07 de diciembre de 2018
07.12.2018

Pánico en el sur

07.12.2018 | 01:02

El pánico comenzó a cundir cuando a lo largo del día la afluencia de votantes era menor que en las pasadas elecciones. Además, la tendencia iba en aumento según avanzaba la jornada. Y para más sorpresa, las provincias que menos votaban eran Sevilla y Jaén, las más socialistas, la pinza constituyente del socialismo andaluz desde que Alfonso Fernández, un líder histórico de Torreperogil, ayudara a Felipe González a la renovación decisiva de las siglas socialistas frente a los exiliados históricos. Esa deserción era muy preocupante. Luego comenzó la histeria de la subida de Vox. Los medios más aznaristas, como El Español, daban diez escaños a la formación de Abascal. Ambas noticias significaban que Andalucía se iba a partir en dos y que la mayoría absoluta estaría en vilo. Al final de la noche, los hombres de Vox echaban de su hotel a los periodistas de la revista digital Contexto. La derecha ganaba.

Era la arrogancia del vencedor, pues cuando empezaron a dar los resultados reales, con el 85% de los votos, la formación de Abascal tenía ya doce escaños. La desolación cundía. Susana Díaz perdía el gobierno y la izquierda la mayoría absoluta. Era evidente que el PP disminuía menos de lo que aumentaban las otras dos fuerzas de derechas. Al final, todo se confirmó. El PP perdía siete escaños, pero Cs y Vox subían doce escaños cada uno. Lo decisivo, la abstención. Pero la abstención aquí es una decisión muy clara: a quienes se han quedado en su casa no parece importarles la catástrofe.

Andalucía mostraba de nuevo que tiene su propia lógica política, pero esta es decisiva para la lógica política española. Parece un oxímoron, pero no lo es. Andalucía es a la vez centro y periferia. Como periferia, sigue su propia lógica; pero en tanto centro, su interés está asociado de forma esencial a la razón política profunda de España. Por eso, en los complejos equilibrios que implica esta posición, un andalucismo más intenso, como el de Teresa Rodríguez, no llega a prender. Muchos andaluces realistas saben que no tienen margen de maniobra por sí mismos, ni se pueden cobrar la entrega a un radicalismo verbal estéril y superficial. Necesitan de una España ordenada y estable que cubra su déficit endémico. Por eso, Adelante Andalucía no ha podido mejorar sus cifras respecto de 2015. En realidad, ahora empezaremos a comprender lo que ha significado destruir el diseño originario de Podemos y su conversión en una izquierda convencional.

Andalucía es la ratio profunda de España, la clave de sus equilibrios, la más necesitada de estabilidad. Y en lo que signifique estabilidad, el asunto catalán es decisivo. Y ahí ni el POSE ni Podemos han logrado imaginar una salida viable. Creo que el asunto catalán es la clave que lo ha determinado todo. La agenda de los independentistas catalanes es lenta, premiosa, expectante, oportunista, zigzagueante. Pero la agenda de muchos españoles y de la inmensa mayoría de los andaluces reclama soluciones rápidas. Esa asimetría es letal. Es posible que los independentistas catalanes piensen que una España inclinada hacia Vox es un buen soporte para fortalecer sus aspiraciones independentistas. Al fin y al cabo esa era la clave de la estrategia de Puigdemont. En todo caso, la fatalidad ha sido seguir la agenda premiosa de los independentistas, siempre atados al dilema de dar marcha atrás o seguir adelante con su república. Ahora la cosa está clara. La gente al sur del Guadiana se ha impacientado y ha penalizado a los que contemporizan con esa lógica de meandros. Es posible que Cataluña sea una república algún día, pero sabemos con mayor certeza que España será un país escorado a la extrema derecha. Ahora ha premiado a los que tienen una solución radical para Cataluña, porque lo que allí suceda es tan relevante para los andaluces como lo que suceda en Sevilla.

Y en Sevilla mientras tanto sólo sucedía el infinito juicio de los ERE, que cada día parecía más un "juicio de residencia" a los 36 años de gobierno del PSOE andaluz. Aquí la lectura miope ha sido pensar que Andalucía era socialista por esencia. Pero también es españolista. Así que su apuesta por el PSOE venía condicionada sobre todo porque este era el partido que había logrado dotar de eficacia a la Constitución española del 78, el partido del orden equilibrado hacia lo social. Que los andaluces comiencen a dar la espalda a este partido implica que poseen un sismógrafo capaz de medir la inestabilidad del sistema político español. Y ese es un peligro que ningún andaluz, ni de abajo, ni de arriba, ni de en medio, se puede permitir. Andalucía, junto con Madrid, es el fundamento del orden nacional español, y siente el Estado como algo suyo. Su inclinación hacia la derecha sugiere que ha calado la idea de que el PSOE ya no es la garantía de esa estabilidad porque pone sus millones de votantes al servicio de soluciones perentorias.

Con este argumento en la mano, Susana Díaz era una líder muy débil y la candidata a ser la primera víctima de la situación. Eso debió anticiparse. Incapaz de motivar a la izquierda, activa en demostrar la fisura que rompía al PSOE, en extender la idea de que Sánchez ya no podía defender el orden constitucional, última inercia de un partido muy implicado en la corrupción, la señora Díaz ha visto cómo los votantes socialistas, desnortados, prefieren otras formaciones para ejercer la tarea que ella representa. Si de lo que se trata es de enrocarse en la Constitución y ayudar al choque con Cataluña, entonces para eso es mejor Ciudadanos, PP o Vox, y no una perdedora en su propio partido.

La lección para Pedro Sánchez es muy clara: solo tiene una posibilidad si moviliza al electorado políticamente consciente de la gravedad de la situación. Y para eso debe entusiasmar a muchos con una política que ofrezca conciencia social, estabilidad y una solución clara para Cataluña. Esta posibilidad implica ser capaz de normalizar las relaciones de los españoles progresistas con los republicanos catalanes. Si ellos van a lo suyo, España no podrá sino ir por el camino que ha marcado Andalucía.

El momento de cristalización está ahí. España no puede ser progresista y modernizadora sin los progresistas catalanes. Andalucía muestra que, en la situación en que estamos, con Cataluña empantanada por mucho tiempo, solo se puede movilizar la derecha. Incapaz de hacer una oferta clara que pudiera conducir a una solución rápida, la izquierda no tiene bandera. Lo que ha ganado es la impresión de que cuando la izquierda habla de reforma constitucional, de negociación, de diálogo, nadie sabe realmente a lo que se refiere. Ante esa situación, todo tiende a reforzar lo existente. Estos resultados andaluces son consecuencia directa de la desmovilización del electorado progresista. El de un PSOE roto entre los constitucionalistas duros, que están mejor representados por los demás partidos, y los reformistas que no tienen socios con quien reformar. Eso hace caminar al PSOE hacia esa franja del terreno de nadie. Con la tendencia que marca el día de hoy: o un pacto rápido normalizador, o la catástrofe. Esa es la situación de Pedro Sánchez, pero también la de Pablo Iglesias.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook