Alba Conde, el viaje silencioso de una prenda hecha en proximidad desde A Coruña: “No queremos que haya 70 personas en una ciudad con el mismo vestido”
La firma coruñesa diseña y fabrica en España cada colección con un modelo basado en el control del patronaje, la calidad de las telas y una cuidada confección

Corte y elección de colores en la sede de Alba Conde en Agrela. / L. O.

La tijera avanza despacio sobre el patrón extendido en la mesa. A pocos centímetros, una cinta métrica amarilla serpentea entre telas estampadas, reglas transparentes y bocetos todavía sin cerrar del todo. En otra zona de las instalaciones de Agrela, una mano compara botones sobre una blusa color arena mientras varias cartas cromáticas se abren como abanicos sobre el tejido. Más allá, en un perchero perfectamente alineado, cuelgan prendas terminadas que dentro de unos meses viajarán a tiendas de España, Portugal, México o Hong Kong.
En Alba Conde, la moda empieza mucho antes de llegar a un escaparate. Empieza en conversaciones, pruebas, correcciones y decisiones que se toman a diario entre el equipo de diseño, el de la fábrica y el comercial.
La firma coruñesa, fundada hace más de tres décadas y especializada en moda femenina, trabaja hoy con una lógica distinta a la de las grandes cadenas internacionales. Mientras parte del sector acelera colecciones y multiplica producciones masivas, Alba Conde mantiene un modelo más lento y controlado, apoyado en la fabricación de proximidad y en una idea que la compañía repite como seña de identidad: defender el producto.
«Queremos contar quiénes somos y cómo hacemos las cosas, porque fabricar en España hoy es casi artesanía», resume Pablo Conde, export manager de la compañía y miembro de la segunda generación familiar.
¿Cómo nace una prenda?
El nacimiento de una colección nunca responde a un único punto de partida, explica. Las tiendas propias aportan información directa sobre qué buscan los clientes y qué funciona mejor. El equipo creativo viaja, analiza tendencias y revisa desfiles internacionales, mientras el departamento comercial traslada lo que perciben en los mercados exteriores.
«México, Francia o Portugal te van diciendo cosas distintas. Hay prendas que funcionan especialmente bien en determinados mercados y toda esa información vuelve al equipo creativo», explica Conde.
A partir de ahí empieza un proceso mucho más físico de lo que suele imaginar el consumidor final. Los proveedores llegan a la sede coruñesa cargados de muestrarios. Sobre las mesas aparecen linos, viscosas, estampados y tejidos técnicos. El equipo de diseño selecciona telas, crea familias cromáticas y empieza a construir la colección.
«El tejido es fundamental porque condiciona completamente cómo cae una prenda y cómo se adapta al patrón», señala Pablo Conde. La elección de cada material tiene además una doble lectura: estética y empresarial. Alba Conde trabaja en un segmento de precio medio-alto y sabe que parte de su valor diferencial depende de lo que el cliente percibe al tocar la prenda.

Diferentes hilos y un perchero con ropa de Alba Conde. / L. O.
En las mesas de trabajo, los bocetos pronto se convierten en primeras muestras, cuenta el export manager de la firma. “Desde el dibujo inicial se genera un prototipo que pasa directamente a las pruebas sobre modelo de patronaje”, explica. Ahí empiezan las modificaciones: una manga que necesita un ajuste, un tejido que no responde como se esperaba o un aplique que altera la caída.
«Se hace un prototipo, se prueba, se modifica y se vuelve a probar hasta que conseguimos el patrón y la calidad que buscamos», continua Conde. Incluso cuando los comerciales ya enseñan el muestrario, el equipo sigue corrigiendo detalles antes de la producción definitiva.
La proximidad de la fabricación facilita esa capacidad de reacción. La oficina y la fábrica apenas están separadas por un minuto en coche y el contacto con talleres y proveedores es continuo. «Hay comunicación todos los días. Si no existe esa coordinación, el proceso no funciona», asegura.
Esa cercanía también permite introducir un nivel de complejidad que sería más difícil en producciones masivas. Bordados, botones especiales o aplicaciones decorativas elevan el valor final de las prendas, pero también incrementan el coste. «Cuanto más complicada es una prenda, más cara resulta, y fabricar en España ya tiene de por sí un coste más elevado», admite.

Interior de una tienda de Alba Conde. / L. O.
La empresa ha optado desde el principio por reducir uno de los grandes riesgos históricos del sector: el exceso de stock. Alba Conde no produce grandes cantidades para almacenarlas. La fabricación arranca sobre los pedidos confirmados de tiendas propias, franquicias, multimarca y clientes internacionales.
Cuando termina la campaña comercial, la compañía calcula cuántas unidades necesita fabricar de cada modelo. El sistema reduce excedentes y evita acumular miles de prendas sin salida. «Además, no queremos que haya 70 personas en una ciudad con la misma prenda», apunta Conde.
Esa estrategia obliga a trabajar con mucha antelación. Mientras las tiendas venden todavía una temporada, la siguiente ya está completamente diseñada y en preparación. La compañía estructura el año en dos grandes campañas —primavera-verano y otoño-invierno— y una línea específica de eventos.

Interior de una tienda de Alba Conde / L. O.
La logística final también se coordina desde A Coruña. «Desde aquí salen las prendas hacia tiendas propias, clientes multimarca y mercados internacionales. El cliente conoce cuándo necesita recibir la mercancía y nosotros adaptamos todo el calendario para que llegue en el momento correcto de venta», explica el responsable de exportación.
El gran desafío no siempre está en la distribución. Muchas veces aparece antes: un tejido defectuoso, un proveedor que falla o un taller que cierra. «Es un proceso complejo en todos los departamentos», resume Conde.
Lejos del brillo del escaparate, el trabajo real se sostiene sobre llamadas constantes, revisiones técnicas y pruebas silenciosas. En Alba Conde, cada vestido, cada chaqueta o cada blusa pasa antes por decenas de decisiones invisibles. Y quizá por eso, cuando las prendas terminan finalmente alineadas en los percheros, conservan todavía algo del lugar donde nacieron: la calma de las mesas de patronaje y el ruido seco de las tijeras sobre el papel.
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