19 de septiembre de 2012
19.09.2012
40 Años
40 Años

El hombre que fumaba Peter Styuvesant

19.09.2012 | 02:00
El hombre que fumaba Peter Styuvesant

La primera vez que estuve en Nueva York me enteré, al leer una guía que había comprado para el viaje, que Peter Stuyvesant había sido el último jefe holandés de la colonia que, con el tiempo, y tras pasar por manos inglesas, se convertiría en la capital del mundo. Hasta entonces aquel señor era para mí no más que la marca de cigarrillos rubios que fumaba Santiago Carrillo, tal como, creo, había llegado a saber media España. Este detalle menor, pero quizá no banal, reflejaba de alguna manera hasta qué punto se había humanizado entre sus compatriotas la imagen de un mito, angélico para unos y diabólico para otros, pero mito al fin.

Un reflejo de esa mitificación va asociado a mi primer recuerdo personal de Carrillo, con motivo de una visita a Asturias tras

la legalización del PCE. En la acera situada frente al hotel ovetense en el que había sido convocada una conferencia de prensa, se apiñaba un grupo de personas desde que el surgían gritos de "asesino". Dentro, los periodistas, jóvenes y un poco intimidados por la aureola del protagonista de la jornada, tratábamos de estar profesionalmente a la altura de las circunstancias al enfrentarnos a un personaje a quien sus correligionarios describían como el paradigma de la inteligencia política.

Los hechos matizarían, por no decir triturarían, esos prejuicios.

Santiago Carrillo había regresado a la España del postfranquismo desde su exilio francés para representar un gran papel, el que supuestamente correspondía al líder de un partido que, con enorme sacrificio de sus militantes, se había convertido en la punta de lanza de la oposición al Régimen. Pero el voto libre de los ciudadanos le asignaron uno muy diferente del que él había imaginado.

Fue de todos, un papel de protagonista, uno de los más relevantes de la Transición, pues al integrar plenamente al PC, con gestos simbólicos que implicaban grandes renuncias, en el proceso democrático que se abría, Carrillo colaboró decisivamente a su éxito y de esa forma prestó un gran servicio a su país. Luego, como dirigente de un partido que había dejado colgada su aureola en el perchero del colegio electoral durante las elecciones generales del 15J de 1977, cometería graves errores, que le sacarían del primer plano de la vida política española. Pero la Historia tendrá en cuenta su contribución principal.

La última vez que lo vi fue hace unos cuatro años en un teatro municipal donde impartió una conferencia sobre la actualidad internacional. A sus 93 años habló durante una hora con apenas el apoyo de unas pocas notas. Al final, su presentador, el profesor Delmiro Coto, me llamó para que me acercara a saludarle y pude conversar unos minutos con él. Se le veía contento, con esa ufana alegría que suelen mostrar los que son capaces de conservar la lucidez de su mente en medio de los achaques de la vejez. Fumaba su tabaco de siempre y creo recordar que bromeé con su mujer, Carmen Menéndez, que sería temerario quitarle un vicio que le sentaba tan bien, y que ella asintió un poco a regañadientes. En la corta distancia reconocí al Santiago Carrillo que había tenido ocasión de tratar otras veces: socarrón, lento en la respuesta de puro precavido, sentencioso. Y, creo, satisfecho de ser lo que había acabado siendo.

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