06 de diciembre de 2018
06.12.2018

No votéis a Kant

06.12.2018 | 01:52

Acaba de ocurrir en la Rusia rearmada sobre sí misma, la que una vez hizo bandera del proletariado como una clase universal por encima de cualquier patria, pero el episodio ofrece una visión a escala reducida de lo que nos está pasando. Kaliningrado, un enclave marcado por la oscilación de fronteras durante más de doscientos años de cruenta historia europea, fue antes Könisberg, la capital de Prusia oriental y el territorio que Kant medía con sus pasos cada tarde con puntualidad relojera. El nombre del filósofo, el hijo más preclaro de ese lugar y de cualquier otro, llevaba todas las de ganar en la selección abierta para dar una denominación simbólica al aeropuerto local. Hasta que se cruzó con una de las furias que se reapodera del mundo. Abierta la consulta al público, uno de los hombres que mejor supo abstraerse de la alicorta realidad de su entorno empezó a ser identificado en las redes sociales, por la germanofobia del nacionalismo ruso, como un traidor y, sobre todo, un enemigo, lo que no deja de ser una vejación para el autor de La paz perpetua. En plena campaña, un vicealmirante de la flota del Báltico con base en Kaliningrado, cuyo nombre nunca estará en la historia de la humanidad, conminó a la marinería, en el mejor estilo cuartelero, a no votar a Kant. Por traidor, pero también por haber escrito "unos libros incomprensibles que nadie de los que están aquí ha leído ni leerá nunca". El vicealmirante tiene razón y hay que agradecerle que ahora pueda servir como ejemplo de qué ocurre cuando la filosofía se extirpa de los planes de estudio. Pero, incluso prescindiendo de su lectura, nada puede hacer ya por eliminar la impregnación kantiana de cualquier aspiración a una vida buena y a la superación de las bajas pulsiones individuales y colectivas.

La arenga del vicealmirante es transversal: sirve por igual para el secesionismo que presume de oler bien como seña de identidad frente a una España de poco lavarse; para quienes llevan la patria como una víscera, la más innoble por prescindible para la supervivencia; para la izquierda huera y presentista, que de toda su herencia prefiere el discurso de trinchera antes que la razón ilustrada en la que en otro tiempo hundía sus raíces. Son muchos a votar contra Kant, tantos que en Kaliningrado perdió el referéndum.

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