01 de abril de 2017
01.04.2017

La receta andaluza

01.04.2017 | 01:16
La receta andaluza

La particular manera que la familia socialista tiene de ser desdichada se tornará un proceso suicida en la medida en que persistan en encoger el debate sobre la crisis de la socialdemocracia y la pérdida de compás social del partido a un asunto visceral de caras y, en su dimensión más primaria, de ambiciones personales. En ausencia flagrante de un reconocimiento de responsabilidad colectiva, se impone como una de las líneas principales de campaña la apuesta por Susana Díaz como portadora del arcano de la victoria electoral. Desde 2008, los socialistas perdieron seis millones de votos, dos tercios de ellos en la debacle de 2011 como castigo al giro sin paliativos de Zapatero. Los sucesivos comicios fueron perforando el suelo electoral del PSOE hasta generar un precariado gobernante, algunos de cuyos miembros registraron en sus territorios los mínimos históricos que reprochan a Pedro Sánchez, aunque sin consecuencias dramáticas. Esas baronías auparon a la presidenta andaluza como encarnación del remedio para recuperar el vigor electoral perdido. Pero el desafecto de los votantes trasciende a los perfiles personales. Hay signos claros de un desplazamiento del electorado a la izquierda por efecto de la crudeza de la crisis. Ese tiempo duro quebró a una parte de la clase media que, en un efecto clásico de las políticas socialdemócratas, contribuyó a matar de éxito al felipismo.

El millón de electores que Podemos perdió en las urnas de junio sufren, según ciertos analistas, una doble orfandad por tratarse en una buena proporción de antiguos afectos al PSOE decepcionados después de trasladar la papeleta a Pablo Iglesias.

Más allá del eje izquierda-derecha, los sociólogos advierten de la emergencia de otra divisoria de carácter generacional, la que se levanta entre los votantes de menos 45 años y los que superan esa edad, que es tanto como marcar la brecha entre quienes buscan garantías de un horizonte de tranquilidad y aquellos que, ante la progresiva constatación de que quizá tengan que vivir peor que quienes les preceden, apuestan por el cambio. El envejecimiento del electorado socialista se complica con el desapego del voto urbano. Con esas limitaciones, en la hipótesis más benigna, en el generoso supuesto de que después del proceso interno consiga recomponer su unidad interna, el PSOE tiene difícil superar, a tenor de ciertas proyecciones, el 28 por ciento del respaldo en las urnas, un notable salto de diez puntos respecto a la intención de voto que le atribuye el último barómetro del CIS, pero muy lejos del umbral mínimo para gobernar en solitario.

A esos condicionantes se enfrentan todos los candidatos a la secretaría general del partido. Susana Díaz, la que más se juega en el proceso, tiene el añadido de un telón de fondo que quiso hacer bien visible en su primera aparición de precampaña. La presidenta se proclama heredera de una forma de entender el socialismo que se materializa en casi cuarenta años de gobierno en Andalucía, desde la preautonomía. El auténtico hecho diferencial andaluz consiste en esa perseverancia del PSOE, una continuidad de políticas que no ha conseguido sacar a la comunidad autónoma de la cola del país en algunos de los estándares estadísticos con los que se evalúa el bienestar ciudadano. En esas cuatro décadas, el socialismo meridional consolidó su decisiva fuerza de choque interna y, puertas afuera, una extensa red clientelar, cuya dimensión se conocerá una vez que se decante cuánto de exceso de celo judicial hay en casos como los ERE.

En la medida en que las primarias del PSOE son algo más que un solitario con 190.000 militantes implicados, convendría saber qué parte de la receta andaluza quiere extender Díaz al resto del país.

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