03 de enero de 2010
03.01.2010
Las secuelas de la Guerra Civil

"Nina, ¿quieres comer naranjas a diario?"

Emilio Gómez, nieto de ferrolanos emigrados a Gijón, fue evacuado a Rusia en 1937 y en 1957 viajó con su mujer y su primer hijo a España. Desde 1965, residen en Oleiros

03.01.2010 | 04:04

Siempre supo que algún día volvería a la tierra de la que en septiembre de 1937 fue evacuado a Rusia junto a otros 1.100 niños. No todos eran desconocidos para él. Cuatro de sus hermanos también se embarcaron en el Kooperatsia rumbo a Leningrado, a donde llegaron tras diez días de travesía. En Gijón, quedaban su madre, Filomena, y sus otros tres hermanos, Mercedes, Fernando y Andrés. Su padre, José, que había sido enviado por el Gobierno de la República a la academia militar rusa, estaba en el Frente. Nunca más volvió a verlo.

Tras veinte años en la antigua URSS, Emilio Gómez Espósito Rodríguez da Pena, nieto de ferrolanos emigrados a Asturias y afincado en Oleiros desde 1965, inició los trámites para regresar al país del que sólo recordaba los bombardeos. Allí seguían esperándole su madre y sus hermanos.

En su travesía de vuelta a la tierra de la que había salido con sólo seis años no todos eran desconocidos para él: tres de sus cuatro hermanos -José, Amor y Fermín- embarcaron en el Crimea rumbo a Valencia; Filomena emprendió la vuelta a casa un año después. A sus 27 años, Emilio se propuso empezar de cero en el país que se había visto obligado a abandonar en plena Guerra Civil. Pero no quiso dejar atrás la vida que había iniciado en Rusia. "Yo sin ella no me iba del país", recuerda Emilio mientras señala con la mirada a su mujer Nina Galkina, nacida en Voscresenk, a 90 kilómetros de Moscú.

Con ella había formado una familia; y con ella y su primogénito, Andrés, quiso trasladarse a España. En esta ocasión era Nina la que dejaba en Rusia a su familia. "Yo nunca sospeché que su intención era irse de Rusia", reconoce Nina. Es más, ni a la hora de planificar el viaje le dijo directamente que esa idea le rondaba la cabeza desde hacía tiempo. Fue una pregunta la que le dejó entrever que tenía que hacer las maletas para irse a la otra punta de Europa. "Nina, ¿quieres comer naranjas todos los días?", bromeó Emilio a sabiendas de que esa era su fruta favorita y en Rusia no era abundante. "Sí, claro", le contestó. Semanas después, pusieron rumbo a la tierra de las naranjas. Allí, desembarcaron en septiembre de 1957 un total de 412 antiguos niños de la guerra.

En esa travesía, Emilio no pudo evitar repasar las más de dos décadas que había pasado en Rusia. Una de las primeras imágenes que le vino a la cabeza tenía como escenario el puerto de Gijón hacía ya más de dos décadas. "Yo lloraba porque no sabía a dónde iba. Lo único que nos decían en casa es que nos iban a sacar de los bombarderos", recuerda Emilio. En cuestión de días, tuvo que embarcar junto a cuatro de sus hermanos -la mayor y los más pequeños se quedaron en Asturias con su madre-. Desconocían el destino de su viaje, pero la larga travesía les hacía sospechar que era un lugar a miles de kilómetros de casa y que la vuelta iba para largo. "Nos metieron en un barco de carga. Íbamos todos en la bodega. En Londres -continúa- nos esperaba un barco de pasajeros de la Unión Soviética". En ese barco escucharon las primeras palabras en ruso: "Unos marineros pelaban patatas. Cuando se dirigieron a nosotros, hablando así, que no entendíamos nada, nos asustaron".

. Llegada.

El recibimiento a los niños de la guerra en Leningrado fue una gran fiesta. "El puerto estaba lleno de gente. Era un día de celebración. Todos estaban esperando la llegada de los españoles". Nada más llegar, lo primero que hicieron fue despojarlos de la ropa y meterlos en la ducha. "A los chicos nos cortaron el pelo al cero y a las niñas también, pero a ellas les dejaron un pequeño flequillo para distinguirlas", comenta Emilio mientras muestra una foto de su grupo escolar cuando tenía unos 8 años. Desde Leningrado, los niños de la guerra fueron trasladados a las distintas colonias escolares distribuidas por el país. A Emilio y a sus hermanos los destinaron a un centro de Pravda, a 10 kilómetros de Moscú. Distribuidos por grupos de edades en aulas de entre 15 y 20 alumnos, los niños evacuados de España iniciaron sus estudios acompañados por una educadora española y otra rusa.

En un gesto de apoyo a la lucha contra el fascismo en España, las autoridades soviéticas se preocuparon de la alimentación, la sanidad y la educación de los menores repartiéndolos por diferentes centros de acogida, entre los que había casas de descanso de los sindicatos e incluso pequeños palacios que habían sido expropiados durante la Revolución de Octubre. En estas casas, recibían educación conforme al modelo educativo y los ideales soviéticos. La propaganda comunista los veía como la futura élite política en una república socialista española que surgiría de la victoria en la Guerra Civil. "Nuestro vestimenta de gala incluía la corbata roja, los llamados pioneros, y cada mañana íbamos al campo de fútbol para izar la bandera y cantaban el himno", relata Emilio.

En los centros de acogida no sólo aprendían historia, matemáticas, biología o ruso. Ya desde pequeños fueron a clase de escultura, baile, música o pintura. Esta última es precisamente una de las aficiones que Emilio mantiene todavía hoy, con decenas de cuadros repartidos por todas las habitaciones de su casa en O Valiño (Oleiros) y continuos encargos de retratos por parte de políticos, empresarios y particulares.

. Segundo exilio.

"A los más pequeños -asegura- nos resultó más fácil la integración. En las casas infantiles, a los niños españoles nos trataban como si fuéramos los hijos de los miembros del Gobierno ruso". Pero esos "días felices" en las casas infantiles empezaron a truncarse en 1941. Con la entrada de la URSS en la II Guerra Mundial y la invasión nazi de las zonas en que se encontraban las casas donde estaban alojados, los niños españoles tuvieron que sobrellevar la dureza de la guerra, y posteriormente la de la vida entre una dictadura comunista que no les permitía salir del país y otra dictadura derechista que miraba con recelo a los que lo consiguieron. La invasión alemana obligó a una rápida evacuación de las casas. Emilio y sus hermanos fueron trasladados a Saratov, en la zona sur: "Allí estuvimos en una aldea de la que sus habitantes habían sido desterrados días antes a Siberia. Allí había caballos, gallinas y huerta para recoger los frutos".

Las condiciones de vida en ese "segundo exilio" empeoraron. Les tocó sufrir el crudo invierno de la URSS. "No teníamos víveres ni ropa de abrigo. No había ropa de cama para todos y dormíamos dos o tres juntos para sobrellevar aquellas temperaturas bajo cero". Algunos niños fallecieron o enfermaron en aquellos años. La tuberculosis y el tifus, unidos a las temperaturas del invierno soviético y la mala alimentación, provocaron centenares de víctimas. Emilio fue uno de los niños afectados por la tuberculosis: "Yo la superé, pero algunos de los compañeros con los que compartía habitación en el sanatorio no pudieron".

De sus años en las casas infantiles, Emilio recuerda las salidas al campo donde robaban patatas para comer. "Hacíamos hogueras. Las patatas que cogíamos en las huertas, las asábamos tapándolas con un cubo. Estaban doradas? Qué ricas", recuerda. Otro día fueron de pesca y se llevaron las piezas apresadas a la casa infantil. "La cocinera le preparó las ancas de rana que habíamos cogido al director de la casa. Hasta que acabó el plato nadie le dijo qué había comido", dice sonriente recordando las travesuras de niño.

. Carrera.

Con 19 años, a Emilio le había llegado la hora de emprender su futuro profesional. Y el mismo día en que estaba en el centro donde había ingresado para prepararse como ayudante de Obras Públicas, lo que hoy equivale a ingeniero técnico, vio por primera vez a la mujer con la que se casaría tres años después. "Recuerdo las largas trenzas que tenía. Nina me encantó desde el primer momento en que la vi", relata emocionado.

Durante los años de estudio, Emilio tuvo que compaginar los libros con el trabajo: "La beca no llegaba para cubrir los gastos y tuve que empezar a ganarme el sueldo. Empecé trabajando envasando conservas por la noche y luego me fui a poner postes de luz por Moscú". Pero no todo era estudios y trabajo. En su tiempo libre, Emilio iba a los bailes que organizaba la escuela - "En esos años, enseñé a Nina a bailar tango, vals, fox trot..", recuerda-. Sus clases de música cuando estaba en las escuelas infantiles le valieron para ocupar el puesto de trompetista en la orquesta de la escuela.

. Matrimonio.

El momento de tomar decisiones llegó cuando Nina terminó sus estudios de contabilidad. En el sorteo que hizo el Estado sobre los destinos, le tocó en la frontera con Finlandia. En esos momentos (junio de 1952), Emilio estaba haciendo prácticas en una empresa de Harkov (Ucrania), a 400 kilómetros de Moscú. La noticia le llegó vía telegrama. "Sólo había una solución para evitar que el Gobierno ruso enviase a Nina a trabajar a cientos de kilómetros, casarnos". Y eso fue lo que hicieron. La suya fue una boda peculiar. Un compañero de escuela fue el testigo. Tras dar el da lubliu (sí, quiero), se fueron a un parque y allí tuvieron su particular banquete: un bocadillo. "Pronto nos tuvimos que ir de allí porque empezó a llover", recuerda. Y al día siguiente, Emilio tuvo que tomar el tren rumbo a Harkov para continuar con las prácticas del verano. Nina se quedó esperándolo, en casa de su madre, en Voscresenk.

Al año de casarse llegó su primer hijo, Andrés. Emilio recibió la noticia mientras estaba trabajando a través de un telegrama. "Papa, felicitaciones, ya vine al mundo".

Al aprobar la carrera, Emilio se fue a trabajar a las afueras de Moscú. Meses después, adquirió la residencia rusa y decidió preparar unas oposiciones al Departamento de Arquitectura del Ayuntamiento de Moscú. Allí trabajó hasta que decidió regresar a España.

. Regreso.

Los niños de la guerra en Rusia no pudieron volver a España hasta la muerte de Stalin. Emilio fue uno de ellos. A su llegada al país del que había huido casi tres décadas atrás, se afincó en Lugo, donde residían su madre y sus tres hermanos. Cuatro meses en la ciudad le bastaron para darse cuenta de que su futuro no estaba ahí y decidió probar suerte en Madrid, a donde una vez instalado se trasladó Nina y Andrés. Meses más tarde nació su hija Helena.

En Madrid llegó a montar una empresa con tres socios. "El Ministerio de Educación de Franco nos encargó la construcción de cientos de escuelas", recuerda. Por sus raíces gallegas, a Emilio le tocó recorrer la tierra de sus abuelos "de punta a punta" para diseñar los proyectos y contratar al personal.

La primera residencia la fijaron en Pontedeume, pero cansados de la vida en hotel se trasladaron a un piso en A Coruña, donde estaba ubicada la Delegación de Educación. En 1965 -entonces ya había nacido su tercer hijo, Emilio- inició la construcción de su actual casa en Oleiros. Entre las obras encargadas a la empresa que constituyó tras separarse de sus socios en Madrid, destacan las oficinas del antiguo Banco de La Coruña o el colegio Liceo La Paz de A Coruña.

Medio siglo después de su regreso de Rusia -a donde volvió por primera vez en su aniversario de boda en 1970 con Nina y sus hijos-, Emilio recuerda con añoranza sus años de estudio, trabajo y convivencia en el país que lo acogió tras la Guerra Civil. "Nunca me sentí un niño sin patria", concluye.

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