Para que, como decía Carles Capdevila, no nos echemos una siesta de doce años (desde que dejan de ser bebés hasta que llegan a la adolescencia), debemos trabajar el tema de la autoridad sin caer en el autoritarismo.

Muchas madres y padres de adolescentes sienten que sus hijos les han perdido el respeto, que no les hacen caso y juegan con los límites a sus anchas. Sin duda, esto también llega a desgastar la pareja.

Cómo evitar llegar a las faltas de respeto

Cuando aparece el problema de no autoridad, ocurre que este existe y ha existido desde la infancia, pero entonces, al principio, la situación era fácil. Los niños pequeños, a pesar de todo, son dependientes de nosotros (sus padres), y en edades tempranas el soborno, el chantaje o incluso el autoritarismo los hace todavía fácilmente gobernables. Cuando, por su edad, en la adolescencia, estos niños ganan en autonomía, necesitan independencia y no podemos “mandar” sin más, entonces nos hacemos conscientes de que…. ¡tenemos un problema! Pero, aunque el problema parece que surge en ese momento, la realidad es que su origen está años atrás, porque “un adolescente conflictivo no surge por generación espontánea, como una seta en otoño”, en palabras de Sonia Cervantes, psicóloga del programa “Hermano Mayor”.

El concepto autoridad y el cómo llegar a ella es una asignatura pendiente en la modernización de nuestras familias en el siglo XXI.

La autoridad bien entendida es el uso del amor y la firmeza. Pexels

La autoridad bien entendida es el uso del amor y la firmeza. Jane Nelsen, creadora del programa de disciplina positiva, afirma que cuando una madre o padre son amables y firmes al mismo tiempo, ayudan a sus hijos a ser responsables, confiables, resilientes, con iniciativa, empoderados, competentes y seguros de sí mismos.

¿Cómo consigo que mis hijos me respeten?

La autoridad está ligada directamente con el respeto que tenemos hacia la otra persona, de ahí parte todo nuestro comportamiento. Si nuestro hijo no nos respeta, difícilmente vamos a conseguir que nos obedezca. Amaya de Miguel, fundadora de "Relájate y educa", habla del amor y la firmeza. Dos elementos que funcionan a la perfección y que no reducen la autoridad. El mensaje que se envía es consistencia y claridad, pero, sobre todo, seguridad.

Para evitar las faltas de respeto es importante establecer un mapa de actuación, que nuestros hijos conozcan lo que pueden hacer, cuándo y bajo qué circunstancias. Las consecuencias no pueden depender del estado de ánimo en el que nos encontremos. Esta experta, en su libro “Relájate y educa”, pone un ejemplo muy esclarecedor: si hoy compras un pastel porque no te da tiempo a hacer la merienda y al día siguiente al pasar por delante de la pastelería tus hijas te lo vuelven a pedir, el tercer día volverán a hacerlo, porque nadie les ha explicado que el único día que se va a poder comer pastel son los viernes a la salida del colegio.

Maribel Martínez, psicóloga, en su libro “cuántas veces te lo tengo que decir” declara que hay dos formas de conseguir ser respetados “imponiendo miedo, es decir, utilizando el autoritarismo. O lograr ser una persona respetable”.

Dicha experta nos propone algunas claves para conseguirlo:

  • Los padres hemos de generar el respeto a través de la admiración y la coherencia.
  • Nuestra actitud debe ser en muchas ocasiones más firme, porque si decimos cosas y no las cumplimos nuestras palabras pierden sentido. Nos auto descalificamos.
  • Hemos de conseguir que nos hablen con respeto y ha de quedar clara cuál es la línea roja que no han de traspasar (“no me ralles”, “pesada”, “tonto” …).
  • La mirada ha de ser una herramienta comunicativa.
  • Los padres han de ser un equipo en la crianza. Han de unificar valores y normas.
  • Coherencia. Los padres somos un modelo a seguir en los primeros años de vida de los hijos. Seamos coherentes. Dar ejemplo es la mejor manera.
  • Marcar límites claros y consecuencias de sus actos. (¡y aplicarlos! La teoría no sirve, educa la práctica del día a día. Si se supone que he de poner la mesa, no la pongo y no pasa nada, obviamente, mañana ni me planteo ponerla).

Y, por supuesto, no tengamos miedo a establecer límites diciendo: “háblame bien que soy tu madre/padre”. Cuanto antes empecemos, mejor. No somos sus amigos ni estamos en la misma posición, somos su espacio de seguridad y amor, elementos muy distintos.