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El otero de las ballenas

Texto: Santiago Romero

En el siglo XIX, un farero halló en Sisargas restos muy antiguos y un esqueleto humano de inverosímiles dimensiones. En el XX, otro torrero se pasó la vida buscando un tesoro escondido, relacionado con naufragios, piratería y rituales paganos

Panorámica de Malpica al caer la noche, con las islas Sisargas al fondo. / Pablo Verdes

El impresionante faro de sillería de las islas Sisargas, que sustituyó a otro más antiguo y fue construido con el sacrificio de los habitantes de Malpica
—las mujeres subían en cestos la piedra desde la costa hasta lo más alto bajo un tiempo del demonio— guarda huellas de la desesperación y la soledad que siempre rodearon a este balcón al abismo del tenebroso mar de las tormentas. En sus vetustas estancias resuena el eco de los cabezazos que los fareros se daban contra las paredes al enterarse de que las borrascas prolongaban su aislamiento hasta un mes. Incomunicados, a solas con el enloquecedor aullido del viento que por veces semeja el alarido de un gigantesco leviatán, se refugiaban —no siempre con éxito— en la lectura, en la que no podían faltar los relatos de Conrad, el gran narrador del mar.
“La costa septentrional de España es el lugar más peligroso y desagradable que se pueda imaginar”, escribió Conrad en su único relato ambientado en la península Ibérica. El autor de
El corazón de las tinieblas conoció como marino, antes que como escritor, el pavor al cruzar las aguas de A Costa da Morte y sabía de la superstición de los marinos ingleses que en el siglo XIX consideraban las islas Sisargas un gran leviatán varado que cobraba vida en medio del temporal para atraer a sus víctimas a los espantosos naufragios que se contaban en voz baja a la trémula luz de las tabernas de todo puerto.
Como el del Priam, un vapor británico que en 1889 navegaba desde Liverpool a Hong Kong y se hundió frente a estas islas. La leyenda habla de riquezas sin cuento esparcidas por toda la costa, desde relojes de oro y plata hasta pianos de cola y cadáveres de mujeres que aparecían en las playas con las orejas y los dedos de una mano cortados para arrebatarles pendientes y anillos. El implacable dios del mar que les robaba la vida en cotidiano sacrificio, devolvía de cuando en cuando a estas gentes sumidas en una miseria extrema insólitos y prohibidos dones que despertaban la codicia.
Las bestias, legendarias o reales, siempre convivieron con los audaces marineros de Malpica que ya en el siglo XVII asombraron a Cosme de Médici por su pericia en el arponeo de gigantescas ballenas desde de sus frágiles dornas. El ilustre viajero, heredero del gran ducado de Florencia, se empeñó en conocer en persona en 1669 el “más famoso puerto de pesca de las ballenas que llegan desde los lejanos mares norteños de Noruega y Groenlandia”.
Un épico pasado que aún puede rastrearse en alguna que otra casa malpicana que conserva llaves y bancos fabricados con huesos de ballena, así como restos fosilizados de los cetáceos mezclados con la mampostería de las paredes.

Vista aérea de las islas Sisargas. Abajo, araos, una aves singulares prácticamente exclusivas de estas islas. / Carlos Pardellas

“Esta villa es el puerto donde se pescan más ballenas —dejó escrito el cardenal Jerónimo del Hoyo a principios del siglo XVII—. Hay grandes matanzas cada invierno y es pesca de gran provecho, porque de un ballenato, por pequeño que sea, se sacan doscientas arrobas o cántaras de aceite. Los malpicanos las venden a los vizcaínos y deben pagar por este comercio cada año siete mil maravedíes al arzobispo de renta fija”. Malpica y sus islas Sisargas pertenecían desde la alta Edad Media al arzobispado de Iria Flavia, es decir, de Compostela, con el que mantuvieron sonadas disputas por la reticencia de este pueblo marinero a pagar los impuestos que los señores de la Iglesia les exigían por la captura de ballenas. Gente dura de roer, estos malpicanos, como atestigua la canción que aún hoy se escucha en las tabernas: “Malpica de Bergantiños, El Rei te quixo vender: Para comprar a Malpica, moitos cartos hai que ter”.
La violencia que siempre fue la marca de identidad del mar que azota A Costa da Morte era causa de la abundancia de ballenas, cuyo paso era detectado desde el otero más alto de las islas Sisargas —que, pese a ser tres, siempre fueron llamadas por los pescos como a illa—, conocido como O Taleeiro, el puesto desde el que los vigías oteaban el surtidor de los grandes mamíferos oceánicos.
Es curiosa la fijación que tantos escritores y artistas fascinados por las Sisargas tienen por la metáfora de las islas como enorme bestia marina. Para Cunqueiro son un megalítico centollo petrificado; para el cronista de viajes inglés Aubrey Bell, el lomo de un oculto cetáceo. El pintor Urbano Lugrís —maestro del modernismo, cuyo centenario se celebra este año— plasmaría este sentimiento en una monstruosa imaginería artística que aún hoy día asombra a los visitantes del Hogar del Pescador en Malpica.
Situadas en extremo de la Fosa Blastomilotínica, cuyo estrato rocoso es de los más antiguos del continente, las Sisargas son el eje de una arcaica mitología bestial que se pierde en los remotos tiempos del culto ofilátrico —a las serpientes— prerromano. Algunos historiadores llegaron a sostener en el XIX que su topónimo procede de Circargas o islas del cobre, identificándolas con las legendarias islas Casitérides de los fenicios. No existe prueba alguna de semejante hipótesis, aunque los estudios geológicos avalan esa posibilidad.
En cualquier caso, las Sisargas aparecen en las más antiguas leyendas locales como el cubil de una monstruosa serpiente que aterrorizaba a la población del cabo de San Adrián —militar romano que libró a los lugareños de la gigantesca alimaña— situado en frente del archipiélago.
Al pie de la ermita que domina el cabo, se advierte una veta amarilla que sobresale entre el color más oscuro de la piedra circundante. La veta se enrosca de manera que sugiere exactamente la forma de una serpiente. Cuando hace ya mucho tiempo arrancaron un trozo de veta, de varios centímetros de espesor, los lugareños quedaron maravillados al descubrir que la serpiente mantenía en el corazón de la piedra la misma forma enroscada que en la superficie, como si realmente se tratara del fósil de un gran ofidio.
Mitologías aparte, la bestia más peligrosa que ronda estas islas es el mar embravecido que ha causado en sus inmediaciones una lista interminable de naufragios, que se remonta a 1588, cuando una de las naves capitanas de la Armada Invencible —la Ragazzona, un buque que desplazaba 1.250 toneladas y armaba treinta cañones—, se hundió en la punta de Fornelos tras perder el ancla durante una tormenta en los arrecifes que rodean las islas. Las tragedias marítimas han sido constantes desde entonces. En 1970 se extrajeron en la llamada Pedra do Magnánimo viejos cañones de hierro procedentes del naufragio en 1794 del Magnánimo, buque de la armada española que se fue a pique con 500 hombres a bordo.
Vista aérea de las islas Sisargas. Abajo, araos, una aves singulares prácticamente exclusivas de estas islas. / carlos pardellasEstos desastres —como el del mercante inglés J.J Siddon— arrojaban en ocasiones a la costa verdaderos tesoros. El mar, como un dios, daba y quitaba vida. Consta en crónicas de la época que la fiebre despertada por la avalancha de ricas telas y fina cubertería que arribaba a caballo de enormes olas a los acantilados tras el hundimiento del Siddon causó la muerte de cuatro desventurados que intentaron echarles mano, entre ellos una muchacha embarazada.
“Los naufragios aquí no son leyenda. Por desgracia, siguen siendo una realidad como un templo”, asegura Jesús Martínez, uno de los últimos torreros que residió en las Sisargas hasta que el faro de las islas fue automatizado en 2004. “Nos turnábamos en Sisargas tres fareros, José Ramón Álvarez, Javier Castro y yo. No recuerdo quién hizo exactamente la última guardia en la isla. Lo más duro era el invierno, aquel invierno de diez meses que teníamos antes en Galicia. Y la soledad. Nuestros turnos eran en principio de diez días, pero muchas veces tenías que quedarte más tiempo porque el barco no podía sacarte por el mal tiempo. Lo máximo que llegué a estar fueron 27 días, en pleno temporal. El riesgo, más que físico, era volverte medio majara, de estar tanto tiempo solo. El teléfono casi nunca funcionaba, estábamos prácticamente aislados. Salvando todísimas las distancias que pueda haber, la situación es la de sentirte encerrado. Es una especie de condena. Condena con gusto, porque te pagan y es una profesión que has elegido y sabes a lo que te expones. El problema no era sólo tuyo, cuando había grandes tormentas, no conseguían hablar contigo y la familia estaba muy preocupada. Algún golpe que otro llevaron las paredes cuando después de tantos días de soledad te tocaba marchar y a última hora ves que no pueden venir a buscarte”.
Aunque los marinos que gobiernan los buques que cruzan A Costa da Morte ya no temen como los viejos colegas de Conrad que las Sisargas cobren vida como un monstruo, las islas siguen siendo hogar de las bestias. En este caso, bellas y en algún caso —como los singulares araos, en peligro de extinción— exclusivas aves propias de este paraíso ornitológico que es en la actualidad el archipiélago coruñés, uno de los últimos que todavía quedan en España en manos privadas.

Mural de Urbano Lugrís sobre la caza de ballenas en las Sisargas. / LA OPINIÓN.

El Estado gestiona en estos momentos la compra de las tres islas coruñesas —Grande, Chica y Malante— con los herederos del conde de Altamira y de Luz de Mora y Aragón, hermana de la reina Fabiola de Bélgica. De conseguir este objetivo, las Sisargas serían integradas en el Parque Nacional das Illas Atlánticas, transferido a la Xunta justo después de estas pasadas elecciones generales, que agrupan a las Cíes, Ons, Sálvora y Cortegada. “Las Sisargas forman parte de lo que es históricamente Malpica. El tema aún no está cerrado, pero entiendo que se hará porque todos están interesados, al menos así me lo transmitió Costas”, asegura el alcalde de Malpica, José Ramón Varela.
La iniciativa del Estado puso en guardia a los pescadores de Malpica, que faenan en las islas —la calidad de sus percebes sólo tienen parangón en los del Roncudo, en el vecino Corme— desde hace cientos de años con base en antiguos acuerdos de uso negociados con los dueños de las Sisargas. La inclusión en un parque nacional acarreará seguramente restricciones. “Los que menos enterados estamos de cómo va el tema de la compra de las Sisargas somos los pescadores. Reclamamos que se mantengan nuestros derechos de pesca en las islas —afirma el patrón de la cofradía, Genaro Amigo—. De no ser así, los marineros y percebeiros se pondrían en pie de guerra. Pero no creo tampoco que la idea de la Administración sea la de impedirnos el trabajo. No esperamos mayores problemas”.
La apertura de las Sisargas abrirá también nuevos horizontes a Malpica y quizás las amenazadoras bestias que ronden en el futuro este paraíso sea una moderna especie depredadora: el turista. “Es un espacio natural que debe estar protegido y para eso lo primero que debemos hacer es que sean públicas—argumenta el alcalde de Malpica—. A partir de ahí, hay que hacer lo necesario para que se protejan, porque es naturaleza pura. Pero tiene que servir también como revulsivo económico, ya que Malpica está volcada hacia el turismo, que es aquí la actividad más importante después de la pesca. Está claro que las visitas tendrán que estar muy controladas. Pero creo que será más fácil proteger las islas así, que dejadas de la mano de Dios como están ahora, visitadas sólo por unos cuantos, pero que pueden resultar devastadores”.

Un tesoro escondido
Las Sisargas han sido siempre unas islas ocultas bajo una bruma de misterio que el tiempo ha conservado por su solitaria situación. Algunos de sus enigmas perviven sin embargo en las familias más antiguas de Malpica, que los heredaron de sus ancestros. Es el caso de Milucha Racedo, cuyo tatarabuelo, Andrés Sánchez, fue farero en Sisargas hacia 1800. “Vino para aquí de torrero, él era de Mugardos. Un buen día se puso a cavar avo para hacer unas finquiñas, que plantó allí sin abono ni nada y trajo dos gabarras de patatas. En las excavaciones encontró restos de cerámica, recipientes muy antiguos, pero entonces no se entendía nada de aquello. Mi bisabuela creo que anduvo con ellas jugando a las casitas. Después apareció un esqueleto de un hombre excesivamente alto. Contaba mi bisabuela, ella tendría entonces unos ocho años, que el fémur le servía de muleta. También una calavera de extraordinaria dureza. Mi bisabuela se cansó de darle con una piedra en los dientes, y no fue capaz de partirlos. Hasta que la tiró a una cuadra de cerdos y ahí estuvo durante mucho tiempo hasta que desapareció”, recuerda Milucha.
Otro farero, ya en este siglo pasado, “un tal Francisco Bonachera, padre de una amiga mía, que después marchó a las islas Columbretes en Castellón”, se pasó la vida buscando un tesoro escondido en las Sisargas. “Mientras estuvo destinado en Sisargas, se dedicó durante mucho tiempo a excavar por toda la isla. Que yo sepa, nunca encontró nada, porque si del sueldo vivía, del sueldo siguió viviendo. Ese tesoro tenía que ver con los naufragios y la piratería y otras cosas peores. Por ahí hubo una capilla antiguamente dedicada a Santa Mariña, que estaba ubicada donde estaba el primer faro, el viejo, que ahora está completamente en ruinas, no se si quedará algún resto. Después se hizo el faro nuevo y la casa de la sirena. Se decía que iban por allí a hacer aquelarres. Ese farero no fue el único que buscó el tesoro. Bajo cuerda, todo el mundo anduvo interesado en el tema. A lo mejor está enterrado, vaya usted a saber”, concluye Milucha.

 

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