La Opinión a Coruña

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El gallego más galáctico

Texto: S. Rodríguez
Fotos: G. Santos

Javier Gómez Noya
Campeón del mundo de triatlón

“A aquellos que dan ya como seguro que voy a conseguir una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Pekín les diría que no tienen ni idea de deporte”

El atleta Javier Gómez Noya.

Son ustedes, los triatletas, unos deportistas muy especiales?
–A mí me parece que el triatlón está muy mitificado. Hay quien se piensa que es algo durísimo que sólo pueden hacer unos pocos... Bueno, es duro, sobre todo a nivel de competición, pero tampoco es para tanto.

Una leyenda popular atribuye el nacimiento del triatlón a una apuesta entre marines norteamericanos que, en 1978, destinados en la isla de Hawai, quisieron dilucidar qué deporte y, por tanto qué deportista, sería el más duro y completo en su conjunto. Mediante una, sabe Dios, si rigurosa selección, los soldados se quedaron con tres candidaturas: ciclismo, natación y atletismo.

–¿Se ha parado a pensar cómo hubiese sido su vida en Suiza si sus padres no hubiesen regresado tan pronto a Galicia?
–Sí, algunas veces me he parado a pensarlo, aunque la verdad es que de Suiza lo que sé es lo que me cuentan mi hermano mayor y mis padres. Yo creo que igualmente hubiese enfocado mi vida hacia el deporte y, es más, hasta me parece que hubiese tenido más facilidades para practicarlo porque en aquellos años en Suiza el triatlón ya era un deporte mucho más conocido que en Galicia.

De aquella mítica apuesta surgió el denominado Iron Man, prueba combinada de las tres especialidades mentadas, aunque hay también quien sostiene que de algo semejante este tipo de competiciones ya se tiene noticia en la Francia de los años 20 del siglo pasado.

–Supongo que habrá vuelto alguna vez a Suiza...
–Por supuesto, primero de vacaciones con mis padres, y después a competir.

El Iron Man consta de 3.800 metros de natación, 180 kilómetros de ciclismo y 42 de carrera a pie pero, cuando esta disciplina fue aceptada como olímpica, las medidas quedaron establecidas en los 1.500, 40 y 10, respectivamente, Claro que la teórica ‘suavidad’ del metraje es más aparente de lo que parece: menos distancia, sí, pero más velocidad, más intensidad , mayor concentración del esfuerzo.

–¿Y ha estado en Basilea, su ciudad natal?
–También, pero con muy poco tiempo para conocerla. De hecho, conozco mejor otras ciudades de Suiza que Basilea. A ver si en una de éstas me cojo unos días y la visito a fondo; es algo que me apetece mucho.

Cinco años más tarde de la supuesta celebración de la primera prueba de Iron Man, nacía en la ciudad de Basilea Javier Gómez Noya, hijo de un matrimonio de emigrantes ferrolanos, Francisco Javier y Manuela, que retornarían a Galicia tres meses después del día del parto (28 de marzo de 1983) con un bebé que, si a los resultados nos atenemos, probablemente sea el deportista gallego más duro y completo de todos los tiempos.

–¿Tuvo de pequeño algún amiguito de estos que para bacilar le llamaba ‘el Suizo’ por aquello de venir de allí?
–No, no ¡ja, ja! Todos mis amigos sabían que había nacido allí, pero yo no tengo nada de suizo.

Javier, ferrolano de pro y residente desde hace años en una Pontevedra que ha aprendido a amar como su segunda cuna, cumple con disciplina espartana su preparación para los Juegos Olímpicos de Pekín, en la que se le augura (pero no lo digan muy alto porque él no quiera ni oír hablar de eso) la consecución de una de las medallas “previstas” en el palmarés de España: “Ahora mismo estoy en una fase de entrenamientos en la que puede decirse que sólo vivo y respiro para el triatlón, pero no me importa: a fin de cuentas, es lo que más me gusta”.

Javier Gómez Noya, durante un entrenamiento.

–Esto de que ya le pronostiquen como medallista fijo igual es una presión añadida para usted. ¿Se llevaría un palo si ni siquiera consigue un bronce?
–Pues no. Los que hacen previsiones de medallas no tienen ni idea de deporte y menos de un deporte como éste en el que, aunque te creas que estás muy bien, nadie te asegura que vas a estar delante. Está claro que los Juegos Olímpicos son mi principal objetivo y yo voy allí con la idea de ganar la carrera, pero si quedo quinto, séptimo o décimo, no pasa nada. Me quedaría satisfecho si soy capaz de rendir a mi cien por cien, de dar todo y hacer una buena carrera, vaya. Pero si alguno va más rápido que yo pues ¿qué le voy a hacer? Felicitarle y punto. Lo que me molesta es la gente que no se ha preocupado durante estos cuatro años de mí o de este deporte y que ahora, de repente, va y exige medallas. Me parece incluso una falta de respeto para nosotros, porque yo, por ejemplo, entreno igual de duro en 2008 que entrené en 2007 o en 2006.

Javier vive con humildad porque “en este tipo deporte tan duro tienes que ser humilde o te hundes; en cuanto te llegas a creer algo, dejas de entrenar y estás perdido” y sostiene que mientras corre, nada o pedalea no se le cuela ni un pensamiento que no tenga nada que ver con lo que está haciendo: “Tengo que estar muy atento a lo que pasa a mi alrededor, a mis rivales, al momento de atacar o defenderme, a dosificar los esfuerzos. La concentración es básica y éste es un deporte muy estratégico que se corre también con la cabeza. Desde luego, hay que pensar, y pensar mucho, al punto de que una de las mejores cualidades de un deportista de triatlón es la de predecir lo que puede o va a pasar. Me gusta decir que en una prueba de triatlón no siempre gana el más fuerte, sino el más inteligente, el más listo”.
Tras hacer sus pinitos de crío en el fútbol sala, primer deporte de competición que practicó, a los 11 años aprende a nadar en las instalaciones del club Natación Ferrol y descubre que eso, la natación, y la bici de montaña que le regalaron sus padres para pasar los fines de semana, le gusta más que meter goles. Como nadador, consigue numerosos títulos de campeón gallego en las categorías infantil, júnior y absoluto, brillando muy especialmente en las pruebas de fondo y estilos.


–Los resultados decían que usted podía ser uno de los mejores na-dadores españoles ¿por qué se decantó por triatlón?, ¿qué vio en él de especial?
–Es que, de pronto, vi que había descubierto un deporte en el que tenía mucho margen de mejora. Mientras, en natación, ya estaba llegando a mis límites, en triatlón consideré que tenía un largo camino por recorrer, que tenía futuro, vaya. Y además, estaba lo de practicar deporte al aire libre, cosa que siempre me ha gustado y que en natación no podía hacer.

Se ve que andaba sobrado el chaval porque, a los 15 años, coincide en la piscina con unos amigos que practicaban el triatlón y le proponen unirse a la panda para tomar parte en una prueba que se celebraba en Castropol (Asturias) donde, para pasmo de todos, incluido él mismo, obtiene la segunda plaza en categoría juvenil: “Allí conocí a Iván Raña”, recuerda.

– Hoy en día España se ha convertido en una potencia puntera en triatlón y eso gracias a dos atletas gallegos, usted e Iván Raña. ¿Serán los aires de Galicia o es una casualidad?
–No sé, no sé. Lo que tenemos en común Iván Raña y yo es haber empezado prácticamente de la nada; más él que yo, porque Iván comenzó antes. Lo nuestro tal vez fuese de casualidad pero, ahora mismo, están destacando muchos deportistas de triatlón gallegos, y eso sí que ya no es una casualidad. Se está haciendo un buen trabajo en esta especialidad.
–¿Qué tal se lleva con Iván? ¿Es su amigo, su compañero, su rival, su enemigo...?
–Iván es un amigo desde hace mucho tiempo. He aprendido muchas cosas de él cuando entrenábamos juntos. Pero en competición es un rival más, ¡y un rival muy difícil al que hay que ganar como sea!

Fascinado por este deporte, comienza entonces una trayectoria vertiginosa: Javier lo gana todo en categoría juvenil. Tenía ya la gloria su alcance, la había rozado, casi se puede decir que la había alcanzado, pero entonces ocurre lo inesperado: en 1999, durante una concentración de la selección juvenil española en Madrid, un reconocimiento médico le detecta una anomalía cardiaca que en términos médicos recibe el nombre de “valvulopatía aórtica” y que propicia que el Consejo Superior de Deportes le prohíba participar en cualquier competición internacional representando a España.

Javier Gómez Noya

–Si a mí me dicen que padezco del corazón, dejo de hacer deporte de inmediato, y a otra cosa ¿Por qué se empeñó usted tanto en desmentir el diagnóstico que habían hecho en el CSD?
–Es que eso mismo pensé yo en el momento en que me lo dijeron: en dejar el deporte. Pero, después, tras consultar con varios especialistas, me di cuenta de que las cosas no eran como me decían en Madrid, sino bastante diferentes. A partir de ahí decidí luchar para poder competir.
–¿Jugándose la vida?
–No, no, yo sabía perfectamente que me encontraba muy bien y que no había peligro para mí salud porque así me lo confirmaban informes médicos de mi total confianza. Yo ni me jugaba ni me juego la vida cada vez que compito, que conste, aunque sé que aún hay quien lo piensa así. A mí si mis médicos me aconsejasen no competir, lo dejaría ya.
–¿Sintió que aquel informe erróneo le robaba parte de su vida?

–Pues algo así. Yo tenía 16 años y toda la ilusión del mundo, una ilusión además avalada por los resultados que ya estaba obteniendo.
–Pero pudo haber significado el fin de su carrera ¿hubiese sido una tragedia para usted?
–Hombre, me quitaban lo me más me gustaba pero, vaya, en la vida también se pueden hacer otras cosas. Eso también siempre lo tuve muy claro. De hecho, sé que algún día me tendré que retirar.

Inmerso en una polémica de diagnósticos —los de los médicos a los que acude, que acreditan su aptitud, y los del Consejo, que la niegan—, Javier gana los campeonatos de España y Europa de duatlón para posteriormente, avalado por el informe favorable de un cardiólogo inglés, acudir a Nueva Zelanda y, con tan sólo tres semanas de preparación, proclamarse campeón del mundo sub 23, un resultado que le permitiría la libertad para competir a nivel internacional, apoyado por sus médicos y por la federación gallega. El CSD no le devolvería su licencia hasta febrero 2006: ese mismo año, sube al escalón más alto de la Copa del Mundo y, al siguiente, triunfa en el campeonato de Europa.
Ahora en su horizonte se dibuja una palabra, Pekín, y un número de cuatro cifras: 2008.

–¿Se le ha colado en algún sueño verse en los más alto del pódium y escuchar el himno?
–Eso sería adelantar acontecimientos... Ese momento no lo he soñado, con lo que sí he soñado es con la carrera; me he imaginado corriendo, nadando, pedaleando... pero en el pódium, no, y además mejor no pensarlo.
–¿Ni siquiera para quiénes irían sus pensamientos en esos instantes?
–No, no sigas por ahí... Si eso sucediese, ya te contaré en lo que he pensado, pero después, no antes.

 

“No he ido de botellón... pero sí que he estado”

–¿Sigue algún rito o tiene alguna superstición antes de iniciar una prueba?
–No, yo no soy de ritos, mi único rito es el precalentamiento...Bueno, mejor dicho, sí tengo uno: si gané la prueba anterior, procuro repetir el mismo precalentamiento en la siguiente, con los mismos ejercicios, el mismo tiempo y tal.
–¿Cuál ha sido la prueba en la que peor lo ha pasado?
–Ha habido bastantes, han sido muchas veces en las que he llegado casi agonizando ...Mmmm. Pero una que recuerdo fue la del Mundial del año pasado, en la que se fue muy rápido y sufrí mucho, al punto de que en la carrera a pie los últimos kilómetros se me hicieron eternos. Llegué vacío y destrozado a meta.
–¿El triunfo que le hizo más feliz?
–Todos los triunfos me hacen feliz, pero el que más quizás fuese el campeonato de Europa del año pasado. También la prueba de la Copa del Mundo en Pekín.
–Ahora que sus victorias tienen tanta re-percusión mediática ¿Le cuesta cada vez más ser humilde?
–Si esto me hubiese cogido a los 16 o 17 años igual me hubiese resultado más complicado mantener la calma. Pero yo, a estas alturas, con mi carácter y encima con todos los malos momentos que he pasado, sé que lo de ganar es flor de un día, que pronto se olvida... Evidentemente, los triunfos me llenan de satisfacción, pero me sigo manteniendo igual que siempre.
–¿Sigue estudiando Ingeniería Forestal?
–No, eso ya lo dejé. Hace tres años que me cambié a INEF, pero también lo tengo bastante aparcado.
–¿Qué deporte le gusta más ver en televisión?
–A mí el más espectacular me parece el que practico, el triatlón, y no lo digo por que yo sea triatleta, que conste. Pero, la verdad, no nos dan mucha cancha, así que me conformo con el ciclismo.
–¿Ha ido alguna vez de botellón?
–Ir, nunca; estar sí, alguna que otra vez con amigos, pero digamos que sin participar activamente.
–Por cierto, ¿qué tipo de sangre es la suya?
–¡Diantres, no lo sé! Nunca se me ha ocurrido preguntarlo.

Gómez Noya por fuera; Javi por dentro

El atleta Gómez Noya es aclamado en el estadio de Riazor.
Texto: Mercedes Cernadas
Foto: Fran Martínez

Javier Gómez Noya, campeón de campeones en el triatlón, se siente más cómodo siendo simplemente Javi. Así lo llaman sus amigos y familiares cuando hablan de él, y así es como se encuentra más a gusto este joven anfibio, que prefiere un río bajo cero con neopreno calado que una tarde de flashes y autógrafos.
Mientras Gómez Noya se hace fotos con chicas que lo admiran y quieren tener su firma en una libreta, Javi aún sigue poniéndose rojo. Sus mejillas suelen delatarlo con más facilidad ante un piropo o un homenaje que en el podio de un campeonato mundial. Dicen los que lo conocen que esa timidez, que va venciendo poco a poco, es una herencia de su madre.
Con 16 años recién cumplidos, este suizo de nacimiento y ferrolano por convencimiento le espetaba a Paco Villanueva, presidente de la Federación Gallega de Triatlón, que prefería mil veces “ir a una final del campeonato de España de natación que ser campeón de triatlón”. En aquel entonces, Javi aún no había conocido a Gómez Noya, y creía firmemente que esa competición de tres pruebas no era un deporte importante. Pensaba que era una especie de juego para mantenerse en forma, como lo hacían sus amigos de Ferrol, uno submarinista, otro bombero, relativamente mayores, que lo practicaban.
Cuenta Villanueva que ese mismo año quisieron llevarlo con la selección juvenil gallega a un campeonato en un pueblo valenciano, pero Javi se fue a Alicante porque estaba clasificado para la final de natación. Ésa era su pasión y su mundo hasta que conoció de verdad el triatlón. Gómez Noya encontró una auténtica segunda familia en la Federación Gallega que siempre fue de la mano de Javi y los suyos. Sus padres. Su hermano.
Gómez Noya se cuida mucho, pero no pesa los alimentos ni le obsesiona medir cada caloría. Quizás porque cuando puede ser simplemente Javi, comer se convierte en uno de los mayores placeres de su vida. Da igual carne, pasta, pescado, marisco. Disfruta con un buen plato, aunque su verdadero vicio son los helados; una sabrosa costumbre que sus padres adquirieron cuando emigraron a Suiza y que les transmitieron a sus dos hijos.
Además de un buen helado, la música de todo tipo es otra de las pasiones de Javi, que toca la guitarra española para relajarse en sus ratos libres. Precisamente la música es uno de los principales temas de conversación y bromas que mantiene con su hermano mayor, que siguiendo la hiperactividad propia de su familia, compagina viajes y responsabilidades de ingeniero con un grupo de rock en Madrid.
A Javi también le gusta la cerveza, aunque lo máximo que le han visto beber a Gómez Noya sus allegados fueron tres cañas para celebrar su victoria en la Copa del Mundo. Javi era futbolero, pero cada vez lo es menos, por no complicar a Gómez Noya con su preferencia por determinados colores. También por esa especie de tirria común por el deporte del balón que comparten los sufridos deportistas de elite con un salario moderado.
Para el final quedan los tragos amargos, y al hablar de Javi, y de Gómez Noya, no se puede obviar el calvario de tres retiradas de licencia por una anomalía cardiaca. Demostró que podía competir sin riesgo gracias a la ayuda del cardiólogo Nicolás Ballón, del que suele decir que lo es todo en su vida, además de sus padres y Paco Villanueva. Éste asegura que jamás, en nueve años, ha visto a Javi llorar, pero sí a su madre. Muchas veces. Cientos.
Gómez Noya es muy fuerte, pero los palos lo han hecho de acero. Es consciente de que el futuro del triatlón pasa por él en gran medida. Mientras, Javi, por dentro, guarda un corazón de oro para los suyos, para una triatleta alemana muy especial y para una espina clavada: los Juegos Olímpicos.

 

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