La Opinión a Coruña

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“El poder atrae, y más el casi teatral de un rey”

Texto: J. Morán

El ex jefe de la Casa del Rey revive a sus 90 años para LA OPINIóN los episodios de su vida, desde la Guerra Civil hasta el presente
Sabino Fernández Campo, jefe de la Casa del Rey de 1977 a 1993, en su domicilio.. / Jorge Peteiro

Como señala alguno de sus biógrafos, en 2008 Sabino Fernández Campo ha alcanzado los 90 años. Pero también el rey Juan Carlos I ha cumplido los 70 y el príncipe Felipe, los 40. Desde esa atalaya de las nueve décadas de vida, el que fuera secretario y jefe de la Casa del Rey (1977-1993), contempla ya toda la historia contemporánea de España. Es testigo directo de los principales episodios del pasado de este país y ha accedido a rememorarlos para LA OPINIÓN desde una serena reflexión.

-La transición que se pierde y una baja en la Hermandad de Alfereces Provisionales. La transición fue un ejemplo de cómo cada uno supo reaccionar, y renunciar a parte de lo que propugnaba a favor del acuerdo. Hace unos pocos años, me sucedió algo que sentí muchísimo. Yo estaba orgulloso de haber sido alférez provisional durante la guerra, y he pertenecido a la Hermandad de Antiguos Alféreces Provisionales. Eso no impidió que durante la transición tuviera mucha relación con Santiago Carrillo, no por coincidencia de ideas, sino porque se me había encargado hablar con él, traerle a esa unidad que entonces se pretendía y se logró. Él se portó muy bien, y con él mantuve una amistad prescindiendo de que yo no coincida ni con sus ideas, ni con las cosas que le achacan y que siguen siempre flotando. El caso es que hace unos años hubo una cena homenaje cuando cumplió noventa años, a la que yo asistí, al igual que él lo hizo después con motivo del homenaje del que yo fui objeto. A la cena de Carrillo acudieron muchísimos representantes de sectores políticos; incluso el rey Juan Carlos mandó al jefe de su Casa, Alberto Aza, con un mensaje para Carrillo de agradecimiento, de reconocimiento y de felicitación. Coincidió con que en aquel momento retiraron la estatua de Franco de Nuevos Ministerios. Eso no lo sabíamos los que íbamos a cenar con Carrillo. Total, que al día siguiente mismo recibí una comunicación del presidente de la Hermandad de Alféreces Provisionales en la que me decía que la junta de gobierno había decidido que en el plazo de 24 horas justificara no haber asistido a la cena de Carrillo. Claro, si me pedían justificar lo contrario una vez que yo había asistido, es que sabían que había asistido. ¿Cómo entonces iba a justificar nada? Causé baja inmediatamente, y lo sentí muchísimo, pero es un síntoma de cómo ese sentimiento de concordia de la transición no funciona en todas las mentes.Y es desagradable.

-Un joven de 16 años a cada lado del octubre de 1934. La revolución de 1934, me cogió en una zona dominada por los revolucionarios. Vi pasar los cañones de Trubia y desde cerca de mi casa se produjeron parte de los bombardeos. Vi los impactos en la catedral de Oviedo, espantosos. Pero tuve una impresión mayor cuando me di cuenta de que dos personas que habían estado juntas en el mismo pupitre de la academia Ojanguren, un chico que se llamaba Silverio y yo, estaban en aquel momento profundamente separadas. Uno de los que vi pasar delante de mi casa empujando los cañones era Silverio. Fue el símbolo de un país en el que un motivo político y tan trágico dividía a las personas y dividía España. Fue penosa la Revolución, y un anticipo de lo que iba a pasar. Después llegó el Ejército, con el general López Ochoa. Había sido dura la Revolución, sobre todo contra los puestos de la Guardia Civil, y, después, la represión, también lo fue. De un extremo nos fuimos al otro. No sé lo que habrá sido de Silverio.

-Una escala coruñesa. Tras la liberación de Oviedo, en la Guerra Civil, tuve un par de días de permiso y fui con mis padres a La Coruña, a respirar. Nos repusimos un poco. Mi padre estaba movilizado también. Yo era hijo único y recuerdo como anécdota que estuve en una posición en un cementerio. Hubo un ataque fuerte y alguien le dijo a mi madre que me habían herido. Entonces mi madre se fue andando hasta la posición. Tuvo que ir parte del camino arrodillada, protegida por el borde de la carretera.Yo me puse como una fiera cuando llegó, porque parecía que aquello era que la mamá iba a ver al niño Y, además, yo no estaba herido.

-El chocolate compartido con el enemigo. Tras romperse el cerco de Oviedo, estuve en una posición, como soldado, en la parte de Tuña (Tineo), donde nació el general Riego. Era un monte muy alto; enfrente, otro monte igual de alto y un valle pequeñito en medio, en el que había quedado una familia de campesinos con vacas entre dos fuegos. Pero entonces nos pusimos de acuerdo los de la posición de enfrente y nosotros. Como nos daban para desayunar una onza de chocolate, un día bajábamos nosotros y al día siguiente, ellos, para que con la leche de aquellas vacas los campesinos nos hicieran chocolate. Era similar a lo que muchos años después contaría la película La vaquilla. Ellos eran el enemigo, pero aquello fue una muestra de cómo, incluso en una guerra, pueden entenderse las dos partes. Fue representativo de cómo en la retaguardia las cosas iban peor, eran más duras y más violentas que en el propio frente.

-La represión. Sí hay represión durante la posguerra. Hay una represión roja, que es anterior al final de la guerra. Había las checas, eso no lo dudemos. Había asesinatos de gentes de derechas, de curas... Todo eso se produjo, vamos a reconocerlo y a olvidarlo si es posible. Pero yo entiendo que, en cambio, las fuerzas nacionales fueron más enérgicas en ese sentido de la represión después de finalizada la guerra, es decir, aquellos consejos de guerra. Hubo también asesinatos: una guerra civil es lo peor que puede haber porque las personas se conocen.

Sabino Fernández Campo durante la entrevista. / J. Peteiro

-Abogado defensor en consejos de guerra. Yo era teniente al acabar la guerra, y me nombraron defensor con frecuencia de personas que iban a ser juzgadas. Los consejos de guerra fueron una exageración porque, además, se juzgaba a los contrarios por auxilio a la rebelión, cuando, en realidad, la rebelión la había emprendido el Ejército nacional. Para mí fue muy penoso defender a personas que no logré que se salvaran. Aquello era ya más venganza que lucha.

-La muerte del hijo de Clarín. Aquellos consejos de guerra me recuerdan otro que presencié directamente. El consejo de guerra de 1937, en plena Guerra Civil, contra Leopoldo Alas, el rector de la Universidad de Oviedo.Yo había sido alumno suyo, de Derecho Civil. Era una gran persona, pero había participado en un mitin de izquierda y en aquellos momentos, con Oviedo sitiado, fue cuando le condenaron. Se dio la circunstancia de que, mientras se celebraba el consejo de guerra, cayó una bomba de la aviación roja sobre una cola de mujeres que recogían agua en la fuente de Foncalada. Murieron varias y eso influyó en endurecer el proceso. Estuve entre el público, observando a quien había admirado mucho. Lo fusilaron en un grupo y a él no le dieron. Hubo una nueva descarga en la cárcel Modelo. Son recuerdos terribles.

-Un franquismo no exacerbado. En aquella época, evidentemente, yo estaba del lado de Franco. Pero no exacerbadamente, y sin coincidir con todas las actuaciones. Me parecía que, finalizada la guerra, era momento de algo distinto. Me desilusionó un poco que no hubiera sido un momento de perdón, de unión, un momento de volver a que España fuera una. Y aquellos consejos de guerra, con personas ya vencidas, me parecía muy duro, especialmente por lo que ya he dicho: se aplicaba un código que era el que había que haber aplicado a los que se sublevaron, que realmente era Franco.

-La adoración hacia el generalisimo. En la secretaría del Ministro coincidí con un hijo del general Vigón, íntimo amigo, y con Alfonso Armada y José Juste. Precisamente Armada, Juste y yo mantendríamos años después las conversaciones telefónicas de la noche del 23-F. Fui testigo de la subordinación, de la admiración y casi adoración que los ministros sentían por Franco. Recuerdo una anécdota. A la vez que secretario del ministro, era también secretario de la Empresa Santa Bárbara. En la fábrica de Oviedo le hicieron un fusil especial a Franco, esmeradísimo, con una culata de caoba y su distintivo de generalísimo en plata. Le llevamos aquel rifle al Pardo. Iba yo con el presidente de Santa Bárbara, el general López Valencia, y con el director general, Manuel Alfaro. Franco miró el arma y no dijo nada. Era una situación un poco violenta. Cuando uno está con una persona que no habla, a veces dice lo que no quiere. Creo que fue el general López Valencia el que dijo: “Sabiendo que era para vuestra excelencia, los obreros se volcaron en este arma”. Franco seguía sin hablar, pero, de repente, preguntó en voz muy baja: “Aparte de ese entusiasmo, ¿cómo están los obreros”. Respuesta: “Encantados, no hay ninguna reclamación, están satisfechos…, claro que les pagamos un poco más de lo que les corresponde”. Ahí se desató la tormenta. Aquel hombre que había estado tan callado, se disparó con una voz muy aguda: “¿Cómo? ¿Dice usted, general, que les pagan más? De manera que yo estoy presidiendo consejos de ministros donde se fija el salario, la peligrosidad, la nocturnidad, y se cuenta todo al céntimo, y me viene un general a decirme que les pagan más a los pobres obreritos, más de los que les corresponde… ¡de ninguna manera!”. Se armó el lío y nos quedamos asustadísimos; no sabíamos qué decir. Era el día de San Manuel, no se me olvida, y el general Jiménez Alfaro, Manuel de nombre, dijo “Hoy es mi santo, mi general”. “Pues felicidades”, dijo Franco muy enfadado. Cuando estábamos abajo, tomando los coches, hablamos de lo violento que había sido aquello.Alfaro, no obstante, dijo: “Pues para mí que estuvo muy amable, me felicitó y todo...

-La mirada de Franco. Cuando se ascendía a general había que presentarse a Franco. Me dijeron: “Deja que hable él primero”, y me presenté en el Pardo.Y no hablaba. Nos mirábamos y yo no sabía qué decir, hasta que, aunque me habían dicho que esperara a sus palabras, le dije: “Pues sí, he ascendido”. Y él replico; “Pues enhorabuena”. Se levantó, tomó un papel con las audiencias del día y con un lápiz rojo me tachó. Añadió: “Adiós, buenas”. La viveza de su mirada daba confianza, pero, claro, daba la confianza de que había que desconfiar.

-Sin familia del franquismo. Camisas viejas, camisas nuevas, tecnócratas, democristianos… Tenía idea de todas ellas, pero sin pertenecer a ninguna. Nunca me adherí de una manera definitiva, como tampoco lo he hecho con ningún partido político. No era complicado moverse entre las familias, especialmente si uno no tenía la ambición de permanecer en los puestos. Lo que le coarta mucho a una persona que tiene que cumplir un deber es tratar de cumplirlo halagando a los que tiene por encima. Ahora, si prescinde de eso, si tiene la fuerza suficiente para no abdicar de lo que siente y de lo que piensa, pues no.

-En la Casa del Rey. Fui destinado a la Casa del Rey sin saber exactamente por qué. Lo achaco al general Castañón de Mena, uno de los ministros del que fui secretario. Como él estaba un poco de intermediario entre Franco y el príncipe Juan Carlos, yo creo que fue él quien influyó para que fuera a la Casa, primero, de secretario general, sustituyendo precisamente al general Armada; y después jefe, cuando por edad pasó a ser honorífico el marqués de Mondéjar, que es una persona de la que tengo el mejor de los recuerdos.

-Unas memorias escritas que nunca se publicarán. De la Casa mantengo grandes recuerdos, y lo que también tengo son unas memorias escritas, que no saldrán nunca. Con los años se va perdiendo la memoria y el tenerlas escritas es muy agradable, porque de vez en cuando lo lee uno hasta con sorpresa. Puede que el destino de esas memorias sea destruirlas, pero ahora las tengo para recordar hechos y, sobre todo, nombres de personas. Tengo una tertulia de antiguos amigos y compañeros que nos reunimos en Madrid una vez a la semana, y si estamos reunidos tres horas, yo creo que dos horas y media las empleamos en recordar el nombre de algún amigo común que se nos ha olvidado. Los recuerdos de la Casa del Rey los tengo recogidos, aunque nada más que para eso. Pero, a veces, resucitan con hechos concretos. Yo estoy muy satisfecho de que el actual jefe de la Casa sea Alberto Aza. Soy muy amigo de él y lo he sido de sus padres.

Sabino Fernández Campo junto al rey Juan Carlos I.

-Un intimo amigo al otro lado del 23-F. Alfonso Armada y yo coincidimos en la secretaría de varios ministros. Fuimos íntimos amigos, compañeros estrechamente ligados, admirándonos mutuamente y ayudándonos. Había también relación estrecha entre nuestras familias. Luego, cuando llegó un momento en el que yo creo que se equivocó, lo lamenté muchísimo, muchísimo. Tuve mucha relación durante su desgracia con uno de sus hijos y traté de hacer por él todo lo que pude. Quizá no se sepa, pero insistí mucho para que le indultaran después de haber cumplido parte de la condena. Insistí y se me hizo caso, porque el ministro de entonces, Narcís Serra, se portó muy bien, al igual que su secretario, Luis Reverter. Fue muy penoso lo de Armada. No sé en qué sentido —tal vez en el religioso— tuvo una inspiración de que íbamos al desastre, de que había que salvar a España y a nuestra religión. En fin, se pasó de sentimiento patriótico quizá, y se equivocó. La relación que tuve aquel día 23 de febrero con él fue tensa, pero amistosa. No nos enfrentamos violentamente, sino que yo le decía que pensara lo que hacía. Lo lamenté mucho y perdimos aquella gran amistad directa, y aquella relación de ir a cenar uno a casa del otro, con las familias. Si le veo, nos saludamos, hablamos, pero para mí fue una desgracia que tomara esa posición.

-El golpe del 23-F pivota sobre dos conversaciones. No me percaté en el mismo momento de lo que suponía que Armada viniera a la Zarzuela la noche del 23-F. Lo descubrí después. En un primer momento, a mí me parecía innecesario que fuera a la Zarzuela esa noche. Él tenía un puesto importante en el Ejército. Era segundo jefe del Estado Mayor (el primero era el general Gabeiras) y su puesto en un momento de dificultad como aquél era estar en su despacho. Además, había una cuestión personal: si yo le había sustituido a él como secretario general de la Casa del Rey, era yo el que tenía que estar en Zarzuela, y que llegara en aquel momento otra persona sería motivo de confusión. Eso mismo le estaba pasando en aquel momento al general Juste, que mandaba la División Acorazada Brunete, pero se le presentó allí quien había sido jefe antes, el general Rojas, que ya estaba destinado en La Coruña. Ya nadie sabía en aquellos momentos quién estaba mandando en la Brunete. Entonces me llama Juste, despistado, a la Zarzuela. La famosa llamada. Momentos antes, Alfonso Armada había insistido en presentarse en Zarzuela y explicar cómo estaba la situación. Decía que no teníamos ni idea, pero yo me había opuesto y le había dicho que no hacía falta que viniera. Al hablar con Juste, me dice: “Bueno, en definitiva, ¿que está pasando? ¿Ya está ahí Alfonso?”. “No, no está”, respondí. “Pero estáis esperándole, ¿no?”. “No, tampoco; no está ni se le espera”, que fue la frase que se hizo famosa, pero que respondía sencillamente a una realidad: no le esperábamos porque le habíamos dicho que no viniera.

-Caer en la cuenta de la trama. Fue entonces cuando me di cuenta de todo. El ver juntas la insistencia de Armada en venir y la pregunta de Juste sobre si ya estaba allí, me hizo suponer que la presencia de Armada era significativa para algo. Entonces, fue cuando le dije al Rey: “La posición que estamos adoptando hasta ahora hay que mantenerla firmísimamente, porque tengo la impresión de que si se sabe que Armada está en Zarzuela parecerá que vuestra Majestad está metido en el lío y que está dirigiéndolo con Armada desde la Zarzuela”. Se tomó la determinación de que de ninguna manera apareciera por allí. No iba a aparecer de todas formas, porque no se iba a consentir. Pero lo que pasaba es que Alfonso Armada, que había estado tanto tiempo destinado en Zarzuela, entraba y salía, y muchas veces iba a hablar con el Rey. Sin embargo, hacía poco, pero ya antes del 23-F, se había dado una orden de que nadie entrara en Zarzuela, aunque fuera muy conocido, sin que lo supiera el jefe de la Casa o el secretario general. Fueron muy importantes los pasos de aquella noche, porque era una cosa convenida: a partir de tal hora, estará Armada en Zarzuela. Eso hubiera arrastrado a la contra los sucesos de aquel día.

-El poder casi teatral de la Corona. Fue importante que al reinstaurarse la monarquía en España, la Casa del Rey no contara con una corte. El poder siempre atrae, y más un poder del que casi diríamos que es teatral, como sucede con un rey, y que lo sería mucho más si tuviera corte. No creo que sean los tiempos actuales los que aconsejen eso u otras influencias.Yo he podido aconsejar en ese sentido, defendiendo mis ideas. Bastante caso se me hizo, pero cuando no se me hizo caso, se ha demostrado después que tenía razón.Y eso no es para mí una satisfacción, sino casi un pesar.

-Entre El Príncipe y su halago. Quizá las dos ideas reflejen lo que le puede pasar a uno en la vida. Es evidente que el materialismo y el sentido práctico de Maquiavelo tienen su importancia, pero si no tenemos utopías, la vida no ofrece un interés directo. Decía mi amigo Gonzalo Fernández de la Mora que la vida es un continuo perseguir de utopías. Si no tiene uno ilusiones y aspiraciones de cosas difíciles, la vida es monótona y sosa. Maquiavelo, que tenía un gran sentido práctico, comprendía una cosa fundamental que a mí me ha influido en la vida: que decir al superior, al que manda, o al que uno tiene por encima, lo que éste espera oír y le agrada es muy práctico, es algo que siempre tiene éxito. En cambio, la verdadera lealtad al aconsejar al aconsejado, que es decir en cada momento lo que uno piensa de verdad, y lo que uno siente, eso ofrece a veces peligros. Y hasta el punto de derribarle a uno del puesto que ocupa, porque al que está por encima siempre le gusta que le digan lo que le apetece que le digan, y que lo que hace está bien. Entonces, el que se atreve por lealtad, o por convencimiento, a decir lo que verdaderamente cree que le conviene a aquél a quien aconseja corre el riesgo de ser rechazado. En ese sentido, soy antimaquiavélico. Pudiera ser que en las cosas sin importancia se le diga a quien uno sirve que lo está haciendo muy bien o que es una gran figura. Pero en cosas serias, verdaderamente hay que decir la verdad, hay que decir lo que uno siente, aunque se equivoque y aunque ello lleve como consecuencia un disgusto, es decir, una falta de aprecio del aconsejado. Por otra parte, al tener en cuenta las ideas de Maquiavelo he procurado contar con un sentido claro de la realidad, precisamente para detectar ese sentido del halago al superior que antes decía. Hay un Maquiavelo egoísta, que incluso ofrece sus consejos para alcanzar fines para sí mismo. Él había sido rechazado por los Medici, y tenía que hacerles la pelota con un sentido muy práctico.

-El entendimiento en cuestiones fundamentales de Estado. Siempre tenemos utopías, a veces pequeñas. Depende de la altura de la persona; las utopías están en relación con su categoría y sus aspiraciones. He tenido siempre, y la tengo ahora más que nunca, la idea de que las grandes fuerzas políticas se entiendan en los asuntos fundamentales del Estado. Parece que nos olvidamos de la importancia que para todos y para el país tienen los problemas graves, y lo que buscamos es resaltar la forma en la que, a juicio del que opina, se equivoca el contrario. Esto es peligroso, es una confrontación continua, y no creo que sea ésa la buena política. Hay asuntos que exigen una unidad y una colaboración, sin perjuicio de que cada uno piense lo suyo en otros temas de menor trascendencia. En la España actual, sobre el terrorismo o sobre la cuestión económica deben buscarse puntos de confluencia para acabar con lo que va mal y con lo que nos perjudica. Pero ya digo que una utopía que creo importante es la de ver que los partidos, los dos grandes, por lo menos, que hoy tenemos en España, se pongan de acuerdo en cuestiones fundamentales. No cabe más que, como en la transición, renunciar a una parte de lo que cada uno propugne para que el otro renuncie también y llegar a un acuerdo. Para mí, eso fue la transición, que presencié bastante de cerca y vi cómo cada uno supo reaccionar.

-Volver sobre las huellas del pasado. La transición fue importante y bastante exitosa porque todos supieron, los partidos y las personas, renunciar a una parte de sus pensamientos, de sus deseos, de sus planes, para acomodarse a los de los demás. Así logramos una Constitución y así logramos salir de una situación difícil después de 40 años de un régimen muy especial y de una guerra civil anterior, que dejó huella. Todavía estamos viendo ahora que se trata de volver sobre esas huellas, cosa que a mí no me parece oportuna. Son sucesos que pasaron y quizá los olvidan más los que pasaron más cerca de esos hechos. A los hijos no se les ocurrió volver sobre ello; sin embargo, se les ocurre ahora a los nietos, cuando han pasado setenta años. En fin, las heridas deben cerrarse y comprendo que es muy de respetar el afán de las familias para saber dónde están sus familiares queridos, que murieron de una u otra forma, porque no todos murieron de un lado. Pero es preferible que las cosas se sedimenten y no volver a removerlas.

-La unidad de España. La definición de las autonomías sucedió en un momento en el que habría que volver a situarse para juzgar su oportunidad. Pero Adolfo Suárez, en aquel caso con el “café para todos” famoso, nos dejó abierto un camino que nos está preocupando ahora. Porque lo que fueron reconocimientos de autonomía en regiones que no tenían interés en ello, fue para igualar las aspiraciones de Cataluña y del País Vasco, extendiéndolas a todos. Estamos viendo que ello origina más problemas que ventajas, no sólo en gastos y en número de funcionarios, sino en discusiones que existen sobre presupuestos e inversiones por comunidades. Es el germen de un afán de independencia que evidentemente está ahí y que siempre es peligroso para la unidad de España. Toda nuestra historia contribuye a esta unidad que habíamos logrado como país.Y cuando, además, ahora, en el mundo de la globalización, se tiende a agrupaciones mayores, de naciones, de grandes regiones geográficas, que algunas regiones pequeñitas quieran ser autónomas y separarse es verdaderamente penoso, a mi modo de ver.

-Un tronco de ideas. Los tiempos cambian y las personas cambian, pero tiene que haber una línea continua. Es como un árbol, que tiene un tronco central, y que puede tener alternativas de desarrollo según los climas, según los tiempos, según las lluvias..., pero tiene que haber ese tronco. No he tenido variaciones radicales en mis ideas. Hay cosas que siguen para mí siendo inadmisibles, como el suicidio asistido del que ahora se habla, o el propio aborto, que sí creo puede ser admitido en algunos casos, cuando hay un peligro. Pero no me acomodo a estos cambios, aunque sí me he acomodado a otros que los tiempos han justificado. Por otra parte, la pertenencia al Ejército me ha dado un sentido muy fuerte de la obediencia. La disciplina la aprendí en las Fuerzas Armadas, el saber obedecer y también saber tener la lealtad de explicar por qué en algunas circunstancias no se obedece al que da la orden. Es una obediencia explicada, no una actitud de negativa rotunda.

-El libro subrayado y comentado por su hijo. Tengo ideas religiosas muy profundas, y muy temerosas. Veo que se acerca un momento… Mi familia me ha educado dentro de la religión. Mi padre era extraordinario en ello, y mi madre, no digamos. Esa es la base que no se olvida. Eran creyentes y practicantes, realizaban obras de caridad, pertenecían a asociaciones católicas como la de San Vicente de Paul, visitaban enfermos. Quiero ser persona religiosa, pero tengo mis miedos. Una anécdota. Cuando de una manera muy extraordinariame hicieron colegiado de honor del Colegio de Médicos de Asturias y León, pronuncié un discurso de ingreso que se titulaba Por qué. Presidía el acto don Severo Ochoa, con quien yo tenía confianza. La conferencia estaba basada en un libro que me había impresionado, el de Alexis Carrel La incógnita del hombre. Había leído mucho ese libro, pero no sabía que uno de mis hijos, ya fallecido, lo había leído también, y tanto que lo había subrayado y había escrito comentarios a las partes más interesantes en el margen de las páginas. Después de que se muriera, al ver ese libro así subrayado y comentado, me quedé tan impresionado… En aquella conferencia hablé de la relación del cuerpo y del alma, del más allá, de la religión, de los sentimientos religiosos. Al finalizar la conferencia, don Severo habló conmigo. “Has estado muy bien, pero te voy a hacer una afirmación: después de esta vida, nada”. Me impresionó; él era un sabio. “Bueno, lo que siento, Severo, es que si tienes razón no vas a poder presumir de ello porque no te vas a poder enterar de que tenías razón”. Pero me dejó impresionado.

-La eternidad y el perdón. “Escucho a este Papa, que empezó diciendo que el infierno existe, y que es eterno… Para mí, la eternidad es tan espantosa, hasta para lo bueno… Sí tengo miedo, el miedo a haber sido tan inadmisible que no se me perdone. Que, efectivamente, el infierno sea así, y que Dios sea un ser tan justiciero, tan justiciero, que no predomine un poco la clemencia, el perdón. Para mí, ahora, el perdón tiene una importancia enorme. Cuando a uno le hace cualquier persona una faena gorda en la vida, y esa persona está esperando porque es consciente de que la ha causado, y resulta que cuando uno se encuentra con él le trata con amabilidad, y olvida…, la superioridad que uno demuestra sobre el perdonado es tan extraordinaria... Incluso pudiera parecer que es un castigo, una venganza sobre el que nos ha maltratado o juzgado mal.

-Una inteligencia que no alcanza los limites. Quiero ser muy religioso, y lo que temo pensar es qué elegiría uno en la alternativa entre que tuviera razón Severo Ochoa o lo contrario. Porque el riesgo de que la justicia sea implacable… Pero yo, la verdad, es que tengo mucha confianza en que somos muy poca cosa. Aquel día en la guerra, cuando se murió al lado mío el alférez, que lo que estaba murmurando era el Señor mío Jesucristo, la oración que mi madre me enseñó para las situaciones difíciles, me causó una impresión enorme. Y yo, que lo veo cerca, porque las cosas hay que verlas con realismo, tengo miedo, pero tengo confianza y desde luego soy creyente. Hay veces que a lo mejor una homilía de un sacerdote le despista a uno un poco. Las cosas no hay que darlas por tan seguras; esa seguridad esto es así y así y así, ¡hombre! Contaba en esa conferencia de ingreso en el Colegio de Médicos que había estado jugando una partida de tenis en Ceceda, donde teníamos una pista. Acabada la partida, me senté al borde de la pista a descansar. Estaba solo. Sobre la línea de fondo pasaba una procesión de hormigas. Estuve observándolas. Se juntaban, parecía que se comunicaban, llevaban una pajita entre varias. Pensé que no tienen inteligencia, pero algo tienen, algo las dirige, algo las impulsa, algo las une… Están pasando sobre esta línea blanca, pero no pueden comprender qué es esa línea y cuál es su función en una partida de tenis; si la pelota sale fuera, si toca la raya. Estas hormigas que están pasando no pueden comprender una cosa tan elemental para nosotros. ¿No estaremos nosotros pasando sobre algo y no nos damos cuenta porque tenemos el convencimiento de que nuestra inteligencia lo alcanza todo? Y no lo alcanza, de eso estoy convencido. Sólo que unos sean más inteligentes demuestra el hecho de que la inteligencia no alcanza los límites.

-La experiencia del sufrimiento. A mis padres los adoraba, porque, además, era hijo único. Mi madre era una mujer extraordinaria, sensible, artista, tocaba el piano de maravilla. Mi padre era la honradez personificada en el cumplimiento de sus deberes. Yo los admiraba. El recuerdo de ellos influye en toda la vida. Se mueren… Es tristísimo, pero es lógico, Mi padre murió con 93 años; mi madre, con 87. Hay que esperarlo, hay que suponer que tiene que ocurrir. Se siente, pero se lleva. Ahora, los hijos…, que los ha visto uno nacer, que están en lo mejor de la vida. El primer hijo, que se me murió en el hospital; el segundo, en un accidente de automóvil. Yo estaba en Madrid; suena el teléfono muy temprano por la mañana y me dicen: “Se ha matado Sabino, en coche, al lado de Cudillero”. Y luego estas dos hijas mías que se me han muerto hace un año, casi en un mes, de cáncer. Tengo otra hija enferma, con un tratamiento terrible. Eso es dolorosísimo y yo no sé, a veces…, no sé cómo se puede resistir. Lo he pasado muy mal. Caí en una depresión, me cuesta trabajo, no he salido del todo de ella y es durísimo. Me encomiendo a la fe; les encomiendo a ellos y a ellas, y a mí. Hay algo que está por encima de todo esto, y que esperamos conocer.

“No creo que el Rey renuncie en vida, la sucesión será difícil”

-La sucesión de Juan Carlos I a Felipe VI. No creo, porque me imagino que el Rey tiene conciencia de ello, que vaya a renunciar en vida, aunque algunos lo dicen. Sería algo contrario a la monarquía, salvo que el Rey, como la Constitución prevé, se viera imposibilitado o invalidado en su función. En tal caso, no hay más remedio que la sucesión. Pero, si no, yo creo que a rey muerto, rey puesto, es decir que la monarquía se caracteriza porque hay que estar hasta el último momento, siempre que se tengan facultades para ello.No creo que la sucesión se produzca antes de tiempo; ahora, cuando se produzca, va a ser difícil. Estamos viendo que hay tendencias, quizá minoritarias, contra la Monarquía. Son minoritarias porque la Monarquía está bastante asentada en España.Nos hemos dado cuenta de que es algo que no estorba y que, sin embargo, ayuda; que su representación en el extranjero es muy importante. Y que, como suelo decir mucho esta temporada, en conferencias, existe el poder moderador del Rey. Es quizá el único poder que tiene, pero que podría ejercerlo con anticipación. No sé, tal vez en estas mismas leyes que prepara el Gobierno, que van a sobresaltar un poco a la sociedad en general. Pues hablar con el Presidente, previamente, porque una vez que una ley se aprueba, el Rey no tiene más remedio que sancionarla. No es como en otras constituciones, que permiten devolver las disposiciones.Veo también que el carácter de ambos es muy distinto. Con su carácter, el Rey se ha ganado muchas simpatías. Es muy abierto, es muy natural, tiene mucha mano izquierda, un gran instinto. A lo mejor, no tiene una gran cultura, pero tiene un gran instinto para apreciar la realidad. En cambio, el Príncipe tal vez no tiene todavía esa experiencia y su carácter es distinto.

-Reforma constitucional. Tengo mucho miedo a las propuestas que hay, y que hay que llevar a cabo seguramente, sobre reforma de la Constitución. Hay que llevarlas a cabo porque no tiene que quedar relegada la mujer con respecto al hombre en la sucesión. Ello va en contra de un principio general que establece la misma Constitución de que no habrá discriminación por razón de sexo, edad, procedencia. Y eso se produce precisamente en un elemento tan importante como la Jefatura del Estado. Pero yo tengo mucho miedo a la reforma de la Constitución. La Constitución, como decía Montesquieu, hay que tocarla con manos temblorosas. Pudiera suceder que se diga que vamos a ir más lejos para fortalecer a la Monarquía y al nuevo rey cuando llegue el momento. Que se diga, tal vez, vamos a convocar un referéndum. Eso sería peligrosísimo. España ha pasado por demasiados cambios, y ahora que tenemos un tiempo de seguridad y de estabilidad, vamos a mantenerlo.Yo creo que lo ideal es que las cosas sigan sin esos sobresaltos, y el Príncipe sabrá recibir los ejemplos que ha recibido de su padre. Incluso que su carácter pueda ser más extrovertido. Y que la princesa Letizia, que es inteligente, sepa adaptarse, que yo creo que lo está haciendo.