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Demasiado rápido para A Grandeira

La peligrosidad de la curva en la que descarriló el Alvia que cubría la línea Madrid-Ferrol no estriba en su trazado, sino en la velocidad con la que el tren afronta su perfil tras una recta en bajada

Vecinos, policías, bomberos y equipos de rescate intentan ayudar a los supervivientes. / la opinión

Vecinos, policías, bomberos y equipos de rescate intentan ayudar a los supervivientes. / la opinión

Salvador Rodríguez | A Coruña

"Vienes de una recta en bajada y tienes que hacer una reducción. Es una función que tienes que empezar tú porque no te avisa nada ni nadie. Cuando sales del túnel tienes que ir a 80 kilómetros por hora, empiezas a bajar progresivamente, sabes que te quedan tres kilómetros y pico para llegar a la curva, que se las trae, que es complicada". A Manuel Mato no le cuesta mucho ponerse en el lugar de Francisco José Garzón Amo al mando de una máquina del tren Alvia que diariamente cubre la línea Madrid-Ferrol. Él ha realizado decenas de veces ese mismo trayecto y conoce a la perfección la cabina de los Alvia. Sabe que, a cuatro kilómetros de Santiago, existe una curva muy peligrosa, tan peligrosa que tanto él como algunos de sus compañeros, la tienen apuntada como "el punto más negro de Galicia".

A Grandeira es una curva de 90 grados muy popular entre los vecinos de Angrois aunque, hasta esta semana, semejaba no ser merecedora de que se le adhiriese una leyenda negra, una maldición, pero sí que siempre ha provocado un cierto respeto. Hay vecinos que recuerdan que, al paso del huracán "Hortensia" por Galicia, mucho antes de su configuración actual resultado de las obras realizadas por Renfe, se produjo un corrimiento de tierras que provocó un descarrilamiento que se saldó sin víctimas mortales , con unos cuantos heridos leves. En Angrois, eso sí, hace siete años una niña fallecía arrollada por un convoy que atravesaba el parque infantil donde jugaba. También ahora se recuerda, con la tragedia todavía caliente, que el día en que se inauguraron las nuevas obras, se veía como el tren "se tambaleaba al doblar la curva", en expresión de los propios vecinos.

Demasiado rápido para A Grandeira

Demasiado rápido para A Grandeira

Desde que se le ha explicado la magnitud de la tragedia, Francisco José Garzón ha decidido guardar un silencio que no romperá hasta su comparecencia ante el juez como imputado, prevista para hoy domingo. Así se lo han recomendado su abogado y los asesores jurídicos que el Sindicato de Maquinistas ha puesto a su disposición, pero antes de saberlo mantuvo, al menos, dos conversaciones con el Servicio de Emergencias de Renfe. Una desde la propia cabina, y otra desde un teléfono móvil no se sabe exactamente con quien, pero sí en qué estado físico : con la sangre cubriéndole la cabeza y el rostro desencajado (así lo muestra una foto que ha recorrido el mundo) y después de haber colaborado con los vecinos del barrio compostelano de Angrois que acudieron a auxiliar a las víctimas en los primeros momentos del siniestro. También habló con algunos de esos vecinos, claro, pero de ello solo ha trascendido que, en esos caóticos instantes, el maquinista ignoraba el alcance del descarrilamiento: "Esperemos que no haya muerto nadie -se le escuchó decir- porque caerán sobre mi conciencia".

A Francisco José Garzón, imputado por homicidio por imprudencia, no se le ha llamado a declarar ante el juez solo por las conversaciones mantenidas en los segundos inmediatamente posteriores al descarrilamiento del Alvia. De no haber hablado, tampoco se hubiese zafado de haber sido llamado declarar como máximo responsable del tren, pero lo que dijo, y ha trascendido, lo ha ubicado en la diana del disparadero de la opinión pública: Esos "Tenía que ir a 80 y voy a 190", "¡La he jodido!", "Todos los humanos tenemos fallos", o "Descarrilé, qué le voy a hacer, qué le voy a hacer" no han dejado a nadie indiferente. Mientras la organización Manos Limpias ya ha presentado una querella por "imprudencia temeraria en grado de homicidio y delito de lesiones con resultado de muerte", sus compañeros de gremio se han apresurado a salir en su defensa. Para quienes le señalan con su dedo acusatorio, esos comentarios son la señal inequívoca de su culpabilidad, es más, de una culpabilidad asumida y reconocida; y entre quienes le defienden, los hay que atribuyen esas expresiones a la característica "tranquilidad" de su temperamento o a la ignorancia de la dimensión de la tragedia. Y hay quienes argumentan, como el secretario general del Semaf, sindicato al que está afiliado el maquinista, que "Ni para bien ni para mal, de ninguna manera pueden tenerse en cuenta las palabras de una persona en estado de shock".

Tampoco los comentarios en Facebook , del tipo "Qué gozada sería ir en paralelo con la Guardia civil y pasarles haciendo saltar el radar, je, je", son los causantes de su comparecencia ante el juez, aunque tampoco han ayudado. Y, sin embargo, es más que probable que el maquinista maldiga el día en que se le ocurrió propagar por toda la red que circulaba a 200 por hora a los mandos de un tren para hacer una gracia de su "atrevimiento" porque, antes de que consiguiese borrar su perfil, la mayoría de los medios de comunicación rescataron y propagaron su "chulería" y un par de fotos de recreo, inocentes en cualquier tesitura, excepto en la que atraviesa este lucense que comparte apellido con el magistrado más famoso de España.

Nacido en Monforte de Lemos hace 52 años, Francisco José Garzón, cuyo padre, de Ponferrada, también estaba vinculado a al sector ferroviario, es uno de los productos de la cantera de maquinistas forjada en esta localidad de la provincia de Lugo. De esa época lo recuerda Ángel Rodríguez, revisor de Renfe y compañero en el mismo sindicato, quien estos días intentó visitarle en el hospital, sin resultado, pues solo se permite el acceso a su habitación a sus familiares directos y sus asesores jurídicos. Tras llamarle por teléfono para interesarse por su estado, solo obtuvo de su amigo un "¡Imagínate cómo estoy!".

En los últimos meses, Francisco José Garzón se había estabilizado como conductor titular del Alvia Madrid-Ferrol, al que el pasado miércoles, a media tarde, se incorporaba desde la estación de Ourense para relevar al maquinista que había efectuado el trayecto desde las estación de Madrid,

El Alvia que había salido a las 15.00 de la capital de España ya estaba en Galicia, eran las 20, 41 horas, únicamente faltaban 180 kilómetros para llegar a su destino, cuatro para efectuar la correspondiente parada en una Compostela en vísperas de su día grande : en Compostela desembarcarían la mayor parte de los pasajeros del convoy, donde esperaban familiares y amigos. Quedaba por abordar la curva de A Grandeira, la del kilómetro 80,620, esa que tantas veces había sobrepasado sin ningún contratiempo destacable, pero que en esta ocasión se convirtió en la última curva.

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