El día 19 de junio se cumplirán seis meses del accidente del pesquero de Cambados Sin Querer Dos registrado a 4,5 millas al suroeste del cabo Fisterra. Horas más tarde, a las 4.45 de la mañana del 20 de diciembre de 2018, se hundía el también pesquero A Silvosa, con base en Malpica, a consecuencia de las fuertes corrientes que se generan en la entrada de la dársena local. En el primero de los accidentes fallecieron cuatro tripulantes, todos ellos residentes en Cambados: Teófilo Rodríguez, Bernardino Padín, Guillermo Casais y Manuel Serén; en el segundo, fallecía „el cuerpo quedó envuelto en las redes del barco„ el patrón de A Silvosa, José Ángel Sanjurjo Láuzara, quien tenía su residencia familiar a no mucha distancia del lugar en el que encontró la muerte.

En ninguno de estos casos se han aclarado suficientemente las causas de esa tragedia que conmovió „y conmueve todavía„ a la familia del mar. La más clara, a día de hoy, parece la del pequeño pesquero A Silvosa, arrastrado probablemente por esa corriente que genera la escasa longitud del martillo que actúa como cierre del muelle de la dársena. Para acceder a esta o bien salir de ella, han de abrirse los portalones de hierro que regulan „es un decir„ las aguas que permiten mantener en el interior de aquella una pequeña flota de embarcaciones de todo tipo que se guarecen allí en cualquier circunstancia. José Ángel Sanjurjo y sus tres compañeros abandonaban ese refugio para comenzar el que fue el última marea de la vida del patrón.

Estas dos desgracias fueron serios aldabonazos en un país de lutos y muertos en la mar. Una tierra acostumbrada a ver en los entierros de marineros que tuvieron la suerte de ser rescatados (aunque sin vida) a las autoridades locales, provinciales y de la Xunta „especialmente de la Consellería do Mar„ que tampoco faltaron en las exequias de estos cinco marineros.

Las familias de los fallecidos, arropados por los vecinos, también sintieron esa cierta proximidad que desde las instituciones públicas se pretende ofrecer. Pero es pura ficción, salvo honrosas excepciones. Se cumplimenta a los muertos y estos no pueden decir nada. A sus familiares se les da la mano, un beso, y se dejan caer en los oídos de los deudos unas palabras de mero compromiso: "Siempre estaremos a vuestra disposición". Y solo lo están para la foto de rigor y la primera semana. Después viene el olvido, ese silencio oneroso que no compromete a nada ni a nadie, excepto los deudos de los muertos.

Unos y otros prometieron ayudas, investigación, se pusieron a disposición de las familias. En ambos casos han transcurrido casi seis meses y si te he visto, no me acuerdo. Ni unos ni otros familiares han vuelto a saber nada de la Xunta, de la Federación Nacional de Cofradías. No ha habido, afirman las familias, ni la más mínima muestra de atención a sus necesidades. A pesar de las promesas dadas y que nadie les pidió. Otra vez el muerto al hoyo y el vivo al boyo.

Portos de Galicia ha tenido tiempo suficiente para, cuando menos, presentar un proyecto que modifique ese malhadado acceso a la dársena de Malpica. Probablemente no será hasta que se repitan los hechos del A Silvosa. Del Sin Querer Dos tan solo se ocupa, en este momento, la Comisión que investiga los accidentes e incidentes en la mar (Ciaim), sin más poder que el de informar de las probables causas que han originado el accidente en el que han muerto cuatro hombres de la mar.

Cada vez resulta más fácil en el estamento oficial olvidar a los que perdieron la vida en el sector pesquero. Se habitúan. Me pregunto si ensayarán los gestos a realizar ante las cámaras de la televisión y las de los redactores gráficos de la prensa escrita. Las familias se consuelan y rumian su santísimo cabreo. En Malpica, por ejemplo, diez mil firmas quieren avalar la petición de la madre y las tías de José Ángel, la petición de la cofradía local de pescadores, para que se modifique esa puñetera entrada a la dársena local, con el deseo de que José Ángel haya sido el último marinero que pierda allí su vida. Pero el corazón oficial no late en la misma sintonía que el de los seres queridos de esos cinco marineros muertos hace casi seis meses. Se han vuelto de piedra. Y al silencio sigue el olvido.

Hasta la próxima vez.