La Opinión a Coruña

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Dos gallegos ante la muerte

Textos: Salvador Rodríguez / J.A. Otero Ricart

Ramón Sampedro
Ni caliente ni demasiado frío
Ramón Sampedro. / LA OPINIÓN.

De Ramón Sampedro puede decirse que murió dos veces. La primera en 1968 cuando se fracturó una vértebra al darse un baño; la segunda, en 1998, cuando la noticia saltó a las primeras páginas acompañada de la expresión suicidio asistido.


Hay películas que no deben hacerse, que son un gasto de dinero y de talento absurdo; y otras que no solamente deben hacerse, sino que es muy importante que se hagan. Mar adentro es una de ellas”. De esta manera se expresaba Javier Bardem antes incluso de que el filme dirigido por Alejandro Amenábar obtuviese aquella ristra de galardones que culminaron con el Oscar a la Mejor Película en Lengua No Inglesa de 2004. Sobradamente conocida es la capacidad del cine como medio de comunicación de masas, al punto de que de numerosos acontecimientos históricos el ciudadano medio está más informado por las películas que ha visto que por lo que ha leído o le han contado: ¿Seríamos capaces de imaginarnos la conquista del Far West o la Segunda Guerra Mundial sin la ayuda de John Ford y John Wayne?
Ramón Sampedro se había erigido ya en un símbolo en vida, él lo sabía, aunque seguramente jamás llegó a imaginar que su caso se pasearía por la alfombra roja de los egregios de Hollywood y que, por lo tanto, su paradigmática historia se habría de convertir en universal.

Mar adentro, mar adentro,
y en la ingravidez del fondo
donde se cumplen los sueños
se juntan dos voluntades
para cumplir un deseo

Siempre que se le preguntaba, Ramón Sampedro respondía que se había hecho marinero “porque era la mejor forma de hacer turismo gratis”; también apelaba al espíritu de aventura, al ansia por conocer mundo... Mas todos quienes le conocieron apuntan que uno de los rasgos más distintivos de su carácter era el sentido del humor y, dentro de él, su más genuina variante gallega, la retranca, arte dialéctica mediante la cual uno expone de manera oral o escrita exactamente la teoría contraria de la que en realidad piensa. Porto do Son es una villa marinera que huele a escamas de pescado fresco y que, situada entre las rías de Noia y Muros, anuncia la cercanía de A Costa da Morte. En Porto do Son no había muchas salidas para un joven de veintipocos años o, mejor dicho, sólo había una salida: el mar. Y Ramón aún fue de los que tuvo suerte porque, en lugar de embarcarse en un buque de pesca y desafiar las aguas bravas del Gran Sol, consiguió plaza en un mercante de Holanda con el que navegó por los mares del mundo; el trabajo en un mercante es duro, pero no tanto como en un pesquero, y además los oleajes se notan menos.
El destino ordenó, no obstante, que la primera muerte de Ramón Sampedro Cameán no tuviese como marco ambiental los mares lejanos, sino las aguas cercanas de un día de verano en la Galicia litoral. Aquel 23 de agosto de 1968 debía hacer calor, y Ramón decidió darse un chapuzón; se lanzó de cabeza sin sospechar que abajo, en el fondo, le aguardaba la vieja señora de la guadaña para entregarle un aviso.
Los médicos de los hospitales de A Coruña y Santiago que le trataron en aquellos primeros meses le advirtieron de que la fractura era incurable e incluso le pronosticaron que no viviría más allá de tres o cuatro años.

Un beso enciende la vida
con un relámpago y un trueno
y en una metamorfosis
mi cuerpo no es ya mi cuerpo;
es como penetrar al centro del universo

Ramona Maneiro sale del cuartel de la Guardia Civil de Boiro tras declarar ante el juez (23 de enero de 1998). / Xoán Álvarez.

Se ignora en qué preciso momento Ramón decidió morirse por segunda vez. Cuando, a principios de marzo de 1994 concedía una entrevista, el tetrapléjico más famoso de Galicia bromeaba ya con la actitud de los jueces que le impedían legalmente acabar con su vida señalando que “intentan quitarse el muerto de encima” y explicaba su resolución así: “Lo mío no es un suicidio: es un derecho a la libertad. Yo reclamo el derecho personal a intentar lo que intento como persona consciente” y añadía: “La familia trata de no perderme, pero sobrevivir así no es digno. Uno es mayor de edad y debe pronunciarse como ser racional y libre”.
Y es que a esas alturas, y esto conviene resaltarlo, la libertad, que no la muerte, se había convertido en una obsesión para aquel marinero, en tierra a su pesar: “El mundo vale la pena —afirmaba— y ser libre es maravilloso, lo dramático es vivir sin libertad”.
Desde comienzos de la década de los 90 Ramón Sampedro dio la batalla en todos los frentes apoyado por la por aquel entonces incipiente asociación Derecho a Morir Dignamente que, fundada en Barcelona, muy pronto creció en Galicia gracias a las numerosas personas que se acercaron a Ramón porque, digámoslo claro, a fin de cuentas pensaban lo mismo que él, esto es, compartían su modo de enfrentarse a la muerte... y a la vida.

El abrazo más pueril
y el más puro de los besos,
hasta vernos reducidos
en un único deseo

Tu mirada y mi mirada
como un eco repitiendo, sin palabras:
más adentro, más adentro
hasta el más allá del todo
por la sangre y por los huesos

Una de esas personas era Ramona Maneiro, en cuyo domicilio de Boiro fue encontrado el cuerpo muerto por segunda vez de Ramón Sampedro. Desde el primer murmullo se sospechó que Ramona, su más fiel compañera, había sido quien le suministrara el cianuro, quien había cumplido el papel que la Justicia y los políticos le habían negado al marinero en tierra pero, tras una primera detención en la que se le imputó un delito de “cooperación necesaria al suicidio”, sobre el caso descendió lentamente un oportuno telón que no se volvió a levantar hasta que, seis años después, y coincidiendo con el éxito de la película de Alejandro Amenábar, Maneiro comparecía en Telecinco, El programa de Ana Rosa, para narrar con pelos y señales las últimas horas de la segunda vida de Ramón Sampedro Cameán y para “acabar de una vez por todas con las especulaciones”. Confesaba Ramona Maneiro que “a lo mejor, no fue la muerte ideal de la que él hablaba tanto” y que ella misma no pudo presenciar los últimos momentos de vida de Sampedro porque optó por abandonar la habitación: “Yo estaba tras la cámara, y hasta que me miraba y nos mirábamos estuve allí —relataba—. Pero cuando cerró los ojos y dejó de mirarme, esperé un ratito y me fui al cuarto de baño porque ya no podía soportarlo. Nos habían dicho que se quedaría dormido y se moriría, durmiendo, pero no sucedió así exactamente”.

Javier Bardem y Amenábar, en el rodaje de ‘Mar adentro’. / la opinión

Pero me despierto siempre
y siempre quiero estar muerto
para seguir con mi boca
enredada en tus cabellos *

A los pocos días de la segunda muerte de Ramón Sampedro, la asociación Derecho a Morir Dignamente hacía público el vídeo de su agonía, así como el testamento que dejó definitivamente escrito hacía tan sólo unas semanas antes y del que extraemos el siguiente contenido:
“Srs Jueces, Autoridades Políticas y Religiosas:
Después de las imágenes que acaban de ver; a una persona cuidando un cuerpo atrofiado y deformado —el mío— yo les pregunto: ¿qué significa para Vds la dignidad?
Sea cual sea la respuesta de vuestras conciencias, para mí la dignidad no es esto. ¡Esto no es vivir dignamente!
Yo, igual que algunos jueces, y la mayoría de las personas que aman la vida y la libertad, pienso que vivir es un derecho, no una obligación. Sin embargo he sido obligado a soportar esta penosa situación durante 29 años, cuatro meses y algunos días.
¡Me niego a continuar haciéndolo más tiempo!
Srs Jueces, Autoridades Políticas y Religiosas:
No es que mi conciencia se halle atrapada en la deformidad de mi cuerpo atrofiado e insensible, sino en la deformidad, atrofia e insensibilidad de vuestras conciencias”.

*(Poema ‘Mar adentro’ original de Ramón Sampedro Cameán).

 

 

 

Ernesto Chao, actor
“Yo ya era un seguidor de Ramón”

 


Carlos Cristos
El hombre que bailaba con la vida

Carlos Cristos con su mujer, sus padres y otros familiares durante su estancia en Vigo. / J. de Arcos.

El pasado 26 de abril fallecía en Mallorca el médico gallego Carlos Cristos a causa de una enfermedad neurodegenerativa. Días antes, TVE emitía un documental sobre la evolución de su enfermedad que recoge sus reflexiones sobre el tramo final de la vida.


Acostumbrado a tratar el sufrimiento de sus pacientes, al médico vigués Carlos Cristos le detectaron en el año 2001 una rara enfermedad degenerativa: atrofia sistémica múltiple. Todo lo que hasta entonces conocía de forma teórica sobre las enfermedades terminales se le presentaba de golpe como algo tremendamente próximo. “Cuando te pasa algo así —nos decía hace un año— lo entiendes con la cabeza pero no con el corazón. Un poco más tarde supe que no me habían cambiado de camino y me estaban dando la oportunidad de usar mi caso para que se hablara del fallecimiento y otras cosas próximas que había visto multitud de veces en mis pacientes, mientras les acompañaba por el camino que ahora me toca recorrer a mí”. Un camino que concluyó el pasado 26 de abril, cuando falleció en su casa de Mallorca, donde vivía con su mujer Carmen Font —también médico— y su hija Carmela. Tenía 51 años.
Carlos Cristos estaba convencido de que su enfermedad tenía un sentido: ayudar con su ejemplo a otras muchas personas a afrontar las limitaciones físicas, el sufrimiento y la muerte. Para ello, nada mejor que recoger en un documental la evolución de su enfermedad y sus reflexiones sobre todo lo que acompaña a un ser humano cuando es consciente de que se aproxima su final. Habló con su amigo Toni Canet, director de cine, y le propuso la idea. Así surgió Las alas de la vida, una película que se rodó durante tres años —entre 2003 y 2006— y que tras su estreno el pasado año sigue sorprendiendo a críticos y espectadores. Avalada por el premio al mejor documental en el Festival de Cine de Valladolid, la película es un canto a la vida, “toda una lección de humanidad, de amor y de cariño; sin ningún tipo de ñoñerías”, en palabras del director. Tanto es así que el Ministerio de Educación francés la ha recomendado entre el material didáctico para el próximo curso escolar.

Con su hermano José durante el rodaje de ‘Las alas de la vida’.

Hijo del médico vigués Carlos Cristos de la Fuente y de Olvido González, Carlos vivió una infancia feliz junto a sus hermanos José y Fran, con los que en su adolescencia compartió la afición por el deporte de la vela. Así nos relataba el propio Carlos algunos recuerdos de su infancia en Vigo: “Los recuerdos que surgen a borbotones son los de cualquier niño que lo fue a finales de los 50 y principios de los 60. Pero recuerdo con especial cariño ciertas cosas que luego supe que fueron relevantes, como la primera lección de aritmética en el Colegio Alemán, situado en la calle General Aranda (hoy Pi i Margall); nos metieron a toda la clase (imagínate un montón de niños de unos 6 años cogiditos de la mano) en el tranvía de Samil, para recoger piedrecitas en la desembocadura del Lagares, en O Vao, para hacer las cuentas. También recuerdo que me iba con mi amigo J a explorar plano en mano una serie de calles, hoy hacia el centro, pero que entonces alguna aún no había sido construida. Alguien escribió Avenida Beatriz en lo que actualmente es la avenida de las Camelias, y aquello tuvo enorme éxito”.
Tras estudiar con los jesuitas en el Colegio Apóstol —sus padres conservan algunas fotos de esa época haciendo volar un avión de aeromodelismo—, Carlos Cristos estudió Medicina en Santiago de Compostela, donde conoció a la que hoy es su mujer, Carmen Font. Finalizada la carrera en 1979, realizó el MIR en el Hospital Xeral de Vigo —especializándose en medicina familiar— y obtuvo plaza en Mallorca.
Durante su etapa de estudiante en Santiago formó un grupo de gaitas —O Buxo— y escribió críticas musicales en El Correo Gallego. “En esos años de Universidad —refiere su padre— construyó junto con otro amigo los instrumentos musicales que aparecen en el Pórtico de la Gloria de la catedral, y se convirtió en todo un experto en ocarinas”.
Carlos formó parte durante varios años del grupo musical de Pilocha: “Foi entre os anos 1977 e 1980. Coñecino en Santiago, na época universitaria, cando estaba nun grupo de gaitas”, comenta la cantante. “Carlitos tocaba a guitarra, a gaita, a ocarina, facía percusión… non se conformaba con tocar un instrumento”. La madre de Carlos recuerda un concierto en Castrelos, donde actuaba también Zeca Afonso, en el que su hijo sacaba insospechados sonidos a un papel de lija, algo que después incorporó el cantautor portugués. “Si, Carlitos sempre foi así, moi creativo, moi inquieto en toda a súa vida”, corrobora Pilocha.

Carlos hace volar un avión en su época escolar en los Jesuitas.

Una de las melodías que compuso Carlos es el tema central de la banda sonora de Las alas de la vida . Y la música es también una metáfora de la vida en la frase del médico vigués que resume la película: “Mientras haya música seguiremos bailando, y a ser posible con una sonrisa”.
Y es que Carlos siempre supo bailar con la vida... y con una intensidad realmente llamativa. Además de médico de familia fue un gran deportista —vela, ala delta...—; disfrutó con la música y trabajó en la recuperación de instrumentos tradicionales; viajó a Ruanda como cooperante; dirigió un programa de divulgación sanitaria en Radio Nacional; investigó su propia enfermedad; inventó diversos artilugios para ayudar a otros pacientes...
Todas esas facetas se reflejan en Las alas de la vida, donde familiares y amigos acompañan a Carlos en sus recuerdos personales. Y junto con la vida, la cercanía de la muerte, a la que el médico vigués hacía frente con una entereza admirable. Surgen así todas las cuestiones relacionadas con el tramo final de la vida: la asistencia médica, el tratamiento del dolor, el testamento vital, la importancia del entorno familiar...
Su planteamiento ante la muerte era el de no provocarla, pero sin prolongarla de manera artificial. Así lo hizo constar en su testamento vital, como se refleja en Las alas de la vida en una de las secuencias más emocionantes de la película. “Hay un momento en que Carmen Santos lee el testamento vital de Carlos, uno de los primeros que se hacían en España —refiere Toni Canet—. Carlos pide que no le provoquen la muerte, pero exige que no la impidan con medios extraordinarios… En esos momentos se emocionó mucho; le pregunté ‘¿Quieres que paremos?’. Me dijo que no, que siguiéramos, que no le importaba que le viésemos así porque, dijo, ‘mostrarnos débiles no es ninguna debilidad’. Y añadió que ‘si hay un dolor diez, hay una medicina diez; si hay un dolor cien, hay una medicina cien; y si hay un dolor mil, hay una medicina mil”.
Lo que espera al ser humano después de la muerte queda también esbozado en el documental en las dudas de Carlos —que sin embargo deja traslucir la esperanza de lo que encontrará “al otro lado del túnel”—o en el planteamiento de fe de su madre.
No se trata de una película de alguien que desea morir, sino de alguien que lucha por vivir y reconoce que la muerte es una etapa más de esa vida; de alguien que aprendió a bailar con la vida, porque “mientras haya música seguiremos bailando... y a ser posible con una sonrisa”.

 

Toni Canet, director de 'Las alas de la vida'
“Tras verla se sienten mejor personas”