La Opinión a Coruña

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El curso gallego de Luis Arana

Texto: Álvaro Mangas

arana

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Arriba, un reunión en torno al árbol de Gernika. Abajo, la familia Arana.

 

El viaje es el tema central en las crónicas que explican los primeros capítulos y las primeras revelaciones espirituales a los amantes de la patria vasca (abertzales). El escenario en el que se produce el encuentro con el otro, momento privilegiado en cualquier texto de viajes, es el Caballo de Hierro, el ferrocarril. Pero además de estos dos motivos, la conciencia nacional vasca tiene una fecha para su nacimiento, un trayecto en tren hace más de cien años como lección y un lugar en el que se forma su idea fundamental. Los años son los primeros de la década de los ochenta en el siglo diecinueve, el destino es un colegio de jesuitas y el lugar es la comunidad gallega.
El protagonista de esos orígenes es Luis Arana, hermano mayor del fundador del PNV, Sabino Arana. Según relata Javier Corcuera en su Historia del nacionalismo vasco en sus comienzos, Luis Arana abandona sus convicciones carlistas durante su estancia de un año en Galicia, en el colegio de segunda enseñanza y preparatorio para carreras especiales de Camposancos (Pontevedra), en el curso 1880-81, y transmite más tarde a su hermano pequeño la nueva concepción política que tanta importancia iba a tener en la posterior historia de España.
Luis Arana nació en 1862 en el seno de una familia de la alta burguesía de Vizcaya. Debido a las ideas carlistas del padre, la familia cruzó la frontera hacia el exilio en 1873, hacia Bayona, donde estuvieron hasta 1876, cuando regresan de nuevo a la zona peninsular. Tres años después, Luis termina el bachillerato y marcha al colegio jesuita del ayuntamiento gallego de A Guarda a realizar el curso preparatorio de la carrera de arquitectura.
La adolescencia de Luis Arana tuvo como contexto histórico, por tanto, la Tercera Guerra Carlista y, en definitiva, como hijo que fue de los vencidos, el artículo primero de la ley del 21 de julio de 1876 que en la comunidad vasca, principal escenario del conflicto, fue recibida como un Tratado de Versalles. Ésta establecía: “Los deberes que la Constitución política ha impuesto a todos los españoles de acudir al servicio de las armas cuando la ley les llame, y de contribuir en proporción de sus haberes a los gastos del Estado, a los habitantes de las Provincias de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava, del mismo modo que a los demás de la Nación”. La norma suponía la supresión de las particularidades legales de la comunidad, es decir, la supresión de sus derechos de zona franca, exenta de impuestos a la corona, y obligaba a los ciudadanos vascos a cumplir con el servicio militar.
La conversión al nacionalismo de Arana, tal y como es recogida por Corcuera, empieza con un incidente que le ocurrió en un tren con destino a A Guarda. El joven estudiante llevaba en la solapa una insignia de carácter fuerista y un viajero santanderino le preguntó si se consideraba buen español. La discusión que este compañero de compartimento entabló con el futuro arquitecto ha pasado a los anales del independentismo vasco. Ese encuentro fue el punto de partida para las cavilaciones políticas del hermano mayor de Sabino Arana, que se prolongarían durante sus días en Galicia y encontrarían en las conversaciones con los padres jesuitas la solución a su problema de identidad.
“En esos años hay una sensación de derrota de ciertas tendencias político-religiosas —afirma la Fundación Sabino Arana— y los colegios jesuitas están en contra de los cambios que se han producido después de la guerra. Los profesores jesuitas, seguramente, en consecuencia, desarrollaron una teoría nacionalista que luego asimilaron los alumnos”.  La influencia de estos profesores en el pensamiento político de Luis Arana también ha sido confirmada por su nieto, Iñaki Arana: “La información sobre la estancia de don Luis en Galicia aparece en las memorias de su hermana Paulina, que están sin publicar, pero sí es en A Guarda donde se inicia al nacionalismo”.
Hay que tener en cuenta que la Compañía de Jesús estaba entre las primeras entidades damnificadas siempre que imperaba alguna reacción liberal y que la marcha de los acontecimientos recortaba cada vez más terreno a su educación: a las lumbreras del siglo XVIII que habían denunciado las contradicciones del catolicismo les siguieron las lumbreras del XIX que rechazaban la metafísica y la teología por considerarlas preocupaciones fútiles y sin objeto, inasequibles a la experiencia, la investigación o la observación de los humanos. El centro de A Guarda era uno de los cuatro colegios decimonónicos —hoy todavía sigue en pie— que los jesuitas tenían en España a finales de los años setenta de ese siglo. Según Evaristo Rivera en su Historia de una peregrinación: “Parece inverosímil que fuese una reacción de signo contrario a la llamada segunda cuestión universitaria, desatada en la cercana Universidad de Santiago por aquellos años y de la que habría de derivar en agosto de 1876 la Institución Libre de Enseñanza. Seguramente que es simple coincidencia, pero la obra de Giner de los Ríos y el experimento de los jesuitas en Camposancos iban a ser en alguna medida los focos de poder en los que se formarían las minorías dominantes de cada una de las dos Españas en aquellos años”.
El experimento al que alude Rivera es la inauguración en 1877 de una escuela universitaria en Camposancos que serviría como base para la posterior creación de la Universidad de Deusto y por la que pasarían, además de Luis Arana, vástagos de la familia Franco y el presidente del Go-bierno, poco antes de comenzar la Guerra Civil, Manuel Portela Valladares. A lo largo de la existencia de esta escuela —la experiencia duró ocho años—, desfilaron por sus aulas 26 jesuitas, de los cuales 20 actuaron como profesores y el resto ejercieron el puesto de director espiritual.
“Si por un lado admira el nacimiento de un centro universitario —detalla Rivera— sin que el promotor y muchos de los profesores hubieran pasado por la universidad, por otro su creciente desarrollo reconcilia a cualquiera con la fuerza que tiene la voluntad y el trabajo ilusionado”. Rivera también precisa el perfil social de los estudiantes: “En general la Escuela Universitaria, por necesidad financiera y por tendencia innata, estuvo abierta a sectores económicamente altos e ideológicamente opuestos al liberalismo, a gentes que buscaban seguridad moral y doctrinal para sus hijos”.
Luis Arana Goiri continuó en Madrid, en el curso 1881-82, la preparación de Arquitectura. Ese periodo supone una edad oscura en sus testimonios biográficos, por otro lado, nunca publicados ni tampoco exentos de discordancias. Sin embargo, es su hermano Sabino quien asegura que el mayor le transmitió la verdad nacionalista un Domingo de Resurrección de 1882: “¡Bendito el día en que conocí a mi patria, la eterna gratitud a quien me sacó de las tinieblas extranjeristas!”.
Los dos hermanos vivieron a partir de entonces en Barcelona, donde el pequeño estudió Derecho y Luis terminó su carrera en 1893. Un año más tarde, Sabino fundó el Partido Nacionalista Vasco. Pasaría varias veces por la cárcel y moriría en 1903 sin haber cumplido los cuarenta. A finales de la primera década de siglo, Luis tomó el mando del partido y fue expulsado en 1915. En esta época se producen disensiones internas en el movimiento nacionalista que supeditan el independentismo inicial a posturas más pragmáticas. Luis Arana pertenecía a estas corrientes. Las dos tendencias se unieron luego en la II República para pedir un Estatuto. Ya en la Guerra Civil, se aprobó la deseada autonomía. Aunque, finalmente, los vencedores condenaron a Luis a vivir desterrado en Santurce, donde murió en 1951.
“Era tremendo —recuerda su nieto—. Una vez se atrevió a corregirme un libro de Geografía e Historia, le hizo unas modificaciones exactas, y no como aquellas escrituras que nos quería enseñar el General Franco”.

Las conversaciones que iluminaron al hermano mayor de Sabino Arana

jesuitas a guarda

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Dulcemente a veces en la historia, otras veces con la espada, los miembros de la Compañía de Jesús administraron sacramentos, pronunciaron homilías y educaron a personas de índole tan diversa como Voltaire, Castro, Hitchcock y Joyce, pero también fueron criadores de ovejas en Quito, hacendados en México, viñadores en Australia y propietarios de plantaciones en Estados Unidos antes de la guerra civil, incluso treinta y cinco cráteres de la superficie lunar llevan nombres de científicos jesuitas. Pero entre todo este atletismo religioso, y tal como apuntó uno de sus primeros escribas oficiales: “Querer persuadir al mundo de que nunca el aliento del escándalo rozó a nuestra Compañía sería una extravagancia de la vanidad”. Sin ir más lejos, en el zaguán teórico, hermético y místico del naciona-lismo vasco también aparece un maestrillo jesuita de Geografía e Historia como el apóstol de una verdad destinada a los hermanos Arana. El suceso que vive Luis en un vagón de vía estrecha, según relata Corcuera, sería el prólogo a una iluminación definitiva:
–¿Tú eres fuerista, muchacho? —le preguntó el santanderino—.
–¡Sí señor! —contestó con la energía que le era característica el interpelado.
–¿Por qué?
–¡Por qué soy bizkaino
–¿Y eres español?—
–¡Sí señor! —con la misma energía y convencimiento—.
–Pues mira, eso es lo que no entiendo bien. Si los vizcainos sois españoles y vuestra patria es España, no sé cómo queréis gozar de unos fueros que los demás españoles no tienen y eludir obligaciones que a todos los españoles deben comprender por igual ante la patria común. Gozando de los fueros no servís en el ejército español, ni contribuís con dinero al Tesoro de la patria.
Esta circunstancia, lo dice la crónica de Corcuera, hizo que un día Luis, entablando conversación con su instructor jesuita, acabase por plantearle resueltamente la cuestión:
–Padre, ¿usted cree que nosotros somos españoles? Yo creo que no, que somos distintos de todos esos castellanos, aragoneses, andaluces, de todos esos españoles que veo aquí. ¿Qué cree usted?
Y el Padre, después de reflexionar un momento, le contestó:
–Mira Luis, si todos esos son españoles, nosotros no lo somos. Y si nosotros somos españoles, esos no lo son.

Las Guerras Carlistas

Felipe V, también llamado el Animoso, primer monarca de la dinastía Borbón en España, promulgó en 1713 la conocida Ley Sálica, que prohibía a las mujeres subir al trono si había un heredero varón en la familia real, y suprimió las instituciones forales en Aragón, Valencia, Mallorca y Cataluña y respetó, en cambio, las de Navarra y las Provincias Vascongadas, que le habían sido fieles. Esta política interior pasaría a un primer plano durante las Guerras Carlistas. Dios, Patria, Rey y Fueros era el lema de los partidarios de Carlos Mª Isidro, apartado de la corona por su sobrina, Isabel II.

Los levantamientos armados en apoyo del pretendiente Carlos empezaron en septiembre de 1833. Una vez más el conflicto sucesorio dividía al país y duraría hasta 1840. Pero no era sólo una cuestión dinástica sino un enfrentamiento entre dos modelos de sociedad: antiguo régimen frente a liberalismo.  La II Guerra Carlista (1846-49) es conocida como la contienda de los matiners (madrugadores), centrada en Cataluña y Levante. La II Guerra Carlista se desarrolló de 1872 a 1876 entre los partidarios del nieto de Carlos y los gobiernos de Amadeo I, de la I República y de Alfonso XII. El aspirante carlista la declaró desde su exilio en Suiza: “Ordeno y mando que el día 21 de los corrientes se haga el alzamiento en toda España al grito de ¡Abajo el extranjero! ¡Viva España!”.

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A la izquieda , una reunión en el siglo XIX en torno al árbol de Gernika y a la derecha, una imagen de Sabino Arana.

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