21 de junio de 2015
21.06.2015
La Opinión de A Coruña

La nueva política catalana

21.06.2015 | 02:04
La nueva política catalana

La ruptura de CiU libera a Mas, pero engorda la oposición a su proyecto independentista

La nueva política catalana se llevó el jueves por delante a CiU, la pareja mal avenida más veterana de la cosa pública. Convergència (CDC) y Unió (UDC) lo dejan después de 37 años, pero no de común acuerdo, sino, como suele ocurrir, culpándose mutuamente de la ruptura.

En cualquier caso, y al margen de cómo acuerden repartirse el poder que entre ambos atesoran, la separación tiene dos consecuencias capitales: que Mas podrá trabajar ya sin oposición interna por la independencia, y que Duran, por el mero hecho de divorciarse de Mas, se aproxima, lo desee o no, a su antípoda: el polo de los constitucionalistas (PP y Ciudadanos) y los defensores de un ejercicio del derecho a decidir pactado con el Gobierno de Madrid (PSC).

En la zona intermedia se situarían los desengañados del proceso soberanista (ICV-EUiA) y los que inscriben la definición del nuevo marco de relación entre Cataluña y el resto de España en un proceso constituyente (Podemos).

ERC y la CUP, por último, harían piña con Convergència; los primeros, en inmejorable posición para acabar de zamparse la hegemonía política que la federación nacionalista ha ostentado durante décadas.

La ruptura de CiU, por tanto, merma aún más el antaño mayoritario frente soberanista (CiU, ERC, ICV-EUiA y la CUP), al que aparte de la oposición de PP, C's y el PSC (y ahora Unió) le sale además otra por la izquierda de la mano de Podemos e ICV, que ya han dado muestras de entendimiento en la Barcelona en Comú de Ada Colau, la nueva alcaldesa de la Ciudad Condal.

Las elecciones autonómicas anticipadas del 27-S se presentan así como el examen definitivo de la nueva política catalana. Nueva por el crecimiento que experimentará C's en detrimento del PP y el PSC, que ya ha padecido su propia ruptura, y por la entrada de Podemos (probablemente con algún tipo de acuerdo con ICV u otros grupos de la izquierda). Y nueva también porque Convergència y Unió acudirán a las urnas por separado y, seguramente, con nuevas siglas.

En el caso de Unió, con los afines a Duran (confederalistas) agrupados bajo la etiqueta de Construïm, la marca que ya tiene registrada el líder democristiano, y con el sector más independentista, el que perdió la consulta interna del pasado domingo por estrechísimo margen, integrado en Convergència.

Claro que, para entonces, es probable que el partido de Mas ya no sea Convergència, sino el partit del president: una candidatura configurada en torno a su persona que incorporaría a destacados miembros de la sociedad civil: quizá la monja alférez Carme Forcadell, presidenta de la Asamblea Nacional Catalana (ANC), o la monja Teresa Forcades, impulsora de Procés Constituent a Catalunya.

Un panorama de gran fragmentación y polarización de fuerzas que puede terminar afectando también a la supuesta comunión de intereses de ERC y Convergència, que aún no han dicho cómo piensan articular un programa común independentista para darle a la cita del 27-S el sesgo plebiscitario que desean.

De momento, más que en común, están poniendo por separado. Mas dio ayer algún detalle de su partit y el líder de ERC, Oriol Junqueras, acaba de proponer la creación de una lista de izquierdas, Alianza para la República Catalana, que, por encima de siglas y etiquetas, pero reservando un "papel central" para su partido, busque la independencia, la justicia social y la regeneración democrática.

Mas y Junqueras las llaman plebiscitarias, pero elecciones son elecciones, y primero hay que ganarlas, porque en juego está, además del liderazgo soberanista, la hegemonía política en Cataluña. Y, por cierto, ¿alguien en la extinta CiU se ha dado cuenta de que los más de 400 ayuntamientos que ganaron como federación en las municipales del 24-M tienen cuatro años de gobierno por delante? ¿O es que después de las plebiscitarias autonómicas vendrán unas plebiscitarias locales?

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