28 de enero de 2014
28.01.2014
La Opinión de A Coruña

¿Desembarco, qué desembarco?

28.01.2014 | 00:00
¿Desembarco, qué desembarco?

Al final, el PP no capturó botín alguno en su "desembarco" del pasado fin de semana en Cataluña, a menos que consideremos piedra preciosa la frase de Rajoy -"mientras yo sea presidente no habrá consulta ilegal ni se fragmentará España"- o moneda de oro el oportunista anuncio de Montoro: las balanzas fiscales empezarán a calcular la inversión en servicios no por territorio, sino por ciudadano. Lo primero no significa más que decir lo de siempre con una escenificada contundencia -lo que ya es mérito para el gallego- y lo segundo es el vago adelanto de una medida que, lejos de acercar posiciones, levantará ampollas en los pasillos del poder catalán. Y nada cambia demasiado si en vez de "desembarco" leemos "abordaje", pues el asalto del presidente del Gobierno y sus ministros estuvo falto de nuevas estrategias para coger el timón del barco soberanista, que ya ha puesto rumbo a la consulta del 9 de noviembre, aunque sea navegando a la deriva y con evidente riesgo de naufragio.

La inicial impresión de firmeza que dejaron las intervenciones de los miembros del Ejecutivo tiende a diluirse en cuanto uno repara en que la contundencia de Rajoy y el anuncio de Montoro corresponden, en realidad, a una fase muy anterior de la respuesta del Gobierno al desafío de Mas y Junqueras. Y que el propio Rajoy reconozca que no había hablado antes con tanta claridad "para no crear tensiones adicionales" no ayuda precisamente a corregir la sensación de déjà vu.

Por su parte, tampoco la conversión de las balanzas fiscales en "cuentas públicas regionalizadas" promete dejar muy contentos a los promotores de la consulta, ya que aunque sirviera para probar que el España nos roba es una grosera ficción, CiU y ERC siempre podrían argüir que en el tiempo que llevan reclamando la publicación de esos datos el Gobierno los ha manipulado a su conveniencia.

Montoro, además, cometió el grave error de afirmar que España está superando la crisis "gracias a Cataluña". Y digo "error" no porque la afirmación no sea cierta, que seguro que lo es, sino porque carga de razones a los soberanistas. De ahí la reacción de oso de peluche de Mas, pidiendo los "mimos" que Cataluña "se merece", y su otra conclusión: que Rajoy acepta "de facto" el referéndum porque ya ha empezado a hacer campaña por el "no". Y, cuidado, que dijo "acepta", y no "se hará", porque un día antes el portavoz de la Generalitat, Francesc Homs, había dejado bien claro que su jefe no llegará ni a firmar el decreto de convocatoria del plebiscito si el Tribunal Constitucional lo impugna a instancias del Gobierno.

Estamos, pues, como estábamos, y el desembarco no ha servido sino para que viéramos a Rajoy un poco más fuerte que de costumbre, y quizá para descubrir, también, que el asunto catalán le preocupa de verdad; sobre todo, ahora que el aval de Obama y el FMI a su hipótesis de que hemos salido de la crisis le enfrenta sin paliativos a un conflicto territorial que no admite espera ni aguardo: de nada vale ya acechar la pieza para ver si la mata otro cazador; es tiempo de coger la escopeta, aunque sea la "nacional", u otra cargada con euros, y apuntar.

Pero igual ya es tarde, porque, haya o no haya consulta, haya o no haya elecciones plebiscitarias, lo que importa es la desafección a la unidad que ha ido criándose a los pechos del proyecto soberanista, que Mas capitanea ya sin las reservas que aún le inspiraba en 2012. Le ayuda, es justo decirlo, esa mitad o más de la población catalana que lleva treinta años callada, sea por comodidad, conveniencia o miedo justificado a disentir de lo que piensa la otra mitad, la que les convenció, agasajó o amedrentó para que enmudecieran. Rajoy y Rubalcaba deberían apelar a ella y sacarla de su apatía y su temor; pero Rajoy, no Alicia Sánchez-Camacho, y Rubalcaba, no Pere Navarro, que el PSC ya tiene a sus dos mitades a gritos.

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