La Opinión a Coruña

Volver a la Página Principal

Tal como éramos

Texto: Santiago Romero
Imágenes: Archivo Manuel Ferrol
Manuel Ferrol, fotografiado por Víctor Echave poco antes de su Fuerte.


Nacido en un faro del fin del mundo —cabo Vi-lán— y testigo de un mundo desaparecido, Manuel Ferrol, uno de los pocos fotógrafos al que Franco dedicó una fotografía —y el único que consiguió las fotos de los casquillos de bala con que mataron a uno de los oficiales del Santa María secuestrado por el mítico comandante Galvao—, poseía una vida de cine. Pero pasó a la historia por un segundo mágico en el que captó la imagen más universal del éxodo. Esta foto —que este mes de noviembre de 2007 cumple medio siglo e inmortalizó cien años de dolor en Galicia— ha dado la vuelta al mundo y se ha convertido en el icono universal de la emigración y del puerto de A Coruña, la gran puerta gallega a la aventura transoceánica en el siglo XX.
La imagen de aquel padre e hijo rotos por el dolor que Manuel Ferrol retrató aquel 27 de noviembre de 1957 en la Estación Marítima, donde ahora se alza el nuevo Palacio de Congresos, fue para el fotógrafo coruñés —fallecido en 2003— “más que un Pulitzer”. Fue realizada en una época trágica, cuando la falta de horizontes empujaron a uno de cada tres gallegos a dejar atrás su tierra.
Una época miserable en más de un sentido. “Yo viajé en algunas ocasiones a bordo del trasatlántico Juan de Garay desde Coruña a Vigo, última escala antes de la travesía a América
—me confesó Ferrol poco antes de su muerte— y en cuanto el muelle se perdía de vista, todos desaparecían y se hacía un silencio sepulcral. Parecía un barco fantasma. Pero podía ser peor. A muchos de estos pobres emigrantes, que salían por primera vez de su remota aldea, los timaban sin piedad: los tenían toda la noche dando vueltas por la ría de Vigo y los bajaban por la mañana en Cangas, diciéndoles que estaban en América”.
Las fotografías que Manuel Ferrol hizo en noviembre de 1957 a los emigrantes que embarcaron en el Juan de Garay recorrieron las principales galerías del mundo. “No siempre con mi nombre —se quejaba amargamente Manuel Ferrol—. El escritor Blanco Amor las firmó en Buenos Aires como suyas”.
Pese a su celebridad, el fotógrafo coruñés no percibió una sola peseta por los derechos de autor hasta los años 80, cuando los investigadores gallegos Suárez Canal y Manuel Sendón las recogieron en un libro histórico. La serie fotográfica inspiró al malogrado cineasta gallego Chano Piñeiro las películas Sempre Xonxa y Mamasunción. Chano conocía la historia de una señora de Buño que se volvió loca después de años y años esperando al novio que partió joven para América prometiéndole volver. Cada mañana se sentaba en el dintel de la puerta a esperarlo. Manuel Ferrol la fotografió hace mucho tiempo, cuando ella tenía 66 años.
Los protagonistas de la célebre foto— Xan Calo, recientemente fallecido, y su hijo Xurxo, que despedían en 1957 en el puerto coruñés a la madre y dos hermanos del primero— vivieron siempre en Fisterra, rodeados en los últimos tiempos de un cierto resquemor contra el autor de la famosa imagen.
“Alguien les dijo que yo me había hecho millonario con las fotos y me mandaron un abogado —contaba Manuel Ferrol—. Es increíble”. Lo cierto es que el polifacético Antón Reixa los reunió con el fotógrafo que los inmortalizó a finales de los 80 en un programa de la televisión gallega —Sitio distinto— y el reencuentro estuvo constantemente marcado por la tensión.

Ferrol conoció la identidad de los personajes de su foto —Xan y Xurxo Calo, de Fisterra— años después. TVG los reunió al final de los 80 en un tenso programa en el que los Calo —el mayor murió recientemente— no se mostraron contentos por el uso de su imagen, de la que creían tener derecho a obtener algún beneficio.


Manuel Ferrol es el único gallego que aparece en la prestigiosa Historia de la Fotografía de Beaumont Newhall y está permanentemente expuesto en el Museo de la Fotografía de Columbia, en Estados Unidos. La célebre foto, titulada Emigración, fue seleccionada en una exposición itinerante que recorrió el mundo para mostrar las obras maestras de once fotógrafos entre los que se contaban, además del coruñés, los legendarios Robert Capa o Cartier-Breson. Pero su mirada tiene un background que la explica.
El viento ensordecedor, el mar batiente, los chillidos de las gaviotas y el estremecedor silencio de los ahogados. Así como otros tienen hadas madrinas en los cuentos, éstos fueron los únicos compañeros del niño Manuel Ferrol, nacido en 1923 en el faro de cabo Vilán.
Presumía de tener el ejemplar del periódico con la noticia del naufragio del Serpent, en el que murieron 800 personas. En los oteros oceánicos de Camariñas, Corrubedo, Ons y cabo Silleiro transcurrió una infancia solitaria en la que no existía otra distracción que observar aquella tierra salvaje del fin del mundo. “En Ons —me contó Ferrol en una ocasión— había unos colonos que vivían del pulpo y de las nutrias. Allí había lepra. El propietario de la isla era un tal Didio Rioboó, casado con una italiana, que apareció un día colgado de una viga”.
La experiencia le sirvió para endurecerse y soportar lo que vendría después, cuando con sólo 12 años veía pasar flotando a diario en cabo Silleiro los cadáveres de los paseados del 36. “Me hinché de ver hombres jóvenes muertos —recordaba con el aplomo del que está de vuelta de todo—. Todos con un tiro en la sien. Recuerdo a mi madre bajando sábanas para cubrirlos”.

El ‘Juan de Garay’ zarpa del puerto coruñés rumbo a América (Manuel Ferrol).


Antes, Ferrol había conocido el agitado Vigo republicano previo a la Guerra Civil en el que los anarquistas aconsejaban aquello de si te pica el ugeté, ceneté. Por allí andaba cuando le quemaron la casa al general Cuervo —que era pariente de su abuela— por matar accidentalmente a un cenetista al hacer un disparo al aire desde la ventana para evitar que soltaran a un esquirol desnudo por la calle. “En mi vida volví a ver una manifestación tan impresionante como la que hubo por aquella muerte”, decía.
En tiempos visité el caótico estudio que Ferrol tenía en el maravilloso edificio modernista que aún resiste en la calle
San Nicolás. Allí podía salir cualquier cosa del baúl de los recuerdos —menos lo que se buscaba a propósito, que nunca solía aparecer—. La foto de un soldado muerto en un nido de ametralladora en los primeros días del golpe del 36, un libro de cocina con 200 recetas para guisar sin aceite —“en el 41 no come ni uno, en el 42 no come ni dios”— o un tenedor de plata perteneciente a la vajilla de la Legión Cóndor, reembarcada en Vigo al terminar la guerra.
Para un bisnieto de alguien que sirvió con Méndez Núñez en El Callao, resultaba lógico hacerse marino: Manuel Ferrol fue de la primera promoción de la Escuela de Náutica coruñesa en 1948, en la que también figuraban un Masó y el barítono Antonio Sánchez Campó, el padre de la cantante Marta Sánchez. Por esa época fue salvado de la cárcel por Pío Cabanillas, que iba ya para abogado importante y viajaba en el mismo compartimento del tren que Ferrol cuando la policía le interceptó dos kilos de tabaco de contrabando que le llevaba de regalo a un profesor
—enraizadas cortesías de la época—. Manuel Ferrol se dedicaba entonces a fotografiar niños a domicilio. A destajo. Hasta que se acabaron los niños. Una vez me contó que aún conservaba más de veinte mil negativos de niños coruñeses de aquellos años. Acababa de comprarse una cámara Kontax que le había costado 13.500 pesetas de segunda mano —entonces te vendían una casa con huerta en 12.000—. Pero cuando se acabó la materia prima —los niños— tuvo que emigrar a Ferrol.
Allí, paraba en la afamada pensión regentada por Carmiña Neira, madre del que más tarde sería comandante de marina en Ferrol, Antonio Araguas. Uno de sus compañeros de fonda era el duque de Beragua —un Prado y Colón de Carvajal— que fue asesinado por ETA en Madrid cuando ostentaba rango de almirante. Manuel Ferrol acostumbraba a contar esta anécdota: “Una noche, el duque de Beragua se quedó dormido mientras fumaba y prendió fuego al colchón. ‘¡Ay!, que se me muere Cristóbal Colón en mi casa’, gritaba enloquecida la patrona”.
Con la ayuda del duque —que le ayudó a sortear la exclusiva concedida a un fotógrafo rival en Bazán— y de un teleobjetivo de un metro de largo abandonado en Vigo por la Legión Cóndor, consiguió el primer reportaje de una botadura sin necesidad de situar a varios fotógrafos escalonados en las gradas. Al día siguiente de exponerlo en su estudio, entró por la puerta un señor muy mandón que le dice: “Cierre y véngase conmigo”. Quería nombrarlo jefe de fotografía del Instituto Nacional de Industria en Madrid, pero Ferrol pensó —“equivocadamente”, me llegaría a reconocer— que su negocio tenía más posibilidades.
A cambio, se marchó con la flamante flota dominicana para rodar un reportaje en cine. Al final no le pagaron prácticamente nada, pero hizo amistades de gran provecho. El general Wessing —que terminó exiliado en España por el atentado contra Trujillo y fue más tarde ministro en la República Dominicana— le propuso enviarlo a Estados Unidos, haciéndolo pasar por capitán de aviación, para que estudiara cartografía aérea.
Siempre hubo algún buque ligado a la vida de Manuel Ferrol —y el más notorio de ellos acabaría por ser el Azor de Franco, como se cuenta más adelante—. Pero no hay duda de que el más legendario fue el trasatlántico Santa María, secuestrado en 1961 por el Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (Dril) —liderado por el gallego Sotomayor y el portugués Galvao— que tuvo en jaque durante un mes por todo el atlántico a las flotas de guerra estadounidense, portuguesa y española —además de al mismísimo presidente Kennedy—. Vigo fue el primer puerto al que arribó el Santa María después del secuestro. Estaba allí toda la prensa mundial. Pero Manuel Ferrol fue quien consiguió las fotos de los casquillos de bala con que mataron a uno de los oficiales a bordo y también el pasaporte visado por el Dril con la firma auténtica de Galvao. “No lo fotografió nadie”, se ufanaba.
En los últimos años de su vida, cuando todo fotógrafo pretendía ser un artista, Manuel Ferrol presumía de reportero
en unos años en que “algunas bodas daban unos cuartos que no podían pagar ni TVE ni el No-do”. De quienes, sin embargo, fue corresponsal pionero en Galicia. Acostándose con los líquidos de revelado para conseguir la temperatura adecuada o ideando ingenios como la cámara espía que diseñó en 1964 para una empresa de moda que la “llevaba a los desfiles camuflada en un libro”.
Entre los oropeles de una Coruña convertida en corte veraniega de Franco y la lucha por la boda o el reportaje de cada día (donde se batió más de una vez el cobre frente al propio director de la revista Hola, Jaime Peñafiel), Ferrol hizo de sí mismo un personaje. Pero todo esto quedó relegado a la nada por un simple segundo en el que consiguió
—sin proponérselo y ni tan siquiera saberlo— uno de los iconos universales del siglo XX.
Aquel noviembre de 1957, era simplemente otro mes gris de la posguerra. La radio hablaba de grandes prodigios internacionales: la perra Laika era enviada al espacio y en Roma se firmaba la génesis de la Comunidad Económica Europea. En España era otra cosa: Gobernación reiteraba la prohibición del uso del traje de baño de dos piezas para las mujeres. Para Manuel Ferrol, el 27 de noviembre se reducía a un rutinario trabajo más en el puerto coruñés, interminable vomitorio de gallegos hacia América. No podía sospechar que allí le acechaba la gloria.
Esas fotos, que ahora cumplen cincuenta años, dieron la vuelta al mundo, pero él no se enteró hasta tres décadas después. Ahora, al poco de su muerte, su colección particular con miles de negativos permanece en el domicilio de su viuda, Ángeles González Varela y es propiedad de sus cuatro hijos. La Fundación Barrié y la catalana Fundación Caixa se han interesado por su adquisición, aunque todavía “no se ha llegado a ningún acuerdo”, según sus portavoces familiares.
Los sinsabores y el olvido no escasearon en el último tramo de la vida de Manuel Ferrol. Algunos han llegado a sostener que simplemente se tropezó con la imagen del siglo. Hablábamos de ello hace una década, en su inimaginable estudio de San Nicolás, cuando sacó algo de un baúl como quien ofrece el tesoro más preciado.
“Estos chiquillos de ahora se creen que se comen el mundo— me dijo—. Yo estuve entre los escombros de aquel avión que se cayó en Montrove, deambulando entre cadáveres de mujeres medio desnudas, con los pechos al aire, rotas como aquel hombre sobre el muro, magníficamente vestido, con pantalón gris y chaqueta azul marino con botones dorados... al que faltaba la cabeza, arrancada de cuajo...”
Ferrol me tendió entonces el documento del baúl. “Yo, esta foto no la publiqué nunca”. 

Bandera del dolor

La bandera gallega moderna nació inspirada en la bandera de la Comandancia Naval de A Coruña. Uno de cada tres gallegos emigraron a América durante los dos últimos siglos para escapar de la depresión económica y política española y la principal puerta de salida fue precisamente el puerto coruñés. La tradición cuenta que los emigrantes asimilaron que la bandera naval de
A Coruña que ondeaba en el puerto y en los buques trasatlánticos —lo último que veían al marcharse— era realmente la bandera de Galicia. Llegados al nuevo continente, los emigrantes gallegos comenzaron a utilizar en América la bandera naval del puerto coruñés como bandera gallega. Años más tarde, la enseña blanquiazul cruzó el Atlántico de vuelta y fue adoptada en nuestra tierra como la moderna bandera gallega. Originariamente, la bandera naval coruñesa era una cruz diagonal azul sobre fondo blanco. Esta cruz en forma diagonal es conocida por el nombre de Cruz de San Andrés
—patrón de Escocia, que luce esta misma bandera y también uno de los santos más populares en Galicia, donde 72 parroquias están dedicadas a su nombre—. En el año 1891, la Cruz de San Andrés coruñesa fue modificada con el fin de evitar confusiones con la enseña de la marina imperial rusa, que ostentaba también como bandera una cruz diagonal azul sobre fondo blanco. El cambio consistió en restarle a la cruz uno de los dos brazos diagonales azules, resultando así el formato que utiliza actualmente la bandera gallega moderna. Sólo dos banderas europeas consisten actualmente en trazos inspirados en la cruz de San Andrés: la gallega y la escocesa.

 

Franco con sus nietas en el yate ‘Azor’ en el puerto de A Coruña.

En el yate del ‘señor caudillo’

Manuel Ferrol fue una de las escasas personas con accesos ilimitado al entorno privado de Franco en A Coruña.
Más de uno recuerda que entre un reportaje y otro de No-do, el fotógrafo coruñés solía jugar con las nietas del dictador, una confianza que hacía palidecer de envidia a la encopetada sociedad coruñesa que se daba de codazos por asomarse al privilegiado perímetro de los Franco en el Náutico, el pazo de Meirás o el yate Azor, sempiternamente anclado en la bahía de Sada.


A instancias del propio jefe de Estado, Manuel Ferrol instaló a bordo del yate Azor un laboratorio fotográfico que Franco nunca llegó a usar.
“Lo hacía su médico, Vicente”. En aquel barco emblema del franquismo veraniego, recordaba Ferrol con sorna, el que mandaba era el cocinero, “que le daba de comer a Franco en la mano”.
“Sólo le servía él, pero alrededor había muchos pijos que no eran nadie y te hacían la vida imposible. Para congraciarme —confesaba Manuel Ferrol—, yo solía regalar a los militares fotos de Franco dándoles la mano. Una vez le di una a un capitán y me dice: ‘Qué pena, hombre, con su excelencia ya tenemos muchas, con quien no tenemos es con doña Carmen”.
Estaba claro quién era el personaje de referencia a la hora de manejar influencias.
Manuel Ferrol es quizás con otro fotógrafo coruñés, Cancelo — la única persona que le hablaba en gallego al caudillo— de los pocos que daban instrucciones a Franco.
“Cancelo le pasaba la mano a la señora y le decía: ‘Señor caudillo, póñase un pouquiño máis para aquí...’ y les hacía gracia. Si a alguien se le ocurriera decirle señor caudillo a Franco ante medio centenar de personas, le caía la perpetua. Un día, en el teatro Rosalía, el alcalde Alfonso Molina envió a por bombones para doña Carmen y cuando se los ofrece, salta Cancelo y agarra uno: ‘Primeiro eu, por se acaso’. Molina se puso lívido”, contaba Ferrol.

 

 

 

 

 

 

MÁS IMÁGENES

Un embarque histórico en noviembre de 1957

Manuel Ferrol fue contratado el 27 de noviembre de 1957 por la Comisión Católica de Emigración para realizar un reportaje fotográfico sobre un embarque masivo de emigrantes en el barco ‘Juan de Garay’ en el puerto de A Coruña. Lo que en principio parecía un simple trabajo rutinario más acabó por convertirse en la génesis de unas fotografías que dieron la vuelta al mundo. Una de ellas —el padre y el hijo llorando— está considerada internacionalmente como uno de los mejores documentos gráficos jamás conseguidos.

 

Volver a la Página Principal