21 de diciembre de 2017
21.12.2017

Cataluña decide

21.12.2017 | 01:20
Cataluña decide

Después de la votación de octubre por la independencia, y de manera insoslayable tras la aplicación del artículo 155, Cataluña estaba abocada a las urnas. La precipitación del calendario electoral es materia opinable, pero la caótica situación política creada por el Gobierno cesado obligaba a celebrar unas elecciones. De hecho, el Gobierno español, de común acuerdo con el PSOE y Ciudadanos, las convocó al instante de tener bien claro que el Gobierno catalán no iba a hacerlo. En estas elecciones se decide quién será el próximo inquilino del palacio de la Generalitat y, por tanto, el rumbo de la comunidad autónoma. En todo caso, aunque el pesimismo que se ha apoderado de la campaña electoral invita a pensar que habrá que esperar a celebrar otras para formar un gobierno, el resultado no dejará de remover la arena política catalana. Pero, además, los pronósticos anuncian tormenta en la política nacional.

Una victoria de los independentistas, probable según las encuestas, y sobre todo si es con una diferencia mayor en votos y en escaños, daría fuerza a su plan de separarse de España y supondría un aumento de la tensión en las relaciones de Cataluña con el Estado y un fuerte desgaste para el Gobierno central. Una victoria de los unionistas en escaños, realmente posible según los sondeos, cambiaría por sí misma el panorama político. Todos los partidos, sin excepción, tendrían que posicionarse de nuevo. Pero lo que verdaderamente orientaría a Cataluña en otra dirección sería la formación de un Gobierno integrado en el Estado autonómico. Entonces, sí, se volvería a la normalidad institucional, la política nacional podría retomar la agenda de asuntos pendientes, como la financiación de las comunidades autónomas, y dispondríamos de un tiempo razonable para observar la evolución del movimiento independentista y abordar el problema, que promete seguir vivo, con calma. No obstante, es posible también que los unionistas ganen las elecciones y no logren formar Gobierno por diferencias insalvables. Es una previsión realista, deducible del discurso de campaña de los cuatro partidos aludidos, y que conviene tener muy en cuenta, por la incertidumbre que de ella se deriva.

Todo esto no es lo único que está en juego en las elecciones catalanas. Recordemos que desde las generales de junio de 2016 esta es la primera oportunidad para los partidos de medir sus apoyos, que en los últimos meses la sociedad española se ha implicado activamente en la cuestión catalana, y que el Gobierno del PP presenta síntomas de debilidad. En realidad, debe su continuidad a la falta de acuerdo de los partidos de la oposición y al apoyo reticente que le presta Ciudadanos, erigido en estas elecciones en la principal atracción para sus votantes catalanes. La progresión del partido de Rivera constituye la mayor amenaza para el PP, que podría materializarse con una ruptura del acuerdo que los une antes de finalizar la legislatura o con un gran trasvase de votos en las siguientes elecciones que se celebren en todo el país.

Y, por otro lado, los datos de encuesta apuntan a que el desplome del voto popular va a combinarse con una recuperación notable del PSC, que verá ampliada su base electoral con votos de diversa procedencia. Un buen resultado en Cataluña será la señal para la dirección de Ferraz de que está ya en condiciones de aspirar de nuevo a La Moncloa. Las expectativas del PSOE suben en la misma medida que descienden las de Podemos. Se vislumbra, pues, una lucha cerrada por el voto en el ancho espacio electoral de centro de la política española.

Antes de que eso ocurra, hoy veremos cómo deshacen los catalanes el empate de las encuestas, que no es más que el reflejo de una sociedad dividida y polarizada. Pero el escrutinio puede tener el efecto añadido de dejar al partido del Gobierno, con Rajoy a la cabeza, en una posición muy vulnerable para el resto de la legislatura. A pesar de que todavía hay electores indecisos, no se augura un realineamiento masivo del voto. La diferencia más destacable respecto a las elecciones de 2015 estribará en la aportación de los nuevos votantes a los distintos partidos. De otro modo, el voto en Cataluña permanece estable. Pero un ligero cambio en el signo de unos miles de votos puede tener consecuencias políticas de gran alcance. Una razón más para reparar en el carácter absolutamente excepcional, lo subrayo, de estas elecciones. Y no es ésta una cuestión baladí.

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