06 de abril de 2014
06.04.2014
La Opinión de A Coruña
La muerte de Suárez desvela documentación que arroja nueva luz sobre el franquismo

El general coruñés cuya familia salvó al padre de Suárez se enfrentó a Franco por la represión

Severiano Martínez Anido comunicó en 1938 a Franco su intención de dimitir por los "excesos" de una "cruenta" represión - El general, ministro de Orden Público en el primer Gobierno franquista, murió meses después tras sufrir una extraña enfermedad, con los mismos síntomas que Cabanellas, otro militar disidente

06.04.2014 | 02:00

La muerte de Adolfo Suárez propició estos pasados días una intensa revisión histórica del devenir democrático en España, cuyo debate aún convoca viejos fantasmas. Suárez fue reconocido por los españoles en la muerte, como nunca lo había sido en vida y menos aún en el poder, no solo como el artífice de una ardua democracia sino también como el símbolo de la capacidad para unir a un país que vuelve a transitar por el árido sendero del imposible entendimiento.

Una conmovedora historia personal desvelada por LA OPINIÓN ilustraba ese sentimiento a modo de parábola contra el mito de las dos Españas: el padre republicano de Adolfo Suárez fue salvado del fusilamiento y la ruina por la familia de un general de Franco, el ferrolano Severiano Martínez Anido, un militar que paradójicamente arrastra una leyenda negra de represor implacable. Anido era en los años treinta del pasado siglo el militar con mayor proyección en España, el duro pacificador de una Barcelona en pie de guerra por la violencia anarquista que segó la vida de tres jefes de Gobierno -Cánovas, Canalejas y Dato-, vicepresidente en la dictadura de Primo de Rivera y hombre de máxima confianza de Alfonso XIII, a quien Mola intentó sin conseguirlo poner al frente del golpe del 36, como revela la copia de una carta que el nieto del general, Roberto Martínez Anido, funcionario jubilado en A Coruña, atesora junto con otros documentos que arrojan nueva luz sobre la historia oficial del franquismo.

Fue precisamente un hijo de Severiano Martínez Anido -y padre de Roberto- quien rescató de una ejecución más que probable a Hipólito Suárez, el padre republicano de Adolfo Suárez, a quien el estallido de la Guerra Civil sorprende en zona franquista, donde afrontaba una fatídica acusación que solía acabar en el paredón solo por ser amigo del gran intelectual y ministro republicano Claudio Sánchez Albornoz. Ramiro Martínez Anido, entonces alférez, detalla ese singular episodio en unos diarios escritos durante la Guerra Civil que su familia encontró tras su muerte guardados en un cajón de su domicilio en A Coruña, donde trabajó en Radio Nacional de España. Pero lo que parecía solo un ejemplar episodio de calidad humana, esconde una insospechada revelación histórica que el nieto coruñés del general Severiano Martínez Anido ha decidido ahora desempolvar de un archivo afanosamente reunido durante años y sacar a la luz tras conocerse el episodio del padre de Suárez. Estos documentos dan una nueva perspectiva histórica sobre los primeros pasos del franquismo en la Guerra Civil y hacen hincapié en la desafección de algunos generales, encabezados por el coruñés Martínez Anido, por el Caudillo. Y arrojan sombras sobre la muerte en plena Guerra Civil de dos de ellos, Miguel Cabanellas y el propio Anido.

Roberto Martínez Anido guarda también una copia mecanografiada de un documento tan excepcional como poco conocido, cuyo original se encuentra en el Archivo de Salamanca: la carta que su abuelo, ministro de Orden Público en la retaguardia en el primer gobierno franquista tras el levantamiento militar de 1936, envió a Franco el 28 de junio de 1938. Se trata de un amargo y revelador texto en el que Martínez Anido comunica a Franco su intención de dimitir a causa de los "excesos" de una "cruenta" represión que deplora y que no se detiene ni siquiera ante "personas respetabilísimas". En una extensa misiva de tres folios, el general coruñés expone a Franco su absoluto desacuerdo con una organización del orden público en la que "los tentáculos del Servicio de Información Militar se extienden hasta el más pequeño rincón de la retaguardia, desacreditando y anulando cada vez que puede la acción de la policía, llegando en su actuación al extremo de detener a personas respetabilísimas, castigar de una manera cruenta a detenidos para lograr declaraciones y otros excesos que dejan en muy mal lugar a la policía, por ser una de sus funciones el evitarlo y garantizar el amparo y respeto de las personas". "Y como quiera que no existe en mi espíritu la interior satisfacción que señalan nuestra ordenanzas, ni veo manera de arreglo de las normas establecidas para que pueda modificarse esta situación anómala -añade Martínez Anido en la carta a Franco- , le ruego que me releve de mis cometidos".

"La copia mecanografiada que conservo de esta carta de dimisión de mi abuelo enviada a Franco a mitad de la guerra apareció doblada en muchas partes, dando la impresión de que estuviera escondida entre los papeles que tenía su viuda Irene Rojí en su casa al fallecer", revela el nieto de Martínez Anido. "Aunque también es cierto que en esa carta y otras se pronuncia en términos encomiásticos y de estricta subordinación hacia Franco", añade.

La rebelión de Martínez Anido no se limitó a la carta. El general ferrolano presionó al gobierno italiano para que retirara el apoyo a Franco, lo que supuso para éste un bofetón que nunca perdonaría. Pocos meses después, el 24 de diciembre de 1938, el general coruñés moría tras haber sufrido en julio episodios de una extraña enfermedad que guardaba síntomas muy similares a la dolencia sufrida por otro general opuesto a Franco, Miguel Cabanellas, quien murió en mayo de 1938, dos meses antes de la indisposición de Anido. Tras la muerte de Martínez Anido, Franco suprimió la incómoda cartera ministerial de Orden Público, área que integró con Interior en el nuevo ministerio de Gobernación bajo control de su cuñado Serrano Súñer, entonces en imparable ascenso por sus estrechas relaciones con los jerarcas nazis en Alemania en los prolegómenos de la II Guerra Mundial.

Ramiro Martínez Anido, el hijo del general que salvó al padre de Suárez, cuenta en una carta a su mujer cómo se detectaron los síntomas de la extraña enfermedad del entonces ministro de Franco. "Mi abuelo estaba en la localidad malagueña de Colmenar cuando comenzó a ahogarse y fue atendido por unos médicos. 'Tiene los mismos síntomas que el que tratamos en Málaga', oye mi padre comentar entre sí a los médicos y un escalofrío le recorre el cuerpo. En Málaga acababa de morir dos meses antes Cabanellas, otro general enfrentado a Franco", afirma Roberto Martínez Anido. "En las cartas de mi abuelo y otras posteriores de mi padre nunca se insinúa sin embargo que hubieran atentado contra él y su viuda achaca la enfermedad al calor y a la tensión por las rencillas con Serrano Súñer", puntualiza.

El hijo del general, Ramiro, que era alférez en la guerra cuando salvó en noviembre de 1937 al padre de Suárez del fusilamiento, mantenía con Hipólito Suárez -al que llama Polo en sus anotaciones- una amistad que se remontaba a años atrás en A Coruña, donde se conocieron. Al saber en Valladolid por la mujer de Hipólito Suárez que su amigo, en muy mal estado de salud, afrontaba una denuncia fatal por su vinculación al ministro republicano Sánchez Albornoz, no duda en acudir para salvarlo. "Le pido el coche a papá y me deja el Ford blindado -escribe en los diarios-. Me quedo helado al verlo, pobre muchacho. Su madre llegó de Coruña hace unos días. Está enfermo, más que nada porque lo persiguen con motivo de una denuncia por izquierdista hecha en el pueblo de su mujer (Cebreros). Tiene cuatro chiquillos y otro en camino. Juanito (un primo de Ramiro Martínez Anido) sale para ver al teniente que tiene la denuncia. Yo voy al poco y la leo y si no le conociese se le tendría por un sujeto peligrosísimo. Respondo por él, aduciendo también la condición en que se halla. Al volver a casa de Polo, y al saber éste que puede estar tranquilo, renace y casi se sienta en la cama. La madre llora agradecida?"

"Mi padre nunca me contó nada de esto -afirma Roberto Martínez Anido, nieto del general-, aunque le unía una gran amistad con Hipólito Suárez que duraría hasta su muerte, que yo conocía. Solo lo sabía uno de mis hermanos y creo que fue el propio Hipólito quien se lo dijo. Yo asistí con mi padre al entierro de Hipólito en el cementerio coruñés de San Amaro en 1980. De hecho, ambos están enterrados a pocos metros. Esta historia de amistad que trasciende los horrores de la guerra la conocí más tarde, al habérselo relatado el propio Adolfo Suárez a uno de mis hermanos cuando ya habían muerto los dos protagonistas. Desgraciadamente, esa no fue la norma de conducta en la guerra".

El nieto del general, funcionario jubilado del Ayuntamiento de A Coruña, y sus hermanos entregaron a Adolfo Suárez, poco antes de que contrajera la enfermedad de Alzheimer, una copia del texto en el que su padre cuenta en sus diarios cómo salvó a Hipólito Suárez. "Con el documento, le dimos también fotos que mi padre guardaba de Ávila en los años de la guerra. En ellas, en medio de una gran nevada, se puede ver a un niño que posteriormente llegaría a ser presidente de España".

No tuvo el mismo final feliz otro episodio que causó un hondo pesar al general Martínez Anido: el infame paseo en Vigo al comienzo de la Guerra Civil del empresario republicano Segundo Echegaray, hijo del dueño de la isla de Toralla, Martín Echegaray. Éste había escondido durante unos meses en su paradisíaco refugio al general coruñés en 1922, pese a las diferencias ideológicas, cuando un comando terrorista lo buscaba para matarlo por su expeditiva actuación como gobernador en la Barcelona sacudida por los violentos atentados anarquistas. Roberto Martínez guarda un artículo de Gerardo González Martín publicado en 1998 en Faro de Vigo que aporta datos sobre este hecho. Los familiares del paseado, que temían también por su vida, acudieron a Martínez Anido, que se lamentó de que no lo avisaran antes, para evitar la tragedia y les garantizó seguridad. Pero cuando informaron al gobernador de Pontevedra de las garantías ofrecidas por el militar, les respondió que "no los salvaba ni don Severiano ni San Severiano". Martínez Anido estalló en cólera cuando se enteró; poco después el gobernador de Pontevedra sería destituido y los familiares de Echegaray lograron marcharse. El general sí logró salvar la vida al insigne médico vigués Ramón de Castro -cuyo hijo sería presidente del Celta-, un pionero investigador formado en las mejores clínicas europeas y americanas que fue clave en la lucha contra la tuberculosis, la gran plaga en la España de la época, que Cela retrata en su novela Pabellón de reposo (1943). De Castro estaba encarcelado y afrontaba una amenaza de fusilamiento por masón. "En las memorias de la viuda de mi abuelo, se cuenta que Martínez Anido dice a la persona que intercedió por este médico que la única manera que tenía de garantizar su vida era reclamar que Ramón de Castro fuera a trabajar con él. Y así lo hizo. Con el tiempo, fue secretario del Patronato Nacional Antituberculoso", cuenta Roberto Martínez Anido.

Roberto Martínez Anido recuerda que el historiador Javier Tusell afirma en su libro Franco en la guerra civil. Una biografía política que su abuelo "debió de vivir la experiencia ministerial franquista como una agonía". La aversión de Martínez Anido por Franco era compartida por otros generales como el fallecido Miguel Cabanellas o Queipo de Llano. "El entonces ministro de Educación Nacional Pedro Sáinz Rodríguez revela en su libro Testimonios y recuerdos que Queipo le enseñó una noche un fragmento de sus memorias en las que se ensañaba con Franco, al que llamaba 'Paca la Culona', y en las que resaltaba la cruel complacencia con que asistía a las penas de apaleamiento de soldados moros en África. Sáinz Rodríguez dice que ese libro se perdió porque el Ministerio de Defensa, por orden de Franco, procuró sistemáticamente apoderarse de los papeles de determinados personajes militares. Otro tanto ocurrió con documentos de los generales Mola, Cabanellas y Tella", señala Roberto Martínez Anido.

Roberto Martínez Anido, que no descarta la idea de escribir una biografía sobre la controvertida figura de su abuelo, encontró un testimonio del dirigente republicano Alcalá Zamora, que pese a tachar al general Severiano Martínez Anido como un represor por su etapa como gobernador en Barcelona en los años veinte, señala que los desmanes en la Guerra Civil llegaron a ser tales que hasta un hombre tan duro como Anido "ha sido freno de excesos y garantía de muchas vidas durante la Guerra Civil". No es el único que reconoce que Martínez Anido es quien atenúa desde el primer Gobierno de Franco los paseos y los muertos en las cunetas tras la explosión de violencia del 36. Guillermo Cabanellas, hijo de otro general odiado por Franco, escribe desde Argentina en 1973 y se extraña igualmente de que el general coruñés, con leyenda de implacable, "fuera en la hora trágica de la guerra, el hombre más humano y sensible de cuantos integraron aquel primer Gobierno de Franco".

El nieto de Anido lleva más de treinta años tratando de recomponer ese incompleto rompecabezas sobre su influyente abuelo. Su primer incómodo contacto con el peso de esa herencia histórica se remonta sin embargo a cuando era un niño de 12 años y un adulto lo interpeló en el patio del colegio de los Maristas de A Coruña. "¿Eres nieto de Martínez Anido?, me preguntó. ¿Sabías que tu abuelo hacía que los detenidos lo afeitasen antes de degollarlos por su propia mano?, añadió. Aquella imagen de monstruo de mi abuelo fue un shock. No dije nada en casa, se me quedó interiorizado. Lo que me motiva ahora a airear estos datos, que se pueden consultar en el Archivo de Salamanca, no es solo este episodio infantil. El juez Garzón abrió en los últimos años un proceso por crímenes de guerra en la Guerra Civil en el que, entre otros, figura mi abuelo. El caso fue archivado, como es lógico, por haber fallecido todos los imputados. Esto no evita que , además de la leyenda negra que pesa sobre la actuación pública de mi abuelo, se le añada ahora la que le atribuye este magistrado como criminal de guerra, ya que la reseña del auto de Garzón sigue en internet. Creo que, como se comprueba en los papeles que aporto, mi abuelo estaba muy lejos de ser un criminal de guerra", se desahoga Roberto.

El teniente general Juan Cano Hevia publicó en los 90 en el diario El Mundo un artículo titulado De la dignidad política, al hilo de las corruptelas financieras del GAL a cargo de un Gobierno desbordado por la violencia de ETA, en el que establecía un paralelismo histórico con la situación vivida por Martínez Anido en la explosiva Barcelona de los años 20, sacudida por cruentos atentados a diario. Cano recordaba que Martínez Anido le había confesado en 1938 a su padre, siendo ya ministro de Franco y poco antes de su sospechosa muerte, su malestar por la corrupción que empezaba a florecer en el entorno del caudillo. "Quizá me haya equivocado en mi vida, pero nunca en provecho propio. Me tranquiliza moralmente que después de ser ministro dos veces y de ocupar otros puestos de los que muchos sacan partido, si me muero no dejo otros bienes a mi mujer que la modesta pensión de viudedad de un militar", dijo entonces Anido al padre de Cano. "Mi abuelo era un hombre obsesionado por la honorabilidad, no toleraba que se dijera que había robado. Tuvo una sonada disputa con Unamuno por eso, en la que el pensador le dio finalmente la razón. Se llegó a decir que tenía un patrimonio millonario, pero lo cierto es que ni siquiera colocó a los hijos. En nuestra casa no se hablaba de política y se nos educó bajo los principios de la honradez, la tolerancia y el respeto a todas las opiniones. No recuerdo que mi padre hablara mal del franquismo, aunque sí tuvo un disgusto cuando Franco trató despectivamente la actuación de mi abuelo con motivo de un aniversario, creo que en el 63, de la fundación de la Organización Nacional de Ciegos, la ONCE, creada precisamente por mi abuelo. Esto motivó que los hijos de Severiano dirigieran una carta de queja a Franco", afirma Roberto.

Las revelaciones sobre el ignorado enfrentamiento con Franco del general coruñés, a quien Hipólito Suárez guardó gratitud de por vida, arroja a la vez luz sobre la enigmática personalidad de Adolfo Suárez, el cuadro político que medró en el Régimen de Franco para dinamitarlo desde dentro. El padre de la Transición tenía un inesperado anclaje sentimental con un antifranquismo primigenio.

Severiano Martínez Anido era el militar al que el cerebro del golpe del 36, Mola, quería situar al frente de la sublevación, antes que a un Franco con el que no acababa de comulgar. El nieto del general tiene en su archivo una copia de un extraordinario documento, una carta manuscrita del embajador en Francia José Quiñones de León, que lo demuestra. "M. (Mola) desea que me ponga en contacto en seguida contigo para comunicarte que piensa formar un gobierno o directorio militar dentro de muy pocos días, no puedo decir cuándo, y que desea que tú lo presidas", dice el mensaje. Anido contesta el 24 de julio declinando el ofrecimiento por verse mayor y por considerar que la "injusta leyenda negra" alimentada durante su etapa de gobernador en Barcelona, sin que "ningún amigo" lo defendiese, perjudicaría al levantamiento militar de presidirlo él, aunque acepta colaborar, como así hace en agosto, al incorporarse a tares de gobierno que acabarán por enfrentarlo a Franco.

De no haber muerto en esas extrañas circunstancias en 1938, el coruñés Martínez Anido pudo haber cambiado la historia contemporánea de España y haberse convertido en un contrapunto a la interminable dictadura de Franco. Era el más firme puntal monárquico en el primer Gobierno de los militares sublevados contra la República lo que le inclinaba a una restauración de la Corona. A su muerte, un periódico franquista lo despidió como un hombre tan piadoso que sus últimas palabras fueron que había visto a Dios. Su viuda aclararía años después este episodio en unas memorias en las que desvelaba que su última frase en el lecho de muerte fueron: "No veo, adiós".

El general coruñés dejó muestras además durante su etapa como vicepresidente en la dictadura de Primo de Rivera y por su rechazo en la Guerra Civil a la represión indiscriminada de un talante capaz de llegar a entendimientos para restaurar la democracia desde el régimen militar triunfante. Desafortunadamente, su muerte truncó esa posibilidad, que Adolfo Suárez, el hijo del republicano salvado por la familia Anido, retomaría con éxito décadas más tarde en un asombroso bucle del destino.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook