27 de octubre de 2017
27.10.2017

Falta de voluntad

27.10.2017 | 01:46
Falta de voluntad

Aunque el Govern reconoce la magnitud de la destrucción que se cierne sobre el autogobierno catalán, carece de la voluntad necesaria para evitarlo. Es lo único que deja claro la actitud de Puigdemont tras los vaivenes de los últimos días, que ayer alcanzaron su mayor intensidad y ratificaron que el president carece de los mínimos exigibles a un líder político.

Enrocado en ese sanedrín personal, en el que tienen voz quienes nunca pasaron por filtros democráticos homologables -esa sí que es una seña de identidad del secesionismo-, el presidente de la Generalitat está a merced de lo último que surja en su interminable ronda de consultas internas. Es la fase ciclotímica del secesionismo: un día república, al siguiente claudicación. Y así no hay forma de llevar a un país a ningún lado, ni siquiera hacia la independencia.

Pese a que algunos apuran todavía la oportunidad de las últimas horas, Puigdemont perdió ya su gran momento. Tuvo en sus manos la posibilidad de sembrar la división en el frente constitucionalistas, donde la exigencia del Gobierno de una rendición explícita del soberanismo tensó las costuras de su acuerdo con el PSOE. En esa dureza sobrevenida del Ejecutivo hay un reconocimiento explícito de que el asunto catalán se le fue de las manos. Las discrepancias en el seno del gabinete, entre quienes, como Cospedal, defendieron cruzar mucho antes el río que ahora están a punto de vadear y la vicepresidenta, partidaria de agotar todos los plazos, se hacen ahora más perceptibles y quizá pasen factura en el futuro a Soraya Sáenz de Santamaría, quien tiene la encomienda del asunto catalán. Pero eso es intrahistoria política, nada que ver con el inhóspito panorama que se abrirá en cuanto el 155 sea algo más que papel.

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