Xosé Manuel Núñez-Seixas (Ourense, 1966), doctor en Historia Contemporánea por el Instituto Universitario de Florencia y catedrático en la Universidad de Santiago, exhibe su receta ante la inquietante amenaza nacionalista: hay que desacralizar las naciones y avanzar hacia una convivencia pragmática de todos los españoles dentro de Europa. El historiador acaba de publicar Suspiros de España (Crítica), donde fija en la guerra contra Napoleón el inicio del nacionalismo español contemporáneo que se rehízo en 1898 tras la pérdida de las últimas colonias, un amargo despertar para un país que llegó a ser un imperio pero que no fue capaz de subirse al carro de la modernidad. Las cosas cambiaron a partir de 1975 con la irrupción de las reivindicaciones identitarias periféricas y el desafío de la integración europea que nos ha llevado a un presente confuso acerca de nuestra esencia nacional. Sobre estos asuntos Núñez-Seixas dialoga con Epipress.

¿Por qué los españoles nos estamos liando tanto con el concepto de nación?

Se lía todo el mundo porque hay muy pocos lugares donde ese concepto esté meridianamente claro. Aquí lo que sucede es que el referente territorial de nación es discutible.

¿Cómo hay que interpretar el mensaje de los catalanes que dicen que Cataluña es una nación?

Ellos creen que Cataluña es sujeto de soberanía.

¿Está el origen del nacionalismo español en el mítico levantamiento contra la invasión napoleónica?

Ahí lo que nació fue la primera formulación política de un concepto moderno de nación que dejaron patente las Cortes de Cádiz.

¿Cuál era el argumento del nacionalismo liberal frente a los invasores franceses?

Que España era una nación. Pero con el problema del encaje de los territorios ultramarinos.

¿Por qué fracasó la autonomía concedida a las últimas colonias ultramarinas del imperio español a finales del siglo XIX?

Porque el estatuto de autonomía colonial llegó tarde. Había intereses muy fuertes en mantener el status quo de las colonias que se mezclaba con los de la sacarocracia de los grandes terratenientes cubanos. Conceder la autonomía, sobre todo a Cuba y Puerto Rico, suponía además replantearse el modelo de comunidad política española.

¿Cómo se recibió en España la independencia de Cuba y Puerto Rico?

Como un gran desastre porque hasta pocos meses antes en España reinaba un entusiasmo popular y se pensaba que los Estados Unidos no tenían nada que hacer contra una vieja potencia europea como España. Fue como despertar de un sueño: creíamos que éramos algo en el mundo y no éramos nada.

¿En qué clave interpretaron los intelectuales del 98 la pérdida del imperio?

Vieron que España necesitaba despertar de su sueño imperial y convertirse en una nación moderna. Entre ellos había acuerdo en el diagnóstico pero poca concreción en las soluciones.

Costa y Unamuno representaban dos formas diferentes de ver el papel de España en Europa.

Para unos, como Joaquín Costa, había que cerrar el sepulcro del Cid y seguir el ejemplo de la Europa del norte y para otros, como Unamuno, en algún momento, había que replegarse y cultivar la propia tradición y olvidarse de Europa. La paradoja es que en 1936 los dos bandos se declararon herederos de Costa.

¿Cuándo se produjo una toma de conciencia del atraso intelectual y socioeconómico de España en el contexto europeo y cómo afectó a nuestra autoestima nacional?

Esa toma de conciencia ya era propia de muchos intelectuales ilustrados del siglo XVIII pero se acentuó a principios del XX. España era un ejemplo de imperio que no acababa de dar el salto a potencia científica. Esto duró hasta la Guerra Civil y más tarde. Pero también hubo algunos momentos de optimismo.

Por ejemplo.

Se vio una oportunidad en la II República y también en los años 80 y 90 del siglo pasado pero esta última acabó con el impacto de la gran crisis económica de 2007.

¿Cómo afloran los nacionalismos catalán, vasco y gallego a comienzos del siglo XX en oposición al español?

El nacionalismo es un fenómeno europeo con reivindicaciones que al principio son culturales. En España esa reivindicación interaccionó muy rápido con discursos políticos anticentralistas. En el 98 hubo una crisis general de legitimidad de la identidad española. El catalanismo ya en 1894 se preguntaba qué cosa es España. Hasta 1901 eran cuatro pirados los que lanzaban esos mensajes pero comenzaron a tener cierto eco.

¿Qué consecuencias ha tenido declarar el idioma español la lengua de España como símbolo de la nación?

Esa declaración fue bastante tardía. En el siglo XIX este no era un tema de debate. Se partía de la base de que la variedad de lo que hablaban las clases bajas estaba muy bien y que había una lengua de intercambio que era el castellano. Ser español era ser católico y no importaba cómo se hablase.

Pero llegó el momento de plantear la cooficialidad de las lenguas.

Sí para que por ejemplo los jueces se entendiesen con los aldeanos. En el siglo XX adquirió otro cariz al exigir el catalanismo la cooficialidad lingüística. Luego hicieron lo mismo los vascos y gallegos. La escuela filológica de Ramón Menéndez Pidal vio en el castellano el gran símbolo de la españolidad.

Manuel Azaña llegó a decir que la República tuvo que pagar el peaje de los deberes pendientes de la Monarquía por no homogeneizar culturalmente al país.

También escribió que Cataluña era el puntal de la República y que había que aceptar la voluntad de autogobierno de los catalanes. Hasta la Guerra Civil había dos almas: la jacobina que quería imitar a Francia y los fieles a los orígenes del pensamiento liberal español que veían que la mejor manera de organizar España era con un sistema autonómico o una república federal.

Si el nacionalismo se crea con mitos, rasgos étnicos, símbolos y creencias, ¿existen realmente diferencias sustanciales entre Cataluña, el País Vasco, Galicia y el resto de España que justifiquen esos nacionalismos?

Tiene poco sentido plantear cuánto hay de verdad en las narrativas nacionalistas porque la verdad es un constructo, Se hace. Las diferencias esenciales lo son en la medida en la que se las cree la gente.

Usted divide los nacionalismos entre cívicos y étnicos. ¿Cómo encajan en esa clasificación cada una de las reivindicaciones nacionalistas hoy vigentes en España?

En su mayoría hay una mezcla de ambos elementos. Sin emoción no hay nacionalismo que subsista.

¿Qué aportan a sus análisis los insultos del presidente de la Generalitat, Quim Torra, a los españoles?

Nada. No creo que sea un buen político, es un buen agitador en su papel de telonero. Más que un racista o un xenófobo es un boixo noi. Lo que se decía antes en la barra del bar se dice ahora en las redes sociales y el riesgo está en que un movimiento nacionalista y cívico adquiera tintes nativistas por culpa de la radicalización política.

¿Estamos ahora en un intento de reescribir la historia de la Transición con comisiones de la verdad que tratan de abolir la amnistía aplicada a los criminales de la Guerra Civil?

Las comisiones de la verdad tienen poca funcionalidad. Son más bien simbólicas. Los jóvenes se encuentran ahora con muchas de las asignaturas pendientes de la Transición que la crisis económica ha dejado al descubierto. Se plantean además las preguntas que los hijos de las víctimas no se hicieron.

Y la clave de la Transición es la Monarquía. ¿Ve un claro intento de liquidarla por parte de Podemos y los nacionalistas?

Parece evidente. Desde la izquierda se está replanteando la idea de reformular el sistema democrático como una república y ven en la Monarquía un resto del régimen franquista. Por otra parte, está el interés que puedan tener los nacionalismos periféricos en atacar a la Monarquía porque es el símbolo más visible de España.

¿Qué diferencia a los conflictos vasco y catalán dentro de España?

Hasta hace bien poco no se hablaba de un conflicto catalán y el vasco estaba marcado por la violencia de ETA. En Cataluña había unas reivindicaciones políticas, culturales y económicas pero pacíficas. El nacionalismo vasco nace con una impronta de antiespañolismo visceral y se fue moderando. El catalanismo nace con una idea de reformular el Estado en clave de república.

¿Cómo se puede llegar a un acuerdo nacional en el que la derecha, la izquierda y los nacionalismos periféricos se sientan partícipes de un nacionalismo cívico español?

Desacralizando las naciones. Hay que ir a una convivencia política pragmática dentro del conjunto europeo.

El nacionalismo fue una desgraciada invención romántica que tiene como único antídoto la educación verdadera, afirma el escritor César Antonio de Molina. ¿Está de acuerdo?

El nacionalismo está ahí y seguirá estando. No fue solo una invención romántica. Hay que crear un nuevo nacionalismo con contenidos cívicos, modernos y tolerantes.