestan por la pesca artesanal.

La Ría se divide en siete áreas de extracción, que van rotando periódicamente de acuerdo a la situación del stock, para asegurar que el recurso se mantiene a niveles sostenibles. La navaja no necesita siembra, no depende de las temporadas. Es un producto que, por lo general, permanece estable en todas las épocas del año. «Nosotros no tenemos queja», comenta Santos que, después de 30 años, sigue feliz por poder vivir de su vocación.

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