El caso Infanta comenzó entre susurros de periodistas:

-Están investigando las cuentas del Duque.

El plural correspondía al juez José Castro y al fiscal Pedro Horrach. Ya no, han pasado de colegas inseparables a rivales también inseparables. La ruptura pública y privada del dúo Castro & Horrach, con ribetes de divorcio melodramático, revive los conciertos del reencuentro de Simon & Garfunkel. Ambos cantantes subían al escenario por escaleras distintas, y volvían a utilizarlas después de los aplausos para no tropezarse.

Dos cabalgaban juntos. La sentencia a medias del caso Infanta deja un sabor agridulce en los paladares de Castro y Horrach. Han demostrado un temple muy superior al caótico tribunal del caso Nóos, pero no pueden celebrarlo conjuntamente. Participan del dilema de que ambos deberían sentirse vencedores parciales, pero ya ninguno puede ser feliz si sabe que el otro comparte este sentimiento. En síntesis, el fiscal se lleva a la chica. Libera de las llamas a Cristina de Borbón, a la que ensalzaba como si fuera Juana de Arco pese a que nunca moderó la codicia de su marido Iñaki.

Despejen el terreno jurídico, porque este enfrentamiento clásico de dos hombres por una mujer oculta un concurso de popularidad. Horrach quería ganarlo a toda costa. Un miembro de la Fiscalía Anticorrupción te detiene por la calle y te pregunta:

-¿Conoces el nombre del fiscal de Malaya o de Gürtel, o de alguno de los escándalos de corrupción?

Lo formula como una acusación de narcisismo, pero encierra la evidencia de que el juez de instrucción monopoliza las investigaciones judiciales. Si quieres ser un fiscal Giuliani, Cuomo o Spitzer con difusión estelar, has de emigrar a Estados Unidos.

Sin Horrach, el caso Infanta no hubiera llegado hasta aquí. Sin Castro, no hubiera pasado de aquí. Dado el comportamiento errático del tribunal, que se remonta al inicio de la vista, Urdangarín y Matas hubieran salido absueltos sin la exigencia del fiscal. Pero también es probable que la incorporación de la Infanta al banquillo fuera decisiva, para que la verdad judicial sobre el saqueo de Baleares por la banda del Instituto Nóos coincidiera en algo con lo ocurrido.

El entorno de Horrach, más complicado que el de Messi, insiste en que la investigación lleva la firma del fiscal, y que el juez se apropiaba de un mérito ajeno. El acusador público atribuye la ruptura irreversible a un incumplimiento de votos. En su versión, Castro le garantizó que en ningún caso llevaría a la Infanta al banquillo. Incluso le planteó el interrogatorio de la imputada como un trámite.

Castro se remite a la versión oficial. Rechazó categóricamente en un principio la imputación de la Infanta, un documento que Horrach le ha reprochado en cada uno de sus escritos en defensa de Cristina de Borbón. Del auto judicial se desprendía que la monarquía era un asunto político que excedía sus competencias. Sin embargo, se cruzó la intempestiva declaración de Diego Torres, su abrazo suicida a La Zarzuela como inspiradora de las trapisondas de Nóos. El instructor cambió de criterio, el fiscal defraudó a quienes había tranquilizado. El resto es historia.

El argumento definitivo peca de impropio en un análisis con pretensiones, pero ahí va. Castro cae mejor que Horrach. El juez es, perdón por el anglicismo, un natural. Se ha convertido en un símbolo que Horrach, pésimamente asesorado por su entorno, se ha empeñado en destruir en lugar de participar vicariamente de su gloria en condición de satélite.

A Castro le costó entrar en la refriega. La oportuna investigación de la Audiencia Nacional contra Manos Limpias, en pleno juicio de Nóos, fue la gota que colmó el vaso. El magistrado veía la mano del fiscal tras la iniciativa dirigida por el juez Pedraz. La querella entre los dos símbolos de la lucha contra la corrupción en España era imposible de reconducir.

En el paisaje después de la batalla, el septuagenario Castro se recompone después de una operación de espalda que no puede ser ajena a la tensión acumulada en estos años, a cambio de un sueldo de funcionario. Horrach tampoco recibirá un reconocimiento a la altura de sus desvelos, cuesta casarlo con el ejercicio privado de la abogacía. Se reconciliarán demasiado tarde, en cuanto entiendan que comparten una talla superior a la de un tribunal claramente superado. Castro y Horrach no tienen los mismos amigos, pero sí los mismos enemigos.