13 de septiembre de 2019
13.09.2019

El juicio al presidente catalán tras el "pinchazo" de la Diada

13.09.2019 | 00:10

Aunque 600.000 manifestantes son muchos, son 400.000 menos que el año pasado (y eso, según cifras patrias). En la Diada de 2019 las bases indepes se desgañitaron exigiendo unidad a los partidos que (se supone) propulsan el movimiento. Malas perspectivas, pues, tiene la contestación popular que pretende darse a la sentencia que dictará el Supremo en unas semanas. Para empezar, porque los de Torra y Puigdemont quieren que sea sonada y en la calle (paros de país, "movilizaciones permanentes"), mientras que los de Junqueras y Aragonès privilegian un adelanto electoral que ERC encara con claros visos de triunfo. Y luego porque el republicano Torrent se resiste a habilitar el Parlament como foro de más pronunciamientos justiciables.Waterloo, es un hecho, tiene miedo a las urnas, lo que es tanto como reconocer (siquiera sea para adentro) que el relato del "exilio" ha perdido la batalla frente al relato de la prisión, el juicio y la condena.No obstante, los puigdemonianos guardan una bala en la recámara: el juicio a Torra por desobediencia, que el Tribunal Superior de Cataluña ha señalado para los próximos días 25 y 26, los mismos que el Parlament ha fijado para la celebración del debate sobre el estado de la república mental.El presidente catalán tiene esos días una inmejorable oportunidad de demostrar su coraje, acudiendo al Parlament en vez de al Palacio de Justicia y desobedeciendo al Estado represor que quiere juzgarlo por no haber retirado, en tiempo y forma, los lazos amarillos durante la campaña del 28-A.No se quiere desde aquí instarle a que lo haga; solo recordarle que no hay mayor virtud política que la coherencia (aunque ya no se estile) y que el buen santón debe predicar siempre con el ejemplo.Al fin y al cabo, Torra libró la guerra de los lazos por su cuenta y riesgo, como un pulso personal para ganarse una mención en el muro de los desobedientes, y ya está en perfectas condiciones de confundir la vía unilateral con un gesto que solo puede rebajar, aún más, la prestancia de la institución que representa.

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