15 de febrero de 2019
15.02.2019
La Opinión de A Coruña

Entrevista a Junqueras

15.02.2019 | 01:32

En la tercera jornada del juicio contra la intentona soberanista estaba anunciada la declaración de Oriol Junqueras, pero resultó ser sólo una entrevista. El marco severo -¿por qué todo lo solemne tiene que ser decimonónico?- de la sala más noble del Supremo fue lo único que jugaba contra la impresión de estar en una programa nocturno y entregado de TV3.

Las preguntas de la defensa permitieron al exvicepresidente del Govern, al que la prolongada prisión no ha privado de su porte abacial, contar de nuevo su vida y recrearse en el relato con el que el soberanismo satura desde hace años. Renunció de antemano a confrontar su discurso con cualquier otro, como el que sustentaría las preguntas no escuchadas de las acusaciones, al amparo de que sufre un juicio político. Y así resultaría si le dejasen llevarlo al único terreno en el que ayer se movieron Junqueras y su defensor. Obviaron el aviso previo del presidente Marchena a abogados y acusaciones de que "solo van a poder centrarse en aspectos fácticos, no va a permitirse un debate ideológico". Esa advertencia y la de que no se admitirían estrategias dilatorias anticipan dificultades para quienes se empeñen en seguir la senda equivocada. El exvicepresident y otros del banquillo trabajan sobre la premisa, falsa, de que la sentencia está ya escrita y reducen el juicio a un mero escaparate mediático. El entrevistado se autodelató con la matización de que algunas de sus palabras estaban dirigidas "a los de afuera". De nuevo TV3.

Para Junqueras, la de ayer en el Supremo fue su oportunidad de hablar "después de un año de silencio forzado". Su formación eclesial trasluce en la cantidad de absolutos, imposibles e indubitables con los que riega el discurso. Frente a los enfangados convergentes y, a campaña abierta, aludió a los 88 años de honradez de ERC con un "por nuestras obras nos conocerán" que era pura homilía. El líder republicano está muy complacido de ser quien es -"soy de educación italiana", "amo a España", "soy siempre amable"-. Su reiteradas alusiones a la "silla vacía" no fueron reproches al Puigdemont fugado que intensifica su acción externa para tapar su ausencia en la sala y contraprogramar a quienes ahora tienen la palabra. La "silla vacía" es la que deja el Estado cuando rechaza sentarse a la mesa del secesionismo.

Antes que independentistas, los que ahora se sientan en el banquillo son demócratas y, por encima de todo ello, "buenas personas", por lo que su situación actual resulta injustificable. En esa burbuja se refugió el exvicepresident, en algunos momentos con ligeras subidas de tono. Al entrar en los detalles del día 20 de septiembre y el cerco a la consellería de la que fue titular, el meollo de la acusación de rebelión, lo negó todo siguiendo el hilo conductos que marcaban las preguntas de su abogado.

Junqueras vino a validar el criterio fijado por Marchena, al equiparar el lazo amarillo que Jordi Sànchez luce en la solapa con los símbolos religiosos que el Tribunal de Estrasburgo protege en los juicios, y prolonga su fe antigua en la creencia soberanista, también vieja, para aceptar el martirio con resignación y complacencia.

A diferencia del exvicepresident, el exconseller Forn, el responsable político de los Mossos, se fajó a fondo con el fiscal Fidel Cadena en un interrogatorio repleto de incidencias.

La estrategia del juicio político anticipa el peor resultado para quienes la siguen. Javier Melero, el abogado de Forn, lo dejaba claro el primer día: "Estamos ante un juicio penal, nada más, y nada menos". En ese terreno duro, los errores se miden en años de cárcel.

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