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La marea blanca del 'Prestige'

Dos voluntarios relatan 20 años después de su viaje a las costas de Galicia cómo afrontaron el desastre medioambiental

Fue como cuando sueñas que estás en una guerra

20 años después del hundimiento del ‘Prestige’ a 130 millas de Fisterra, Chema y Alejandra se cruzan dos cartas en las que recuerdan cómo regresaron a su Galicia natal para combatir el fuel que llegó a teñir 3.500 kilómetros de costa. Los dos primos no dudaron en forma parte de la marea blanca que quiso poner freno al desastre medioambiental causado por el viejo monocasco. “Era como cuando sueño que estoy en una guerra: te cogían los datos, te daban un mono, calzado y guantes aunque no fueran de tu talla”, recuerda Alejandra desde Madrid

Querida Alejandra:

Recuerdo aquella foto tuya en la portada de periódico hace 20 años, me impactó en plenas Navidades tras varias semanas colaborando en la limpieza de las islas Ons en el Parque Nacional de las islas Atlánticas.

Había podido ayudar sobre el terreno junto a asociaciones de voluntarios comprometidas, a diversos cuerpos profesionales bien organizados en una gran tarea colectiva.

Tras todo este tiempo tu foto sigue simbolizando la multitud de actitudes altruistas que muchas personas adoptaron en aquellos días, sacrificándose para preservar un bien común.

Querido Chema:

¡Qué alegría me ha hecho tu postal, 20 años ya!

De aquella tenía 23 años y estudiaba en mi ciudad, Madrid. Lo recuerdo como un acontecimiento muy triste. Pensaba en esos paisajes maravillosos de las rías, sus gentes y todo lo bueno que nos suele dar el mar. Veía las imágenes en las noticias y no daba crédito. Sentía una gran impotencia por no poder hacer nada. Hablamos un grupo de cuatro amigos del colegio y nos subimos en coche el primer fin de semana de diciembre, dormimos en la casa donde veraneaban nuestros abuelos porque de la cantidad de voluntarios que venían de toda España e incluso países vecinos estaban los alojamientos llenos.

Al día siguiente muy temprano nos fuimos hasta Baiona, allí había una organización, que para mi era como cuando sueño que estoy en una guerra: unos te cogían primero los datos, luego te daban un mono, calzado, guantes… y aunque no fuera de tu talla era con lo que tenías que trabajar. Nos iban dividiendo en funciones. Manos blancas y manos sucias para así entre otras cosas tratar de contaminar lo menos posible los senderos. La zona en la que estuvimos fue en la playa de Santa María de Oia. No eran las Rías altas, pero allí también estaba el chapapote que lo recuerdo muy pegajoso, pesado, negro azabache y con un olor intenso que te mantenía el pensamiento nublado. Para recuperar fuerzas los manos limpias nos daban ellos agua y fruta. Ya que los guantes nos los cerraban con cinta aislante para protegernos. Por la tarde me empecé a encontrar mal, al respirar me mareaba y el corazón me iba a mil. Bajaron a ayudarme porque estaba en una zona de rocas y me llevaron hasta una ambulancia que estaba a la salida de la playa y al examinarme me pusieron oxígeno. No me dejaron seguir trabajando más.

Esta experiencia es un buen ejemplo para nuestros sobrinos, que tienen ahora la edad que teníamos nosotros, es la mejor manera, a mi entender, de cómo protestar a favor de la naturaleza, que es cuidarla y protegerla siempre. 20 años más tarde lo volvería hacer sin lugar a duda. Recuerdo con mucha emoción la cantidad de gente que estaba allí ayudando y cada uno poniendo lo que podía de su parte. Como tu que estuviste tantos días en Ons, eso sí que fue heroico.

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