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Al castillo de San Antón, por barco

La reedificación de la Torre de Hércules por el ingeniero Giannini en el siglo XVIII y la construcción de un muelle obligaron a dejar aislada durante casi 150 años la fortaleza

El castillo de San Antón en una foto tomada en 1917 por Georges Chevalier (Museo Albert Kahnn).

El castillo de San Antón en una foto tomada en 1917 por Georges Chevalier (Museo Albert Kahnn).

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Isabel Bugallal | A Coruña

En sus mazmorras estuvieron hombres represaliados por sus ideas y simples delincuentes: desde el marino ilustrado Alessandro Malaspina, el político Macanaz o el general liberal Porlier hasta el psicópata gallego Romasanta, cuyos crímenes inspiraron la película El bosque del lobo. En el castillo de San Antón, una insalubre fortaleza del siglo XVI que formaba parte de las defensas de A Coruña, convertido después en cárcel, permanecieron encerrados y separados de la ciudad, con el mar por medio.

El peñasco enclavado en la entrada de la bahía donde se levanta el castillo -desde 1964 convertido en Museo Arqueológico- fue isla hasta mediados del siglo XX, únicamente accesible desde tierra firme por barco.

El Real Consulado de Comercio Marítimo y Terrestre de Galicia, que tenía su sede en A Coruña, quiso a finales del siglo XVIII acabar con el aislamiento del peñasco y propuso en 1788 la construcción de un pequeño muelle para comunicar el castillo al resto del litoral. El ingeniero director del puerto, Juan Caballero, argumentó ante el Rey en defensa de la obra que "sería de conocida utilidad", puesto que proporcionaría abrigo a las aguas de la bahía y, además, facilitaría el socorro al castillo en caso de una invasión enemiga.

La petición fue aprobada y la junta consular, tras mostrar "su mayor satisfacción y complacencia", se dirigió a la Capitanía Marítima de Ferrol "para que la construcción del andén de comunicación" se llevase a cabo "con solidez".

El ingeniero Eustaquio Giannini fue designado para dirigir la construcción del dique de San Antón, con un presupuesto superior a los 520.000 reales. No fue el único encargo: tenía otros proyectos de fuste, nada menos que la reedificación de la Torre de Hércules, cuyo diseño es el que mantiene hoy en día el faro, y el levantamiento de un muelle en el puerto.

Todo parecía ir, pues, sobre ruedas pero, de pronto, surgieron los inconvenientes: que si el dique no tendría la resistencia necesaria "contra el continuo embate del mar en esa costa brava", que si no era una obra prioritaria, que si no había un real... En fin, que la comunicación del islote con la ciudad quedó en el aire. La Corona consideró que era mucho más importante la renovación de la Torre de Hércules y la construcción del mencionado muelle portuario que el dique reclamado por el Real Consulado para acabar de una vez con el aislamiento de la fortaleza.

Unos años más tarde el asunto volvió a ser objeto de debate. Se invocaron de nuevo los notorios beneficios que depararía la obra para la seguridad en caso de invasión y para abrigo de esa parte del litoral, pero fue inútil. Hubo de pasar siglo y medio para que por fin se uniese el islote a tierra firme, mediante un dique construido en los años cuarenta del siglo XX. La obra vendría a ser el esbozo de la transformación urbanística a que sería sometida la bahía coruñesa en años posteriores, con el castillo de San Antón plenamente ligado a tierra firme.

Pero hasta que esa ansiada unión fue resuelta, al castillo solo se accedía por mar, mediante barcas que salían de una de las puertas de la antigua muralla, la que estaba situada al pie de lo que después sería el Hospital Militar y ahora el Hospital Abente y Lago.

El historiador Antonio Meijide Pardo encontró en el Archivo Notarial de A Coruña documentación, del año 1833, que da cuenta de las cláusulas de arrendamiento de la lancha al castillo de San Antón entre el comisario de Guerra de la ciudad, Tomás Quintana Acuña, y el patrón de la embarcación, Julián Pereira, al que finalmente se le adjudicó el servicio, después de haber rebajado el precio: seis reales diarios por la lancha pagaderos al mes, cinco por cada uno de los cinco marineros que la tripulaban en la temporada de invierno, y otros cinco para el patrón.

Mediante este contrato -de una docena de puntos- Pereira se comprometía, entre otras cosas, a poner sin demora otra en servicio en caso de naufragio o accidente y a mantenerla en buen estado de revista cada seis meses "para evitar cualquier acontecimiento desgraciado que pueda ocurrir por ahorrar gastos el patrón de la lancha".

El contrato tenía una duración de cuatro años y exigía que la lancha estuviera "perfectamente acondicionada en casco, velas, amarras y remos" para el servicio, que consistía en cinco viajes diarios: a las seis de la mañana el primero, en verano, y a las siete y media el último. En invierno, desde las nueve y hasta ponerse el sol. Tiempos aquellos en los que ir al castillo era como hacer una excursión.

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