El cánido se acerca a uno de los cuidadores. | // EMILIO FRAILE

La coexistencia entre el lobo y la ganadería en extensivo preocupa desde hace milenios en todas las culturas que comparten espacio con el depredador. El debate ha revivido con la reciente decisión de otorgar una protección especial al cánido y que este deje de ser considerado especie cinegética en toda España, un cambio propuesto por la Comisión Estatal para el Patrimonio Natural y la Biodiversidad tras una reñida votación que salió adelante con el apoyo de comunidades autónomas como Canarias, Baleares, Cataluña, Extremadura o Melilla, donde no hay ni un solo ejemplar del cánido.

Paradójicamente, la zona de la península ibérica con mayor densidad de lobo ibéricos es una reserva cinegética, la Sierra de la Culebra, en el noroeste de la provincia de Zamora, donde cada año se subastan los precintos para cazar unos pocos ejemplares de la especie. La práctica cinegética no ha diezmado las poblaciones de este carnívoro, que en las dos últimas décadas ha afianzado su presencia en el territorio y se ha extendido colonizando también el sur del valle del Duero, donde no había lobos en el siglo XX, llegando en la actualidad hasta la Comunidad de Madrid. Los expertos calculan que en el conjunto de la provincia de Zamora se asientan unas 40 manadas, que suman unos 360 ejemplares, aproximadamente el 14% de todos los que hay en España.

Precisamente en el corazón de la sierra limítrofe con Galicia se ubica un centro educativo para explicar al público qué es un lobo, cómo viven y se comportan las manadas, el papel de este animal en el ecosistema ibérico y su relación con las poblaciones humanas con las que comparte territorio. Una labor divulgativa para mostrar al mundo la gestión equilibrada del lobo que se lleva a cabo en la zona de la península con más ejemplares del cánido con el objetivo de conservar tanto la supervivencia de la especie como la de la ganadería extensiva. Además, el centro se ha convertido en un revulsivo para el sector turístico en la comarca de Sanabria.

El Centro del Lobo Ibérico de Castilla y León bautizado como Félix Rodríguez de la Fuente se ubica en el término de Robledo, en el municipio de Puebla de Sanabria, y en el año 2019 recibió más de 42.000 visitas, contribuyendo a sostener la actividad turística más allá de la época estival. En estos momentos está cerrado al público por la pandemia, pero a diario recibe consultas de personas interesadas en acudir cuando reabra. Desde su inauguración en octubre de 2015, y antes, el turismo “lobero” ha coexistido junto al aprovechamiento cinegético de la especie en la reserva de la Sierra de la Culebra.

La clave del éxito del Centro del Lobo Ibérico está en que es el mejor lugar de Europa para ver lobos en condiciones de semilibertad. No se trata de un zoológico, el centro dispone de 21 hectáreas de su hábitat natural, espacio más que suficiente para los 14 lobos que a pesar de haber nacido en cautividad mantienen entre ellos las mismas relaciones sociales que en libertad, un comportamiento de manada, con una jerarquía, y no padecen de estrés por sentirse encerrados.

Los cuatro observatorios integrados en el paisaje de la Culebra permiten contemplar a las manadas a pocos metros de distancia durante las visitas guiadas. Después de cinco años recibiendo visitantes estos lobos ya no se asustan del murmullo que forman los grupos de turistas, aunque algunos de los individuos jóvenes pueden presentarse algo recelosos, igual que sus madres.

En la Sierra de la Culebra existen varias empresas que ofrecen salidas guiadas a la montaña para tratar de divisar ejemplares de lobo en libertad. Muchos de sus clientes aprovechan el viaje para pasar también por Robledo a observar a estos otros lobos del centro. “Demuestra que son dos experiencias diferentes y complementarias”, en palabras de Jesús Palacios, director del Centro del Lobo. La primera es gratificante por lo difícil que es encontrarse al animal por casualidad, aunque sea a cientos de metros de distancia, la segunda porque la cercanía permite observar la belleza del cánido en todo su esplendor.

Actualmente viven en el Centro del Lobo Ibérico 14 ejemplares de Canis lupus signatus divididos en tres manadas. Pero para ellos en realidad la familia tiene 18 miembros. Los animales consideran a los cuatro miembros del equipo de manejo del centro parte de su jerarquía, gracias al trabajo que vienen desarrollando día a día desde hace casi una década, cuando algunos de estos lobos aún no habían nacido, pues el trabajo de socialización del equipo con los animales comenzó en 2012 en el Centro de Recuperación de Aves de la Junta de Castilla y León en Villaralbo.

Cuatro cuidadores

Ahora esperan la visita diaria de estos lobos de dos patas —dos hombres y dos mujeres— acuden a sus “aullidos humanos” y comen de su mano. La carne se utiliza no solo para mantener alimentados a los animales, sino también como elemento de socialización para establecer un vínculo de confianza entre el lobo y su cuidador, para evaluar las dinámicas dentro de la manda a la hora de comer que establecen las jerarquías sociales entre los lobos, y lo más importante de todo: para que a través de esa proximidad física entre el equipo de manejo y los cánidos, los cuidadores puedan observar cualquier cambio en el cuerpo o en el comportamiento de los animales que deba preocuparles. Todo el trabajo del equipo de manejo está orientado a salvaguardar la salud y el bienestar de los lobos.

Ellos cuatro son las únicas personas que tienen contacto físico con los lobos. Uno de los cuidadores es además la veterinaria del centro, lo cual facilita mucho el trabajo en caso de tener que examinar alguna herida, ya que la confianza mutua muchas veces le permite hacerlo sin dormir al cánido.

La manada favorita de los visitantes es la más grande, la que forman los jóvenes Llagu (macho), sus hermanas Mancha, Sanabria y Tera (hembras), nacidos en 2019 en el propio Centro, y sus tías Clarita y Dakota, que tienen cerca de nueve años. El séptimo miembro de la manada es Robledo, un macho, hijo de Dakota, que nació en 2016 con una displasia congénita de la que sobrevivió gracias a una intervención quirúrgica. Tras la operación, necesitó cuidados intensivos durante cerca de un mes, estaba bastante débil y necesitaba medicación cada poca hora. Más de una noche, el lobato a las casas de los miembros del equipo de manejo y durmió con ellos. Pero Robledo mostró una inmensa fuerza vital y logró salir adelante, ahora tiene el tamaño normal de un macho adulto, pero cojea de una pata trasera. Ese mes de su infancia, casi siempre pegado a un humano, le hace ser el miembro más sociable del centro.

Esther y Tomás son dos de los cuatro miembros del equipo de manejo. Al sentir su llegada los siete lobos de esta manada bajan la ladera ligeros, corriendo y jugando entre ellos, sobre todo los cuatro hermanos más jóvenes. En esta época del invierno es el “precelo” de los lobos, y tienen más ganas de moverse, pero también más hambre. Esperan pacientes los trozos de carne que saben que los cuidadores esconden en sus riñoneras. Llagu marca su posición como alfa acercándose para ser el primero en recibir su ración, pero hay carne suficiente para todos. Cuando se han saciado, más calmados, los lobos se dispersan para esconder algún buen trozo de carne sobrante, fuera de la vista de sus compañeros y de los periodistas curiosos que les observan desde el mirador.