Los resultados de las elecciones generales del pasado domingo permiten al vencedor, el socialista Pedro Sánchez, explorar dos líneas de pactos para tratar de ser investido como presidente del Gobierno. Es importante no confundir estos pactos, que le permitirían renovar su estancia en el palacio de La Moncloa, con los que luego pueda establecer para gobernar. Aunque sin duda los primeros condicionarán en parte los segundos.

La investidura se compone de un máximo de dos votaciones, separadas por 48 horas. En la primera, el candidato debe tener el respaldo de la mayoría absoluta de los diputados, esto es, 176. En la segunda, le basta con tener más apoyos que rechazos.

La primera votación. La combinación más clara y sencilla para conseguir una mayoría absoluta es la suma del PSOE con Cs, que otorga 180 diputados. Sin embargo, casi se da por descartada visto el rechazo que le profesa el líder naranja, Albert Rivera. La segunda línea, que mantiene similitudes con la de la moción de censura de mayo, es bastante más compleja.

Parte de lo que llamaremos núcleo duro, constituido por los diputados del PSOE, Unidas Podemos, sus confluencias y Compromís. Un total de 166 votos. A estos se sumarán con casi total seguridad los seis del PNV (172) y, tal vez, el del Partido Regionalista de Cantabria (PRC, 173) y los dos de Coalición Canaria (175), pese a que esta formación ya ha advertido que no se embarcará en iniciativas con Podemos e independentistas.

Aun así, a Sánchez le falta un voto. Necesitaría, pues, el apoyo de ERC (15), Junts per Catalunya (JxC, 7) o Bildu (4). Ni lo quiere ni, en primer ronda, parece posible que lo tenga. Por cierto, las ausencias de diputados que a veces se invocan como componenda no valen de nada en esta ronda pues no rebajan la mayoría absoluta, que son siempre 176 votos.

La segunda votación. Sánchez parece, pues, condenado a la segunda ronda. Tiene 48 horas para tratar de convencer a Cs. Si no lo intenta o no lo logra, volvemos a las sumas, aunque ahora les añadiremos restas. Los 166 diputados del núcleo duro tienen en su contra 184 diputados. Si el PNV se abstiene, siguen con 166 pero ya sólo tienen en contra 178. Si, en cambio, les apoya, pasan a 172 pero siguen teniendo en contra 178. Poniendo en juego a CC y el PRC llegamos a 175 escaños en contra y la posibilidad máxima de apoyos que ya conocemos (175).

Un empate que obligaría a mirar hacia los independentistas, aunque sería suficiente con que se abstuvieran. La abstención de Bildu reduciría los votos en contra a 171, la de JxC a 168 y la de ERC a 160. Cada una de estas abstenciones tiene consecuencias diferentes. Por ejemplo, la de ERC permite ignorar a JxC, Bildu, CC y PCR, a condición de que el PNV al menos se abstenga. La de JxC permite ignorar a ERC, Bildu, CC y PCR, pero exige para ello el voto favorable del PNV. Por último, la de Bildu permite ignorar a los catalanes pero obliga a que PNV y CC voten a favor para que las cuentas salgan.

En suma, Sánchez tiene dos opciones: o entenderse con Ciudadanos, lo que le permitiría ser entronizado en primera convocatoria, o esperar a la segunda y dejarse apoyar pasivamente por una abstención independentista. A ser posible la de ERC, que no sólo le evitaría tener que hilvanar los flecos de CC y el PRC sino que, además, es la formación que ha exhibido con más claridad su intención de dar por cerrado el actual ciclo de la crisis catalana y pasar a una etapa de diálogo. Por cierto, aquí las ausencias de los cuatro presos elegidos diputados (tres de JxC y uno de ERC) sí contarían. Y beneficiarían a Sánchez. Bastaría que el de ERC no acudiese a la votación para que el empate a 175 se deshiciese en favor del candidato.