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La Opinión de A Coruña

Abogado del Estado, fue subsecretario del Ministerio de Cultura en la Transición y director general de RTVE durante el 23F

Fernando Castedo: “Escondí el vídeo del 23F bajo mi asiento; es difícil mirar debajo de las posaderas de alguien”

“Tenía a un capitán vigilándome, pero Sabino Fernández Campo y yo nos entendimos crípticamente para preparar la grabación del Rey”

Fernando Castedo: “Escondí el vídeo del 23F bajo mi asiento; es difícil mirar debajo de las posaderas de alguien” MIKI LOPEZ

Aunque nació en Madrid, se siente gallego y asturiano. Tres de sus abuelos eran de Lugo y otro del suroccidente asturiano. Fernando Castedo (Madrid, 1941) vivió la Transición en primera línea. Contribuyó con intensidad a la reconciliación desde la Subsecretaría del Ministerio de Cultura. Su espíritu de concordia llega hasta el fútbol: “Soy del Atlético, pero no antimadridista. También me alegra que gane el Madrid, salvo cuando juega contra el Atleti”. Y, por supuesto, a sus raíces: “Me siento gallego, pero estoy orgullosísimo de mi vena asturiana”. Era director general de Radio Televisión Española (RTVE) cuando estalló el golpe de Estado del 23F. Los recuerdos se agolpan en la cabeza de este abogado del Estado que también fue candidato a la Presidencia de la Comunidad de Madrid por el Centro Democrático y Social (CDS).

Usted fue subsecretario de Cultura en una época de intensos esfuerzos por recuperar patrimonio artístico español. ¿Qué recuerda con especial fuerza de esos años setenta?

Sin ser grandilocuente ni nada parecido, fue algo mucho más importante que eso. El Ministerio de Cultura, en el momento de la Transición, se concibió, con Pío Cabanillas al frente, como un Ministerio de Estado, donde la política partidista no jugaba. Era esencial integrar a todas las ideas políticas en el empeño de una España nueva encaminada hacia la democracia. Y en eso la cultura es fundamental. Simplemente ver los nombramientos de aquella época de personas muy alejadas de los postulados políticos del Gobierno estoy seguro de que sorprenderá a quienes no han estudiado esa historia o no la conocen. Nombrar a Gades director del Ballet Nacional, a Marsillach director del Centro Dramático Nacional, a Berlanga de la Filmoteca Nacional... Por poner algunos ejemplos. Es revelador de lo que eso significó, en los años 77, 78 y 79, cuando existía aún una resistencia de la vieja cultura previa a la democracia. No fue fácil. Y pensar hoy que un Gobierno va a nombrar a alguien claramente opuesto a sus postulados políticos para hacer una tarea que camina hacia la conveniencia y necesidad de todos... Es impensable.

Queda claro que está muy orgulloso de esa generosa labor de integración.

Generosa, sí. Pero generosa por necesidad, conveniencia e inteligencia. Había que construir un país, y eso se hace entre todos, no lo hacen unos. Había que romper con el “unos frente a otros”. Todos nos involucramos y hay que reconocer que todas las fuerzas, o casi todas, respondieron en esa dirección. Lo nuestro fue la integración del mundo de la cultura en una nueva España monárquica y constitucional. Y el proceso fue un éxito y así se ha reconocido. Lo que pasa que se olvidan algunos cuando quieren olvidarse. Y se olvida demasiadas veces.

¿Y respecto a la recuperación de patrimonio artístico que estaba en el “exilio”?

Hubo mucha recuperación de patrimonio y culminó, en una época ya posterior a la nuestra, con la llegada del Guernica de Picasso. Pero todo eso se gestó con anterioridad, en nuestra época, y se amplió el Prado para albergar obras retornadas. También se recuperó la obra de Miró que está en el frontispicio del Centro de Convenciones de Madrid... Hay muchos ejemplos. 

Aunque la gente se quedó con el Guernica como símbolo de ese retorno.

Lo cierto es que la recuperación de patrimonio no era mi papel en el detalle pero estaba en el contexto de toda la política del Ministerio: intentar recuperar todo lo que nos integraba y formaba parte del patrimonio común, independientemente de ideologías. También ocurrió así en el campo teatral: la primera obra que se estrenó en el Centro Dramático Nacional, recién estrenado, fue de Alberti: Noche de guerra en el Museo del Prado. Fue muy significativo. Por cierto, fue un estreno casi simultáneo con problemas con ETA. Se pensó en suspender la representación por las amenazas y les dije a Marsillach y Alberti que la obra se daba por encima de todo. Se representó y no pasó nada. Alberti tuvo el detalle de dedicarme una pequeña obra pictórica que guardo como un tesoro.

¿Se ha perdido esa cultura institucional de proteger el patrimonio artístico propio?

Creo que se ha perdido un poco, no definitivamente. O sea, se ha descuidado porque ha habido muchos que se han aprovechado de ese descuido para conseguir resultados económicos. Y ahí quizá no se ha prestado suficiente atención desde las instituciones públicas a algo que deberíamos haber defendido. 

Siguiendo con su trayectoria, fue director de RTVE y coincidió con el 23F. ¿Cómo vivió esas intensas horas?

El día 23 comenzó a las cinco y pico de la tarde cuando, estando en la reunión del consejo de administración, me llaman de los servicios telefónicos, que se prestaban también a Presidencia de Gobierno desde el ente en aquella época, y se me comunica la entrada de Tejero a las Cortes. Y hasta las siete de la mañana, cuando Milans del Bosch inactiva su control de Valencia. Y luego estuvieron las horas posteriores. Son unas 24 horas. Nosotros fuimos tomados o invadidos por una unidad militar. En mi despacho había un capitán, un soldado con una radio y otro con un fusil cetme en actitud de centinela amenazante; o, al menos, así me lo manifestó. Hasta que se fueron. Luego estuve intentando resolver los problemas informativos porque cuando se marcharon el problema aún seguía. Tuve que mandar un equipo de filmación a la Zarzuela para grabar el mensaje del Rey, de acuerdo con Sabino Fernández Campo, con quien mantuve una continua relación a pesar de estar delante de mí el capitán en cuestión.

¿Y cómo se las apañaron?

Como buen gallego-asturiano que soy yo y asturiano que era él hablábamos crípticamente y nos entendíamos de maravilla. Nos dijimos todo. “Pues una rayita en la hombrera”. Y ya era suficiente para que él identificase la unidad. En definitiva, fue una noche intensísima. Conseguí que se marcharan y tuvimos incidentes desagradables, amenazas con pistolas... Esa noche daría para hablar tanto... Pero voy a resumir una cosa: tuve un cólico nefrítico y eso fue consecuencia de la brutal tensión que viví durante horas, me dijeron los médicos. Ya cuando pasó todo, a las siete de la mañana, estábamos con la satisfacción de haber cumplido nuestra labor y pudimos dar en televisión el vídeo de lo acontecido en el Congreso, que tuve guardado debajo de mi asiento por si acaso intentaban hacerlo desaparecer. Pero los ocupantes no lo encontraron.

Entonces tenemos esa histórica grabación gracias a usted.

Escondí la grabación que se estaba haciendo para televisión. Las cámaras lo estaban grabando para darlo en diferido. Y el máster que trajeron lo guardé debajo del asiento, donde pensé que era el único sitio que no iban a mirar. Parece de chiste, pero es difícil mirar debajo de las posaderas de alguien. Y parece que acerté, aunque quizá no pensaron que estaba todo grabado. Lo que no quería en ningún caso era que borrasen o eliminasen algo así.

En momentos clave las cadenas públicas deben estar a la altura. Solo hay que mirar a Rusia: una guerra y solo reciben información sesgada. Una periodista tuvo la valentía de salir con un cartel denunciándolo en pleno informativo. ¿Cree que se puede tolerar en pleno siglo XXI ese nivel de manipulación y censura?

Por supuesto que me duele. Hay una razón especial para entenderlo: a cualquier demócrata le duele eso. Porque cree en la libertad. Evidentemente a quien no le duele es a Putin porque no es precisamente un demócrata. Lo ve natural y lógico. Desde el punto de vista profesional se pueden comparar ambas situaciones. Merece todas las consideraciones y plácemes el gesto de la periodista porque se ha sacrificado. Es su papel. Pero es nuestra obligación y hay que reconocer que se ha cumplido con ella y tiene mérito hacerlo en esas circunstancias. Ahora bien, pensar que iba a pasar de otra manera en un país como Rusia, donde los principios democráticos no existen... Pero por aquel entonces, en nuestro país, sí se creía en la democracia y todos estaban por ella. Y aquello había que hacerlo por necesidad democrática: que se viera lo que pasó el 23F, que se diera información a la gente. 

Siguiendo con el 23F. Se valoró mucho el papel del Rey Juan Carlos, que ahora está en otra situación bien diferente... ¿Se está siendo injusto con él?

Evidentemente, ese comportamiento reciente no es el idóneo o el esperable. Pero todo eso no quita que también sea absolutamente verdad que en un momento determinado el Rey cumpliera un papel fundamental en la historia de España: su posición inequívoca y clara a favor de la democracia en aquella intervención que tuvo. Y eso que costó que el equipo llegara para grabarlo, teniendo que sortear controles. Luego volvió con la propia guardia personal del Rey. Su papel fue fundamental en la construcción de la España democrática que vivimos. Creo que una cosa no quita la otra. Que hubo un comportamiento inadecuado no ha de excluir el reconocimiento del comportamiento absolutamente ejemplar que el Rey tuvo en ese momento. 

En cualquier caso, ahora es el tiempo de Felipe VI, que ha limpiado la imagen de la Casa Real. ¿Cómo ve el futuro de la monarquía?

Al margen de lo que pensemos cada uno, y de las deficiencias que pueda tener la institución, y todas las tienen, creo que en España, con la pluralidad y diversidad que tiene, es conveniente. Por historia, nuestras diferencias son muy acusadas: por costumbres, porque la geografía condiciona los medios económicos y las formas de vida y las influencias de pueblos que circularon por España han sido distintas. Los que hemos estudiado la historia del derecho explicamos muy bien el por qué hay autonomías. La forma de vivir es muy diferente en cada zona. Y creo que la monarquía es una garantía de unidad de todos esos pueblos, donde se funde como crisol todo eso. Si tuviésemos presidentes de República, lógicamente partidistas o nombrados por los partidos, posiblemente esa posición de independencia y de visión cosmogónica que le corresponde a la monarquía se resentiría. 

Es decir, España necesita a la monarquía.

Por pura necesidad, o por pura conveniencia. Nos guste o no, la monarquía nos conviene. La otra opción puede ser un factor de división. Que haya grupos que quieran un factor disgregador, como los independentistas, esto no lo invalida. Es legítimo, al igual que el hecho de que haya grupos que desde el republicanismo critiquen la monarquía. Pero el problema es lo que nos conviene como país diverso. Y sigo pensando que la monarquía, hoy por hoy y por muchísimo tiempo, es un factor de cohesión y no uno de diáspora. 

Vivió la Transición en primera línea, en puestos clave. ¿Hemos perdido aquel espíritu de concordia?

Sin duda ninguna. Ahora ya no se quiere que haya un proyecto común. Y nos olvidamos de que el proyecto de vivir en democracia es un proyecto común. Y eso ha pasado a segundo plano, parece que eso está ya conquistado. Y no es verdad, la democracia se conquista todos los días. La democracia no es el gobierno de los más, o el que permite que gobiernen las mayorías; sino que debe caracterizarse por ser el gobierno que en mayor medida y de mejor manera respete el derecho de las minorías. Y eso solo lo garantiza la democracia. Ese matiz se está perdiendo.

¿Cree que ha habido una atomización y radicalización de la política?

Por supuesto que la ha habido. Pero no creo que sea la causa. Lo que se ha desatendido es el objetivo esencial de convivir en paz y se están estimulando mucho desde cierta irresponsabilidad odios históricos que antes se produjeron y que ahora están empezando a percibirse otra vez. Volver a reproducir situaciones que nos hicieron perder la convivencia serena no es bueno. Es rotundamente malo. 

Usted estuvo un tiempo en el CDS. ¿Echa de menos un partido moderado de centro con fuerza?

Aquí no tenemos la cultura de la gran coalición. Y no habiéndola, la única fórmula es tener que apoyarse en otro partido político. Evidentemente, en la selección de partidos que hay el ideal en el que puede apoyarse la derecha normal o la izquierda normal sería un partido de centro que comparta puntos de vista de unos y puntos de vista de otros. Y dé la victoria unas veces a unos y otras a otros. Porque, al final, si no existe, la gente vota tapándose la nariz a uno que no le hubiera gustado votar. Eso explica mayorías absolutas de Rajoy o de Felipe González. Ahora, tener que acudir a poner la mano a quienes son proclives a la diáspora o la disgregación... Es mejor un partido de centro. Sí creo en la conveniencia de uno. Ese proyecto lo tuvo un partido recientemente pero se equivocó claramente. Y no va a ser fácil reconstruir eso.

Es abogado del Estado, y los abogados del Estado, y también fiscales, tuvieron protagonismo en los procesos derivados de lo que ocurrió en Cataluña con el referéndum ilegal. ¿Debieran tener una labor menos vinculada al Gobierno de turno? 

Creo que el fiscal, en su función actual, debe ser bastante mas independiente de lo que es. Y no es la mejor señal que una Fiscal General del Estado haya sido ministra de un Gobierno. El cuerpo de Abogados del Estado, por su parte, tiene ya más de un siglo de vida, existe desde hace mucho antes. Es un órgano asesor del Gobierno. Pero ahí está la labor del abogado del Estado, que debe hacer el informe que en derecho procede. Luego, ese informe el órgano de gobierno lo asume o no y toma la decisión que considere pertinente. Dicho esto, está incardinado en la cadena política. Es un cuerpo independiente en lo jurídico que da su opinión. Pero si el abogado del Estado recibe instrucciones de proceder contra tal persona por tal tema o de pedir responsabilidades a alguien, tiene que hacerlo y debe hacerlo intentando construir jurídicamente lo mejor que sepa y pueda. Y luego, para dar o quitar la razón ya están los jueces con independencia. Lo que sí que no se puede hacer es falsear ningún dato. Y eso dignifica, por ejemplo, a Edmundo Bal, en el día que se marchó por el escrito sobre el caso del procés... Porque lo que es inamovible son los hechos, y eso no se puede cambiar. El resultado o las interpretaciones pueden variar, pero los hechos no. Y eso dignifica lo que hizo Edmundo Bal, a quien no tengo el gusto de conocer. 

¿Está suficientemente despolitizada la justicia?

Evidentemente no porque el sistema de nombramiento influye muchísimo. Nuestra interpretación del derecho está predeterminada por nuestras concepciones políticas y lleva a conclusiones distintas. Radicalmente distintas, no; pero distintas. Eso es innegable. Que está politizada está claro porque según quienes dominen esas interpretaciones se inclinan en uno u otro sentido interpretativo.

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