Anoche había partido de vuelta, pero en otro terreno. El contexto era de mucho espectáculo: "el debate decisivo", anunciaba la cadena privada; "tensión máxima", azuzaba Ferreras. El medio permitía más flexibilidad que la pública, condicionada por su propia naturaleza. Hubo menos rigideces y sin cronómetro, lo que derivó en desbordar el final marcado para la medianoche y superó a los dos encargados de llevar el debate. Ni siquiera fue suficiente el auxilio de Iglesias, quien en su moderación llegó a ejercer como tercer moderador. Tanto énfasis puso el líder de Unidas Podemos en afear el desorden de los demás que Rivera le preguntó si jugaba de árbitro, lo que fue anticipo de un encontronazo entre ambos, en el que Iglesias terminó por llamar "maleducado e impertinente" a quien, como ya hiciera la noche anterior, intentaba colarse con apostillas por los resquicios de las intervenciones del resto.

El peso del primer encuentro era bien visible y, por encima de lo que allí ocurrió, el de lo mucho que sobre ello se dijo en las pocas horas que transcurrieron entre un doblete inédito y, sin duda, irrepetible.

A Pedro Sánchez alguien debió de avisarle de que no bastaba con salir indemne y buscó confrontar desde el primer momento en el terreno embarrado de los supuestos pactos con el soberanismo, que rechazó categórico. Buscó a Rivera con perseverancia, lo combatió con sus mismas armas hasta convertirlo en su rival preferente, incluso por encima de Casado, quizá convencido de que una de las mayores bolsas de indecisos está en el entorno de Ciudadanos. Anoche hubo un Sánchez más aguerrido, alejado de la prudencia sin que se pueda decir que arriesgara en exceso, un tanto bipolar entre lo belicoso y lo institucional.

La prueba de que Casado resultó el más perjudicado en el precalentamiento del lunes es que recuperó, en un crescendo tan visible como sus gráficas, el tono habitual de la campaña. Volvió al tremendismo, quizá convencido de los escasos réditos electorales de la contención de la víspera. El tenebrismo de la sonrisa más blanqueada del plató llevó a Rivera a conminarlo a "no meter miedo a la gente". Incluso estuvo desabrido cuando se encontró arrinconado en el terreno ambiguo que le marcó Cayetana Álvarez de Toledo sobre las agresiones sexuales. Perdió los nervios, y eso penaliza ante la audiencia, más incluso que el torrente de datos, en el que persistió pese a ser el peor parado en las revisiones de hechos que siguieron a lo dicho en la noche del lunes en la televisión pública.

Aunque se mantuvo en la pauta del debate precedente, Rivera fue menos brillante, pero no por demérito personal sino porque Sánchez y Casado salieron de sus refugios templados. Había restos del show enlatado que con tanto esmero elabora su equipo de campaña. El autodenominado "presidente de las familias" sufrió el acoso de Sánchez, pero también invectivas de Casado, como el reproche inverosímil de haber facilitado la moción de censura contra Rajoy, que no votó.

Iglesias fue constante: lo único que cambió es que ayer iba con jersey, llegó en taxi y citó menos la Constitución. Mostró el mayor aplomo de los cuatro y estuvo suave, incluso conciliador con Sánchez, lo que quizá sea premonitorio. Después de lo visto, es probable que los indecisos, en el supuesto de que sean los que dicen, sigan en la misma postración dubitativa.