La Opinión a Coruña

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El explorador de la recóndita Alaska

Texto: Santiago Romero

La exploración de Alaska en el XVIII fue la última gran epopeya de la marina española. Mourelle de la Rúa fue un descubridor ilustrado que no iba con la cruz por delante. Pese a sus hazañas —descubrió también islas en el Pacífico sur— tardó en alcanzar el rango de capitán de fragata por su origen humilde
Retrato del navegante coruñés Francisco Mourelle de la Rúa.

El petróleo del mundo antiguo eran las especias, preciosas mercancías llegadas del lejano oriente que marcaban la pauta de la riqueza. Por buscar una ruta para acceder a ese Eldorado se tropezó Colón con América. Pero la búsqueda y el control de nuevas rutas que asegurasen ese flujo al Viejo Mundo siguió siendo durante siglos la obsesión de los grandes navegantes. Y en esa colosal pugna por el dominio de los mares escribió A Coruña páginas gloriosas que lamentablemente pocos recuerdan.
Era una época de titanes, en la que una sola vida daba para proezas propias de varias generaciones. Es el caso del marino vasco Andrés de Urdaneta, que el 24 de julio de 1525 —hace ahora casi quinientos años— zarpó del puerto coruñés en una expedición de siete naves enviada por Carlos V con destino a las Molucas, islas ricas en clavo, canela y nuez moscada, que se disputaban los entonces poderosos imperios ultramarinos de España y Portugal. Urdaneta era apenas un aprendiz de 17 años, pero murieron tantos marineros tras el enfrentamiento con los lusos durante el viaje que acabó segundo de a bordo.
Más sobresaliente aún fue la epopeya del cormelano Francisco Mourelle de la Rúa, el marino que siguiendo también la estela de las especias se internó en los tenebrosos mares helados y fue el primero en explorar la remota tierra de Alaska, hazaña que los anglosajones acostumbran a atribuir al gran James Cook, que ciertamente fue de los primeros en llegar allí, pero después de Mourelle y gracias a los mapas elaboradas por el descubridor coruñés.
Navegante comparable a los más grandes, Colón, Magallanes o Cook —que fue su gran rival—, Mourelle cumple ahora 250 años, pero su enorme figura —achicada ya en vida por su modesta procedencia familiar de pescadores de Corme— permanece en el olvido.
El escritor y periodista gallego Pemón Bouzas ha rescatado su memoria en la novela Las luces del norte (Styria), en la que recrea la “última gran epopeya” de la marina española: la exploración de Alaska durante el siglo XVIII, por la cual España se adelantó a la intervención del legendario explorador británico James Cook. Bouzas, un enamorado de este estado norteamericano, explica que precisamente Cook emprendió su viaje a Alaska a raíz de la lectura de un diario del segundo de abordo de la expedición, Mourelle de la Rúa, que se publicó de forma clandestina en Inglaterra.
También fue a partir de la lectura de estos apuntes que Bouzas comenzó a investigar sobre la presencia española en Alaska en 1995 y descubrió que el propósito que guiaba a estos marinos era hallar el mítico Paso del Noroeste, un supuesto canal que unía el Océano Pacífico y el Atlántico, “clave” para controlar el comercio de “algo más valioso que el oro”: las especias, clavo, canela y tés, que se consideraban “altamente afrodisíacos”.
Además, España, con su imperio en pleno declive, “no podía permitir que otros países encontraran ese paso”, ya que en él residía su “última oportunidad para volver a ser una gran potencia”, indica el escritor.
Este Paso del Noroeste es fundamental en la trama de la novela, en la que el periodista hilvana la investigación de una profesora de lenguas románicas de la Universidad de Alaska sobre la influencia española en el descubrimiento de la costa noroeste de América con misterios y piratas, robos y secuestros en torno al enigma de un tesoro español del siglo XVIII perseguido por los corsarios.
Descubrimientos atribuidos a Cook, alguno de ellos realizado en realidad por Francisco Mourelle.

Según aclara Bouzas, la expedición española que partió a Alaska estaba formada por hombres “ilustrados” con conocimientos de botánica, antropología, humanidades y dibujo, en definitiva, una tripulación “formada que no iba con la cruz por delante”.
“Los españoles fueron a Alaska buscando el aprendizaje y el intercambio, no a adoctrinarlos ni a explotarlos, por ello anotaron todo lo relativo a la forma de vida de los nativos, a los que llamaban aborígenes o primeras naciones, su vocabulario, sus costumbres de caza, pesca, matrimonio y relaciones”, señala Pemón Bouzas.
Tanto es así que en la actualidad los movimientos americanistas recurren a los diarios de Mourelle en los tribunales para intentar que los nativos de Alaska recuperen sus derecho de caza y pesca, así como su folklore, cultura y patrimonio artesanal ante la amenaza de convertir esta zona en un surtidor petrolífero.
El autor sostiene que la leyenda negra de explotación y violación de los derechos de los aborígenes corresponde realmente a los ingleses que “exterminaron a la población”. De hecho, asegura, en diez años “desaparecieron más del 50 por ciento de los indígenas”. “Los españoles intercambiaron objetos como conchas de nácar o cuentas de vidrio, de valor para los nativos, por arpones, lanzas o máscaras, es decir, hubo un comercio, nunca los esquilmaron”, insiste.
Fue la “mala gestión de la Corona” la que obligó a los españoles a abandonar Alaska. “Por culpa de un incidente que pudo provocar una guerra entre España e Inglaterra, nuestro país tuvo que entregar su base militar a los ingleses por el Tratado de Nutka, y, a partir de ese momento, comenzó la degradación del pueblo aborigen”, afirma.
Bouzas recuerda que aún ahora se puede rastrear la presencia española en la costa oeste de Norteamérica en los más de 1.100 bahías, puertos o ciudades con nomenclatura española, como Valdés, Córdoba, o San Jacinto. Al hilo, lamenta el desconocimiento que existe acerca de lo que llama la “época dorada” de la marina española a partir de 1740, en la que se contaba con marinos “de cuidada formación” que eran destinados como espías en diferentes puntos de Europa como Moscú, Londres, París o Amsterdam, donde se estaban desarrollando las nuevas grandes potencias náuticas.
Desde joven, Mourelle de la Rúa sintió la llamada del mar pero la exigua fortuna paterna —era hijo de pescadores— no le permitió ingresar en la gaditana Real Compañía de Guardiamarinas y hubo de conformarse con ingresar en la Academia de Pilotos del Ferrol en 1763.
Mourelle y su rival Cook. Escudo concedido a Mourelle por sus méritos.

En 1766 obtiene su título de piloto. Su expediente dice de él: “domina la construcción y uso del cuadrante de reducción, demostró un punto de diversos bordos de abatimiento, variación y corrientes, la trigonometría plana, con sus respectivas demostraciones, esfera terráquea y un problema curioso”.
En 1772 sale para la isla Trinidad como segundo piloto de la corbeta Dolores. En enero de 1775 es nombrado primer piloto del puerto de San Blas en México, punto de partida para los reconocimientos hidrográficos españoles en Alta California.
La expedición de Mourelle fueron los primeros blancos que vieron los umiaks.

Allí conoce a Juan Francisco Bodega con quien hará un excelente binomio, con quien navega a partir de 1775 explorando la costa de California y tomando posesión del puerto de la Trinidad, la rada de Bucarelli y el puerto de los Remedios entre otros puntos. En 1779 embarca en la fragata Favorita como segundo oficial. El mando lo ejerce Bodega.
Su misión es llegar a la máxima altura posible de las costas de Alaska. Por ellas llegaron al monte de San Elías, de 5.500 metros, el segundo más alto de Estados Unidos, llegando a alcanzar más tarde la latitud de 60º 13’ en la isla que ellos bautizan como Puerto de Santiago tras tomar posesión de ella para la Corona. Aquí recibe la visita de los umiaks, de raza esquimal.
Aunque su intención era llegar hasta Siberia, violentas tempestades se lo impidieron obligándoles a regresar, siendo destinado a Manila posteriormente. En septiembre de 1780 el gobernador de Filipinas José Basco y Vargas le confió el mando de la fragata Princesa y le ordena llevar ciertos documentos importantes para el virrey de México.
Durante este viaje atravesará el océano Pacífico descubriendo numerosas islas en la zona de las islas Salomón como la Isla Ermitaño, cuyo nombre perdura y otras islas que él llamó San Francisco, San José y San Antonio pero que hoy se llaman Simberi, Mabua y Tabar.
Su descubrimiento más importante fue el del grupo de las Vavao en el archipiélago de Tonga. Allí tuvo ocasión de conocer a un numeroso grupo de isleños que veían por primera vez al hombre blanco.
El Tubou, especie de monarca de las islas, mantuvo gran amistad con Mourelle, llegando a ofrecerle a su hija que nuestro marino rechazó cortésmente y les permitió provisionarse de agua y de fruta. Los españoles estuvieron un mes en este paradisíaco lugar, sin ningún incidente con los indígenas. Sus descripciones de este pueblo nos hacen recordar invariablemente la famosa película de Marlon Brando sobre el motín de la Bounty.
Según el historiador estadounidense Donald C. Cutter “las relaciones y mapas relativos a esta expedición colocan a Mourelle de la Rúa a la misma altura que los capitanes Cook, Bougainville, Malaspina y La Pérouse en las exploraciones del Pacífico.” Resulta increíble que hasta casi los 50 años, tras una memorable batalla naval contra los ingleses, no accediera al grado de capitán de fragata, a pesar de sus grandes servicios oceanográficos y de la confianza depositada en él por varios virreyes. Y todo por su origen humilde.

El paraíso descubierto por Mourelle

El Reino de Tonga es un pequeño país ubicado al este de Australia y al noreste de Nueva Zelanda, al sur del Océano Pacífico. Las islas Tonga fueron colonizadas por seres humanos hacia el siglo XIII a.C., tras la gran expansión en la que los pueblos del sureste asiático emigraron a través del Océano Pacífico hacia el este y a través del Océano Índico hasta Madagascar y África oriental hacia el oeste.
Estos polinesios trajeron consigo perros, cerdos, pollos, cerámica, agricultura (en especial cultivo de raíces) y, obviamente, barcos. Se expandieron con rapidez por el conjunto de las islas Tonga. Según la creencia popular, el reino de Tonga sería, de entre las islas de la Polinesia, el primer grupo ocupado por el hombre en la Prehistoria. Más recientemente, aunque siempre antes de la llegada de los europeos, las islas tenían una densidad de población que oscilaba entre los sesenta y los setenta y cinco habitantes por kilómetro cuadrado.
En Tonga se pueden encontrar los restos arqueológicos más antiguos de la Polinesia. Siglos antes de que llegaran los europeos, los tonganos edificaron enormes monumentos. Los más importantes son el Ha’amonga (o Trilithon) y los Langi (sepulcros en terrazas). El Ha’amonga tiene cinco metros de altura y consta de tres piedras calizas, cada una de las cuales pesa más de 40 toneladas. Los Langi son pirámides bajas y muy lisas, con dos o tres niveles, que marcan las sepulturas de los reyes primitivos.
A principios del siglo X se establece una monarquía en Tongatapu, de la que el actual rey se dice heredero. En el siglo XIII, su poder llegaba incluso hasta las islas Hawai.
En el siglo XVIII, Tonga había unificado todas las tribus y había creado un imperio marítimo que incluía las regiones conquistadas de Fiji. Por aquella época, el Imperio de Tonga contaba con una población de unos 40.000 habitantes.
El coruñés Francisco Mourelle, desviado de la ruta tradicional del galeón de Manila a Acapulco, llegó a estas islas en 1781, muy necesitado de avituallamientos y reparaciones. En la primera isla no encontró refugio y la llamó Amargura. En cambio, descubrió un excelente puerto en Vava’u, que aún hoy en día se llama Port of Refuge. Llamó al archipiélago Islas de Mayorga, en honor del virrey de Nueva España, Martín de Mayorga, natural de Barcelona. Al grupo Ha’apai lo llamó Islas Gálvez en honor a José de Gálvez, ministro de las Indias. Gracias a sus informes la expedición científica de Bustamante y Malaspina se detuvo en estas islas.