La Opinión a Coruña

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Adoquines gallegos

Texto: Salvador Rodríguez

Semanas antes del mítico mayo del 68 de París, los estudiantes gallegos protagonizaron en Santiago una jornadas de lucha con manifestaciones y huelgas que provocaron un "estado de excepción"

Sobre estas líneas, uno de los actos culturales que organizaban los estudiantes.

Compañeros, la Universidad ha muerto. Entonemos por última vez el Gaudeamus igitur!". Cuenta Ricardo Gurriarán que estas palabras fueron clamadas por un anónimo estudiante a la salida del encierro que cerca de mil jóvenes protagonizaron a mediados del mes de marzo de 1968 en la, por aquel entonces, sede central de la Universidad compostelana, en la actualidad edificio de la Facultad de Geografía e Historia. Cierta o legendaria, la sentencia le ha servido a Ricardo de percha para titular la exposición que, organizada por la Fundación 10 de Marzo, fue inaugurada el jueves en el Pazo de Fonseca: Do 'Gaudeamus igitur' ao 'Venceremos nós'. As mobilizacións estudiantís do 68 en Compostela. Fue el "68 gallego", el "mayo temprano"o como quiera identificársele, pero existió y tuvo más importancia de la que usualmente se le concede. 
A aquellos hechos -de los que algo se ha hablado y escrito, mas poco en realidad se sabe- ha dedicado Ricardo Gurriarán el último año y medio de intenso trabajo de cara no ya sólo al montaje de esta muestra sino también a la elaboración de un libro que será editado en el transcurso de este año: "Me he encontrado con un gravísimo problema de acceso a los archivos por culpa de una ley que no lo permite hasta que transcurran cincuenta años desde que se producen los hechos -nos dice Gurriarán-. Hay escasez de fuentes de cierta relevancia, por eso no he tenido más remedio que recurrir a los testimonios personales, al escaso material gráfico que se conserva y a la nutrida panfletística que se generó durante las revueltas. Me consta que existen elementos epistolares que podrían darnos ciertas claves pero, ya digo, se me impidió el acceso a ellos. Ojalá dentro de diez años, salvados los impedimentos legales, alguien pueda llegar más lejos de a donde que yo he llegado".
Para la redacción del libro, Gurriarán, autor de la tesis Ciencia y conciencia en la Universidad de Santiago. 1968, realizó la friolera de 110 entrevistas a personas vinculadas directa o indirectamente con los sucesos, desde estudiantes a policías, pasando por profesores de aquella época o vecinos de Santiago que fueron testigos de los acontecimientos de aquel curso 1967/68 que se comenzó a convulsionar al regreso de las vacaciones de Navidad, es decir, ya desde el mismo mes de enero. "Las revueltas de Santiago no se pueden desvincular de la agitación que se vivía desde principios de los 60 en varias universidades españolas, sobre todo las de Madrid, Barcelona y Valencia, y tienen que ver con el tímido proceso de apertura que el régimen franquista quería promover pero, al mismo tiempo, con el fracaso de ese proceso, cuando las autoridades se percataron de que en los órganos representativos de la Universidad se les estaban colando rojos incontrolados que exigían más democracia", advierte Gurriarán.
El PCE clandestino no se mostraba tan fuerte en Galicia como lo estaba en ciudades como las mencionadas y, entre el profesorado universitario, no se contaba con unos Aranguren, García Calvo o Tierno Galván -los tres expulsados de Madrid-, por eso, en todo momento, es preciso resaltar que el liderazgo de las acciones partió de un estudiantado en el que, ciertamente, se apreciaba una notable presencia del PCE, pero también de sus "parientes" maoístas (apodados los chinos), de sectores progresistas cristianos (articulados en la ADE, Agrupación Democrática de Estudiantes) y de un incipiente nacionalismo representado por la UPG y el PSG. "De todas formas, que conste que a la hora de desplegar la estrategia, los estudiantes actuaron siempre muy unidos, superando las siglas, que ocuparon un lugar secundario", aclara Ricardo Gurriarán.

Tres estudiantes realizan pintadas en las paredes de la Universidad en una de las jornadas de huelga.

Resultó fundamental la llegada a la Universidad de Compostela de un joven procedente de Asturias, Vicente Álvarez Areces, actual presidente del Principado. Areces ya era, a su corta edad, un activísimo cuadro del PCE aunque, junto a él, es preciso destacar a otros líderes de las revueltas, éstos gallegos, como Fausto Dopico, Félix Sarmiento, Pancho Álvarez Fontenla, Tuco Cerviño, Pedro Mariño o Lorenzo Porto, todos ellos alumnos de las facultades de Medicina y Ciencias, las más activas del campus, a los que bien se puede sumar, si bien en un segundo plano con respecto a los citados, curiosamente a otro futuro presidente autonómico, Emilio Pérez Touriño, que por entonces desempeñaba el cargo de delegado (representante) de los estudiantes en la Facultad de Económicas y asistía como tal a las denominadas Asambleas Libres de Estudiantes Universitarios, reuniones en las que se articulaba toda la estrategia movilizadora. "Estos jóvenes, que estaban ya por los últimos o penúltimos cursos de sus respectivas carreras, tenían a su favor el hecho de que, además de estar bien formados políticamente, eran muy buenos estudiantes, lo cual confería a las negociaciones un rigor y una seriedad que en un principio desconcertaron a sus interlocutores". Sobre estos delegados se desataron las primeras medidas represivas cuando el decano de la Facultad de Ciencias (la de Areces, Dopico, Sarmiento y Fontenla), Joaquín Ocón García, se enfrenta frontalmente a ellos e incluso los denuncia ante las fuerzas policiales, lo que provocó las primeras detenciones.
La reacción no se hizo esperar y, a partir de la segunda quincena de enero, los estudiantes salen a la calle y llevan a cabo actos como la quema masiva de periódicos o declaran la huelga en una secuencia progresiva que arranca en la propia Facultad de Ciencias y luego se extiende a Económicas, Derecho, Letras... hasta completar el campus entero con una única excepción: la Facultad de Farmacia, sumida en una problemática propia.
"Las detenciones gubernativas de los delegados y de los estudiantes más activos no se demoraron ni tampoco la apertura de expedientes sancionadores ni la represión de más a más", explica Gurriarán. Pero inmersos en una espiral de acción-reacción-acción, los estudiantes rebeldes responden con manifestación diaria hasta que, a mediados de marzo, recurren al famoso encierro de tres días en la sede central de la Universidad, una medida que puso en jaque no ya sólo a todo el estamento universitario, sino también al político-institucional, a pesar de los esfuerzos "paternalistas" del rector, Jorge Echeverri, un hombre cargado de buenas intenciones -su hermano, alcalde de Cangas por el Frente Popular, había sido víctima de la represión franquista en la Guerra Civil- que se vio literalmente desbordado.
A esas alturas, el conflicto de Santiago adquiere una insospechada envergadura. A las clases sólo acuden, todo lo más, diez o doce alumnos por Facultad; las movilizaciones son multitudinarias y la asamblea, con los estudiantes encerrados, fuerza una histórica "negociación bajo presión", algo impensable para un régimen que no ofrecía en absoluto síntomas de debilitamiento y que además desde hacía unos meses tenía por vicepresidente del Gobierno al duro Carrero Blanco. La dimisión de Ocón, la retirada de sus denuncias contra los delegados, la readmisión de éstos en la Facultad y la devolución de un dinero, destinado a actividades universitarias, pero que había sido requisado por el decano, eran las reivindicaciones de los huelguistas. "Detrás de todo eso -precisa Gurriarán- había un cuestionamiento radical de las estructuras del franquismo pero, claro, es que en aquella época ¿quién se atrevía a gritar 'abaixo a dictadura'? Así no se iba a ninguna parte, pero de esta manera, más sutil, quizás sí".
Al tercer día del encierro, "con tres toques de corneta, con prudencia y sin violencia -relata Gurriarán-, los cerca de mil alumnos y alumnas encerrados fueron desalojados del edificio universitario por la Policía Armada (...) El alumnado sale cantando el Gaudeamus igitur y el Venceremos nós, la popular canción americana We shall overcome con letra de Xosé Luís Franco Grande que se había convertido en el himno de la lucha".

Raimon (tercero, por la izquierda), en las calles de Compostela (mayo de 1967).

Las asambleas convocadas en las jornadas siguientes al encierro también fueron multitudinarias y, en ellas, los asistentes aprobaron la continuación de la huelga, una huelga a la que, por fin, se une Farmacia, aunque ésta por otras razones más de carácter gremialista. Los tira y afloja continúan y, en éstas, entre detenciones, sanciones y revueltas, el Gobernador Civil, Avendaño Porrúa, se reúne durante dos horas con una comisión de representantes a los que exhorta a retomar la actividad académica: "De este modo -les sugiere- quizá podrían influir favorablemente en orden a las sanciones". A finales de marzo visita Santiago con carácter "excepcional" el director general de Universidades, Hernández Díaz, quien tras su breve estancia, es despedido a pedradas por estudiantes concentrados en la estación de ferrocarril: "Es por eso por lo que digo que los adoquines volaron antes en Compostela que en París", apunta Ricardo Gurriarán, aunque los hechos fueron muy serios porque desembocaron, a la postre, en una batalla campal cuando los alumnos pretendieron realizar un nuevo encierro en la Facultad de Medicina, encierro que fue sesgado de cuajo por la polícía a porrazos y con treinta detenciones.
Las denuncias por la brutal carga policial y la infinidad de gestos solidarios que llegaban de toda España animaron a los estudiantes a proseguir en un momento en el que Santiago se convierte, superando a Barcelona y Madrid, en el referente central de las movilizaciones universitarias de todo el Estado. En medio de la tensión, el Rectorado decide adelantar las vacaciones de Semana Santa y esa medida resulta de lo más eficaz porque, a la vuelta, desgastado el poder universitario, consciente el régimen de que había que acabar con la "Compostela rebelde" y de que las, por otra parte, nimias reivindicaciones de los estudiantes (a fin de cuentas, la dimisión de un decano y poco más), no son razón prudente para continuar manteniendo la tensión. 
Por su parte, los estudiantes también muestran síntomas de cansancio y, a pesar de que en la primera asamblea celebrada en abril, se aprueba continuar con la huelga, las posturas ya son menos inflexibles, sobre todo cuando el 2 de mayo el rector Jorge Echeverri, tras "gestiones en Madrid", anuncia la suspensión de la aplicación de las sanciones, lo que propicia la celebración de unas asambleas más relajadas que conducirían a la rehabilitación de la normalidad en vísperas del fin de aquel histórico curso tras el que ya nada volvería a ser igual, aunque para ello hubiese que esperar casi diez años más. Eso sí, en el de 1968/69, el régimen truncó aquel proceso de apertura y la oscuridad de la longa noite de pedra retornó a las aulas. 
A Álvarez Areces y demás líderes del movimiento estudiantil se les prohibió volver a matricularse en Santiago pero, en el otro bando, las consecuencias también fueron palpables: el voluntarioso rector Echeverri, destituido; el decano de la discordia, Ocón, desplazado; el gobernador civil, Avendaño Porrúa, cesado. Y, como guinda, un relevo al frente del Ministerio de Educación.

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