Noche en la viña: así son las vendimias que huyen del sol
Tradición y vanguardia se funden hasta el amanecer en la bodega Laudes, en O Ribeiro, y en Terras do Cigarrón, en Monterrei
elisabet fernández
Son las ocho de la mañana y el sol aún no alumbra el castillo de Monterrei. Casi en sus faldas, los tractoristas Juan y Manuel están a punto de terminar el tajo en la viña de la bodega Terras do Cigarrón, donde la vendimia termina cuando amanece. Las máquinas ascienden por las laderas, a 500 metros de altitud, recogiendo los últimos kilos de uvas de la noche. Genaro, de 83 años, controla los trabajos en las vides que él mismo plantó en 1979. El viticultor forma parte de la veintena de socios de la bodega, en la cooperativa Martín Códax. Esta viticultura es noctámbula, una técnica casi anecdótica en las denominaciones de origen ourensanas, pero que ya se empieza a ver en zonas como Monterrei, O Ribeiro, Valdeorras y la parte lucense de la Ribeira Sacra. Que la uva no se oxide a altas temperaturas es el principal objetivo de los que apuestan por combinar tradición y vanguardia, colocándose la linterna a la cabeza o las luces led en el tractor. Depende.
“La vendimia nocturna la hacemos por las temperaturas. Conseguimos que la uva entre en bodega entre 10 y 12 grados y no tenemos que enfriarla. Si hiciéramos la vendimia de día, la uva entraría a 26 grados”, explica Luis Atanes, técnico de viñedo de Martín Códax en la zona de la DO Monterrei. En Terras do Cigarrón, las máquinas recogen hasta 100.000 quilos por noche. El ritmo solo es más lento en una pequeñísima parte del terreno: un grupo de vendimiadores trabajan a mano la uva bastardo, una variedad de vid antigua que Genaro y otros viticultores conocen más como ‘merenzao’. “Es un tinto que llueva lo que llueva, no se pudre. Y esta hay que hacerla a mano porque hay mucho desnivel”, explica el viticultor.
Los tiempos cambian
Genaro jamás pensó que las máquinas podrían entrar a la finca cuando plantó la viña en el 79, confiando en las posibilidades del terreno. “Yo siempre viví empeñado, no tenía quién me fiase más”, bromea el viticultor, que está intranquilo esperando una llamada: pretende cerrar la compra de los derechos de una plantación de vinos de Jumilla, en Murcia. “Es un vino antiquísimo que tenía mucha fama, no sé por qué se deshacen de él”, se sorprende el hombre.
Llega el relevo para Juan y Manuel, trabajadores oriundos de Monterrei que cambiaron la construcción, la carpintería y oficios varios por las vides. “Hicimos de todo, pero este trabajo es de los más bonitos”, confiesan antes de despedirse con un “¡Chao, capitán!” para Genaro, el hombre que ve tradición y vanguardia unidas. “Ser viticultor es una profesión como otra, pero no está valorada para poder vivir. A mis hijos sólo le decía que volasen, pero que la tierra, la respetasen”.
Racimo a racimo
La ruta de la vendimia nocturna continúa de madrugada en O Ribeiro. Adegas Laudes, el sueño de Lázaro Moreno junto a su socio Raúl Álvarez. Afrontan la quinta cosecha de vino nocturno. “No es una técnica especial, es una herramienta más para obtener el vino perfecto”, señala Lázaro, descendiente de viticultores de Rías Baixas y Ribeira Sacra que siempre quiso ser lo mismo que sus antepasados.
En la bodega de Laudes, la vendimia es más lenta. Optan por los trabajos 100% manuales, lo que le permite obtener apenas 2.000 kilos de uva en cada jornada. “La vendimia nocturna permite que el vino no se oxide, o que se oxide muy lentamente. No es lo mismo dar el corte con 12 grados que a más temperatura. Y las sustancias aromáticas no se pierden”, valora Lázaro, que define su vendimia como un trabajo “de orfebrería”.
Las desventajas de la vendimia nocturna —lenta y con algunos racimos que quedan colgados— no son las suficientes para abandonar el mimo noctámbulo de la vid. “Nos gusta hacer un vino de nicho. Salen muy pocas botellas”, dice Lázaro. Cuando empezó con la vendimia nocturna, le costó encontrar a gente que quisiera trabajar de noche. “Ahora no quieren venir por el día”.
Para el viticultor de O Ribeiro, su gran ilusión es “elaborar el mejor vino del mundo, y aunque sé que eso es inalcanzable, busco la perfección. Esto es solo para zumbados. La viña te ata a la tierra”.
A las cinco de la madrugada, los vendimiadores terminan de recoger la uva en O Ribeiro con la única luz de las linternas que llevan a la cabeza. A las diez de la mañana, empieza el trabajo de criomaceración en la bodega: con nieve carbónica, logran el vino tan delicado que se sirve en los mejores restaurantes.
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