La Opinión a Coruña

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Rescatados del olvido

Texto: Santiago Romero
Fotos: Col. Juan Escrigas
Dos cadáveres de marineros, muy probablemente gallegos, custodiados por guerrilleros mambises tras la destrucción de la flota española.

Un periódico compostelano recogía en 1898 una tétrica noticia que ilustraba la pesadilla en la que vivía inmersa la Galicia de la época. “Se nos ha dicho que en Enfesta había llegado a la puerta de la casa paterna un pobre soldado llegado de Cuba. La hora era bastante avanzada y como aquel desdichado careciese de fuerzas para darse a conocer por la voz, negáronse a abrirle la puerta, a pesar de sus repetidos golpes, por temor sin duda a ser objeto de un robo. A la mañana siguiente, el cadáver del desdichado joven, muerto de hambre, apareció tendido delante de la puerta de su casa, produciéndose la desgarradora escena que es de suponer al ser visto por su familia”.

La tercera parte de los tripulantes de la Armada española —la más poderosa del planeta entonces con la inglesa y la estadounidense— que fueron a la guerra de Filipinas y Cuba y murieron allí eran gallegos. Y la cuarta parte de los dos mil marineros de la orgullosa Flota del Atlántico, que fue destruida en un solo día en Santiago de Cuba, eran coruñeses, especialmente de la comarca de Ferrol.  La desgraciada familia del arranque de este reportaje podía considerarse a pesar de todo afortunada. Al menos, recuperó el cadáver de su hijo. Los otros, han ido a parar a anónimas fosas comunes tras morir ahogados, devorados por caimanes y tiburones o fusilados por los guerrilleros  que los esperaban apostados en la costa.   

En julio de 1998, la poderosa Flota del Atlántico zarpó del puerto coruñés, procedente de la base de Ferrol, con el casi imposible objetivo de aliviar la situación de una Cuba amenaza por la flota estadounidense. Jamás regresó. La tercera parte de sus tripulantes —en gran medida coruñeses—  murió en el desesperado empeño. El resto fue a parar unos meses a un campo de concentración en Estados Unidos (donde murieron otros 31, seis de ellos en un oscuro episodio). Muchos de los que regresaron —a través del puerto de A Coruña— también fallecerían, tras ser internados en el lazareto de Oza atormentados por las heridas y las epidemias. 

España perdió ese trágico año año su imperio y su histórico poder naval en el mundo moderno. La nación se abocó primero a la depresión (Oigo patria tu aflicción...) y después a una catarsis regeneradora de la que surgiría una nueva visión del país que aún tendría que pasar por el terrible filtro de la Guerra Civil pocas décadas después. La derrota se enraizó como un recuerdo vergonzoso que acabó por arrinconarse en el subconsciente nacional. Y esos muertos sufrieron también la segunda muerte del olvido.

Cuando se van a cumplir 110 años del desastre de 1898, una serie de iniciativas los ha devuelto sin embargo simbólicamente a la vida. El capitán de fragata y miembro de la Escuela de Estado Mayor de la Armada Juan Escrigas —hermano del marino que comandó el contingente naval español enviado al Líbano— trabaja desde hace tiempo en una exhaustiva investigación que tiene pensado presentar a finales de 2008 en la universidad Complutense de Madrid. Se trata de un meticuloso puzzle en el que ha seguido la pista a cada uno de los dos mil miembros de la Flota del Atlántico que los yanquis mandaron a cañonazos al fondo del mar. El mismo Escrigas ha emprendido con el arqueólogo zaragozano Javier Navarro un filantrópico proyecto al que las autoridades cubanas han dado luz verde: la realización de prospecciones para encontrar una gran fosa común en la que los estadounidenses habrían enterrado a buena parte de los muertos de batalla naval de Santiago de Cuba, buena parte de ellos gallegos, con el objetivo de conseguir después su repatriación a España.

Cromos de la época, populares en A Coruña y Ferrol, con personajes de la guerra de Cuba y Filipinas.

La restañada memoria de las víctimas gallegas en la caída del imperio español se completa con el libro La Correspondencia Gallega o e desastre do 98, del periodista Xosé Miguel Alonso Boó, que acaba de publicar la Diputación de Pontevedra,  que rescata en un detallado viaje por las hemerotecas hechos y personajes increíbles de la guerra finisecular, en los que Galicia está siempre en primer plano.

El naciente periodismo amarillo estadounidense de los periódicos  World, propiedad de Joseph Pulitzer —paradójicamente sinónimo hoy del gran periodismo de rigor— y el New York Journal de  Randolph Hearst —el oscuro y todopoderoso Ciudadano Kane de Orson Welles— fueron los grandes instigadores del intervencionismo norteamericano en Cuba y Filipinas y llegaron a alentar un ataque directo a los puertos españoles del Atlántico, preferentemente Ferrol y A Coruña, lo que generó a la vez un visceral antiamericanismo en la sociedad gallega (donde las caricaturas de prensa representaban invariablemente a los norteamericanos como cerdos). En Ferrol todavía se recuerdan las coplas contra Estados Unidos que cantaban las Pepitas y que se convirtieron en clásicos de taberna del momento.

 El primer mazazo que socavó el poderío naval español se produjo en la batalla naval de Cavite, en Filipinas, donde los estadounidenses acabaron en sólo dos horas con la flota comandada por el ferrolano Montojo, que sería posteriormente separado de la Armada. Los Montojo eran —y todavía son— una saga tan numerosa en la marina española que los norteamericanos llegaron a creer que el apellido designaba algún grado de mando específico como subalmirante. La batalla

—en la que perdió la vida el comandante coruñés Luis Cadarso— fue un verdadero infierno en el que centenares de marineros fallecieron en un mar de fuego y metralla.  Como ocurrió siempre en esta guerra, gran parte de los soldados y marineros fallecidos eran gallegos —y sobre todo coruñeses—. Durante días se sucedieron conmovedores funerales en Santiago, Ferrol, Betanzos y A Coruña —oficiado por treinta sacerdotes—.

Al margen del derecho internacional que le asistía —la mayoría de las naciones europeas condenaba la agresión norteamericana—, España no podía afrontar ante Estados Unidos una guerra en el mar que acabó convirtiendo a sus flotas —faltas de bases de apoyo, combustible y suministros— en mera carne de cañón. Entre las escasas voces que se alzaron entonces en una España  imbuida de una exaltación patriótica contra esta carnicería y a favor de la paz figura destacadamente una manifestación en la ciudad de A Coruña protagonizada por canteros de la CNT que reclamaron en las calles que no se siguiera “desangrándose a la clase obrera”.  (Precisamente, sería un coruñés quien firmaría el Tratado de Paz con EEUUen París en otoño de 1898: Eugenio Montero Ríos). El propio Ramón y Cajal, entonces capitán médico en Cuba, que ganaría el Nobel en 1906, 

Presos repatriados al puerto coruñés

responsabilizó del desastre “no al pueblo, que lo dio todo”, sino “a la codicia de nuestros industriales exportadores y al egoísmo cerril de nuestros políticos”. Nada de esto impidió el sangriento desenlace final. En julio de 1898 partía de A Coruña hacia Cuba la Flota del Atlántico comandada por el almirante Cervera que el Gobierno presentó como la gran baza para frenar a los Estados Unidos. Sin posibilidades de llegar a La Habana por falta de carbón y tras refugiarse en Santiago de Cuba, un puerto sin defensas de costa, los grandes buques españoles que habían impuesto su ley en los océanos fueron destrozados como en un ejercicio de tiro al blanco. Casi 400 muertos y 1.600 prisioneros, la tercera parte gallegos, en un solo día. Por un muerto y dos heridos yanquis. Allí también los nombres destacados eran coruñeses: Eulate, el comandante muerto del crucero Vizcaya o el marino mercante Manuel Deschamps, de Sigrás, que burló reiteradamente el bloqueo norteamericano y es el único civil que descansa en el Panteón de Marinos Ilustres en Cádiz.

Al perder la Flota del Atlántico, España temió que EEUU atacase los puertos de Ferrol y A Coruña, como figuraba en sus planes desde 1894. La ciudad  fue presa del pánico. El Gobierno envió para defenderla al acorazado Victoria, en tanto retenes de la Cruz Roja patrullaban la ciudad. El pronto acuerdo de paz evitó finalmente el desastre.

Meses después de la tragedia de Cuba, centenares de marinos regresaban al puerto coruñés del presidio en un campo de concentración norteamericano. Las gacetillas de la época hablan de sus caras macilentas, escuálidas y cadavéricas. Eran el rostro de la derrota que todos querían olvidar. 

110 años después, el recuerdo del enorme sacrificio de estos hijos de A Coruña y Ferrol es inexistente en sus ciudades.  Ni un monumento, ni una calle, ni una simple placa en el cementerio. Nada de nada.

Testigo del horror en el lazareto de Oza

La crudeza del sufrimiento padecido por los soldados gallegos en la guerra de Cuba queda patente en el testimonio de un guardiamarina del crucero Oquendo apellidado Navia, que fue internado en agosto de 1898 en el lazareto coruñés de Oza, tras ser repatriado de Cuba.

Campo de concentración de Seavey .

La metralla de una granada se le clavó a Navia en una pierna, al tiempo que una enorme astilla se le clavó en el pecho, cerca del corazón. Antes de abandonar el buque incendiado y repleto de cadáveres, pudo ver como el comandante del Oquendo, Lazaga, se disparaba un tiro en la cabeza. Tras nadar media hora hasta tierra, consiguió escapar de los guerrilleros que acosaban a los náufragos escondidos en las copas de los árboles. “Llamaban a los que salían del agua y al acercarse los fusilaban”. Tras una noche de huida desorientada por la jungla, completamente desnudo, ensangrentado por las múltiples heridas y atormentado por los mosquitos, sin más alimento que agua de charcas en descomposición, se le unieron otros dos prófugos heridos, con llagas llenas de gusanos en la cabeza por falta de curación.

La desesperación les hizo cruzar a nado “por milagro de Dios” una bahía infestada de tiburones y caimanes. Cuando ya se daban por rendidos, cayeron desfallecidos, pero inesperadamente una partida española los encontró medio muertos un día más tarde.

El ‘guantánamo’ gallego

Tras la destrucción de la Flota del Atlántico en Santiago de Cuba, 1.600 hombres fueron hechos prisioneros e internados en un campo de concentración en la isla de Seavey en Estados Unidos. En la detallada investigación que presentará el año próximo en la Complutense, el capitán de fragata Juan Escrigas ha reconstruido persona a persona el gigantesco rompecabezas de los más dos mil tripulantes de la flota, para saber exactamente que hizo cada una desde que zarparon de Ferrol y A Coruña  hasta su regreso, su presidio, su muerte o su desaparición. Los 1.600  prisioneros fueron llevados a tres destinos distintos en Estados Unidos. Los más enfermos, al hospital naval de Norfolk; el grueso, a un campo de concentración en la isla de Seavey; los oficiales, a Annapolis. En Norfolk hay tres enterrados en el hospital naval. En el campo de prisioneros murieron 31, que fueron repatriados en 1916. Las autoridades americanas dieron orden de que se les diera un trato exquisito, pero no siempre fue así. Hubo un asunto muy feo a bordo del buque Harvard, en el que murieron seis prisioneros. Estaban unos 700 hacinados en cubierta, todos sentados, cuando un marinero quiso acercarse a un suboficial que era de su mismo pueblo, cerca de Fisterra. Para dejarle pasar, comenzaron a levantarse y los vigilantes, que eran voluntarios de Massachussets con muy poca experiencia se pusieron nerviosos y empezaron a darle el alto en inglés. No se entendieron y comenzaron un tiroteo indiscriminado contra los prisioneros indefensos. También en este incidente hubo varios muertos gallegos.

 

Esta imagen es un mosaico que reproduce una panorámica completa de la ciudad coruñesa a finales del siglo XIX (cortesía de la Colección de Juan Escrigas). El puerto coruñés tuvo una gran importancia en la guerra de Cuba y llegó a ser un objetivo de guerra para la flota norteamericana comandada por Watson. (Ver más grande)

MÁS IMÁGENES

- Buques españoles en Filipinas y cromos de la época, populares en A Coruña y Ferrol.

- Esquela por los caídos en la guerra.

- Imagen del hundimiento del crucero ‘Vizcaya’ en Santiago de Cuba, cuyo comandante, muerto en la batalla, era el coruñés Luis Cadarso.

- Uno de los buques españoles destrozados en la batalla de Santiago de Cuba.

 

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