23 de octubre de 2019
23.10.2019
Exdiputado (PSC) en el Parlament

Parlem, hablemos, falemos

22.10.2019 | 23:56

Sé muy bien que algunos rechazarán de plano lo que voy a exponer. Unos porque lo único de lo que quieren entender y hablar es de la independencia de Cataluña diga lo que diga la ley, dicten lo que dicten los tribunales y caiga quien caiga siempre que el caído sea del bando españolista y otros porque lo único que les interesa es encender las llamas proponiendo la aplicación inmediata de los artículos 116 o 155 de la Constitución española, el Estado de Excepción o, los más enfebrecidos, la ocupación de Barcelona por parte del ejército. Nada de diálogo, nada de acuerdos, nada de sentido común: ¡A la guerra!

A pesar de las reticencias de unos y de otros hay que dar un paso adelante y decir que el conflicto en Cataluña es de difícil solución, pero sólo se podrá encontrar con el diálogo entre las diferentes instituciones que representan a todos los catalanes, independentistas y constitucionalistas, y al resto de los españoles.

El pasado viernes, día 18, se celebró en Barcelona una manifestación multitudinaria, nada menos que medio millón de personas, en protesta por la sentencia del Tribunal Supremo sin que con tal motivo se originase el menor altercado o violencia de cualquier otro tipo.

Ese mismo día y en otras zonas de la ciudad condal se desencadenaron graves incidentes generados por grupos perfectamente organizados y radicalizados de tendencia independentista, lo que obliga a pensar que el problema catalán es efectivamente un problema de orden público al que han de hacer frente las fuerzas de seguridad del Estado (Mossos d'Escuadra, Cuerpo Nacional de Policía y Guardia Civil), tal como lo están haciendo hasta el momento.

Tampoco puede afirmarse con total convencimiento que un buen diagnóstico asegure siempre una curación definitiva, pero, por otra parte, está claro que abordar un problema tan grave como es el de la situación actual de Cataluña con propuestas simplistas, absolutamente inaplicables o únicamente electoralistas, solamente conducirán a la confrontación y al fracaso.

Lo más práctico y realista sería paliar los efectos de una sentencia que, acertadamente desechó el delito de rebelión que algunos reclamaban, atenuando en todo lo posible el régimen de encarcelamiento de los nueve condenados. Una vez cumplida esa condición de pura formalidad, habría que poner en marcha de inmediato aquello que se deduce del espíritu de la misma, al dar a entender que si se ha resuelto devolver a la POLÍTICA lo que el gobierno del PP entregó a la justicia, el problema catalán ha de solventarse por este medio, la política, y no con la aplicación de sentencias más severas o con la entrada de la Legión, con cabra o sin ella, por la Avenida Diagonal, como aspiran algunos.

Habrá que dar tiempo a que baje la tensión y los ánimos se serenen para conceder posibilidades de futuro al diálogo político, un diálogo que necesitará quizá de semanas o de meses para que pueda iniciarse con alguna garantía de acuerdo. Un diálogo que ha de comenzar por lo mismo entre los propios catalanes para, tal como señala el ex portavoz de ERC, Joan Tardà, "desembocar en un nuevo proceso electoral que permita construir desde el Govern y desde el Parlament nuevas mayorías, amplias, que trabajen para hacer realidad una solución que integre al conjunto de la ciudadanía catalana".

Será a partir de esas premisas, que conducirían al intento de recuperar la suficiente confianza entre todas las instituciones representativas de los ciudadanos, cuando la acción política podrá cumplir su primordial misión de restablecer, mediante el diálogo precisamente, la convivencia pacífica y cívica entre todos los españoles.

La oportunidad está ahí y reside en nuestra capacidad de conjugar en la primera persona del plural todas las fórmulas posibles del diálogo: parlem, hablemos, falemos, como se dice en la lengua de mi tierra natal de Lena.

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