"Cuanto más Vox, más Sánchez". Es una de las máximas que el líder del Partido Popular, Pablo Casado, quiere explotar durante la recién descorchada campaña electoral.

Su objetivo es evitar que la entrada de Vox a nivel estatal el 28-A, de la que nadie duda, fragmente al electorado conservador y termine por allanar el camino a La Moncloa del archienemigo del líder popular, de Abascal y de Rivera: Pedro Sánchez.

Una posibilidad plausible, ya que el sistema electoral español, con su reparto de escaños, premia a la lista más votada. Y todas las encuestas coinciden que será la del PSOE.

Así lo ha recordado Casado, que ha repetido como un mantra durante la precampaña su deseo de "unir" el voto conservador en el PP, presentándolo como el "valor seguro". El popular insiste en llamarlo "unido" o "necesario", pero todo apunta a que la batalla por el voto útil ha llegado por primera vez a la derecha, acostumbrada a disfrutar desde la barrera de las luchas fratricidas en la izquierda, históricamente dividida.

Desde la irrupción del partido ultra, las cábalas no le salen al PP. Casado prevé que la aparición de Vox será especialmente perjudicial para sus intereses en las circunscripciones con menos de seis escaños. Los populares se arriesgan en estas plazas a que Vox „y también C's„ le 'robe' votantes y que posteriormente esos sufragios no cristalicen en un escaño. De hecho, Casado llegó a pedir a Abascal que no formara listas en estas provincias pequeñas, pero Vox lo rechazó de inmediato.

Casado, entre dos aguas

No es sencillo el ejercicio de contorsionismo que afronta el líder del PP: frenar la sangría de votos hacia el partido de Abascal a base de endurecer su discurso y sus propuestas toda vez que intenta traer de vuelta al votante seducido por Ciudadanos durante el mandato de Rajoy, ensalzando la trayectoria y fiabilidad de su partido.

Algunos sondeos cifran en torno al 10 % la cantidad de sufragios que podrían cambiar el azul popular por el verde ultra. Este trasvase, en números absolutos respecto a los resultados de 2016, supondría unos 800.000 votos menos para Casado. Y cifras similares se detectan en la transferencia hacia el naranja.

Como en muchos otros aspectos que envuelven el 28A, la respuesta del votante es una incógnita. ¿Asumirá el discurso del PP y votará de una forma más razonada „o temerosa„ o, por el contrario, se mantendrá firme en el castigo a los populares ante otras ofertas más novedosas? Aquí, la estrategia de Casado coincide con la de Sánchez. Ambos, o más bien sus partidos, siguen siendo los referentes de los dos grandes bloques ideológicos en España. Y a los dos les conviene el tono de debate actual, enconado y polarizado, que subordina las propuestas a la agitación del temor a que gobierne el adversario. No hay mayor aliado del voto útil que el miedo al oponente. Igual que Sánchez está basando su repunte en aglutinar el voto progresista azuzando la "involución" que llegaría de la mano de los "tres temores", lo mismo busca Casado con sus rejones al líder socialista.

Una hipotética asunción de este escenario por parte del votante complicaría la vida a los partidos nuevos, que tras años de proclamar a bombo y platillo el fin del bipartidismo, ven ahora como dos grandes bloques se ciernen sobre sus formaciones. Y es que arrancar votos en un electorado más movilizado por el temor a que gobierne el adversario que por la confianza del partido al que tiene previsto respaldar no es tarea fácil.

Con todo, no hay seguridad de que Vox termine beneficiando a los socialistas.

Pero lo que sí parece seguro es que la formación de Santiago Abascal ha expandido la tradicional lucha cainita de la izquierda también a la derecha y las consecuencias son imprevisibles.