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Las historias personales que ocultan los refugiados con permiso de residencia en Galicia

Por primera vez, Galicia supera el millar de residentes con permiso concedido por protección internacional

Los grupos más numerosos proceden de Malí, Afganistán y Siria

Moustafa Diallo, vecino de Santiago.

Moustafa Diallo, vecino de Santiago. / Antonio Hernández

Mateo Garrido Triñanes

Santiago

Salen de su país sin un destino claro, empujados por una guerra que no eligieron, por una persecución política sostenida en el tiempo o por una amenaza directa ligada a su identidad, a su orientación sexual o a su simple pertenencia a un grupo señalado. Los azares del destino, o incluso los designios de un Gobierno que precisa descongestionar los servicios de aquellas comunidades eminentemente receptoras como las Islas Canarias, finalmente los han traído a Galicia.

La comunidad ha superado por primera vez este año el millar de refugiados o receptores de protección subsidiaria con un permiso de residencia y trabajo en activo. Al término del tercer trimestre de este año, 1.062 personas se encontraban en esta situación en Galicia, según los datos del Observatorio Permanente de la Inmigración que elabora el Ministerio de Interior. Sin embargo, el camino hasta lograr regularizar su situación no está exento de dificultades y trámites burocráticos.

Cuando lograron pisar territorio español, llegasen por aeropuerto o por mar, solicitaron la protección internacional al amparo de la Ley 12/2009, que regula el derecho de asilo y la protección subsidiaria conforme a la Convención de Ginebra y al marco europeo.

Esta solicitud implica una entrevista personal en la que deben relatar su historia, es decir, explicar el riesgo que afrontan si regresan y justificar un miedo fundado a la persecución o a sufrir daños graves. No es un trámite automático: el Estado debe evaluar la coherencia y la credibilidad de lo que narran. Tras esa entrevista reciben un documento provisional que les permite permanecer legalmente en España mientras se resuelve su expediente. Es ahí cuando el Estado activa el sistema de acogida, que cubre las necesidades básicas de estas personas. Es el caso, por ejemplo, del hospedaje del que se benefició en Santiago el grupo de refugiados malienses durante el verano de 2024 en el Monte do Gozo.

Durante los primeros seis meses esa autorización no permite trabajar, pero, una vez superado ese plazo y si la solicitud sigue en tramitación, la ley les reconoce el derecho a trabajar legalmente.

La resolución del expediente corresponde a Interior y, más allá del rechazo, se puede resolver de dos formas. Si se reconoce el estatuto de refugiado, se admite que existe una persecución individual por motivos políticos, religiosos, étnicos, de género u orientación sexual. Si se concede protección subsidiaria, se reconoce que, aun sin persecución directa, la persona se enfrentaría a un riesgo grave para su vida o su integridad si regresara a su país, como ocurre en contextos de guerra o violencia indiscriminada. En ambos casos, la consecuencia jurídica es la concesión de un permiso de residencia y trabajo válido en toda España por un periodo de cinco años.

Este permiso es renovable y solo se puede extinguir si desaparecen de forma acreditada las causas que motivaron la protección. Se trata de un documento que permite a los refugiados trabajar por cuenta ajena o propia, acceder a los servicios del Estado de Bienestar y con el tiempo solicitar la residencia de larga duración.

Atendiendo a las nacionalidades, los grupos de residentes en Galicia con protección internacional son personas llegadas de Mali (228 personas), donde existe una guerra civil en marcha desde 2012. Le siguen los afganos (144 personas), como consecuencia directa de la retirada occidental y el regreso del régimen talibán en 2021 y, en tercer lugar, se encuentran los sirios (112 personas), cuyo país se encuentra en un conflicto enquistado desde hace más de una década y que ha provocado el desplazamiento de gran cantidad de población .

Huir de los talibanes antes de que tumben la puerta

Sohail Noori, residente en Vigo.

Sohail Noori, residente en Vigo. / Cedida

Sohail Noor salió de Kabul el 10 de agosto de 2021, solo cinco días antes de que los talibanes recuperasen el poder en Afganistán. No fue una salida planificada ni ordenada, sino una huida urgente. Durante años había trabajado con la misión española en programas de igualdad de género y derechos humanos. Eso lo colocó en una lista de personas buscadas por los salafistas, de modo que quedarse ya no era una opción.

Cruzó solo la frontera hacia Uzbekistán. Su mujer y sus cuatro hijos se quedaron atrás, atrapados en un país que se desmoronaba. Durante semanas intentaron salir por el aeropuerto de Kabul, colapsado por miles de personas que huían con lo puesto. No lo lograron. Cambiaron varias veces de vivienda para evitar represalias, mientras buscaba la forma de reencontrarse. «Es un dolor que no se olvida», recuerda sobre aquellos días.

No sería hasta tres meses después cuando Sohail logró visados para toda la familia en Pakistán. Allí se produjo el reencuentro. Desde Islamabad volaron a Madrid y llegaron a España el 10 de enero de 2022. El alivio inicial dio paso a otra realidad: un sistema de acogida saturado por la llegada masiva, entonces, de personas refugiadas de Ucrania. Pasaron cuatro meses compartiendo habitación de hotel con otras personas en su misma situación.

Fue entonces cuando les ofrecieron una vivienda estable en Vigo. Una propuesta que aceptaron de inmediato, sin siquiera conocer dónde se ubicaba la ciudad. Llegaron a Galicia en abril. Al principio vivieron en ese piso, que gestionaba una ONG, pero no tardaron en encontrar uno en alquiler y en empezar de cero gracias a las amistades que fueron poco a poco forjando en la ciudad olívica.

Hoy, con el permiso de residencia en vigor, sus hijos van al colegio y hablan castellano y gallego. Sohail, por su parte, trabaja en un puesto administrativo en Tragsa y preside una asociación de apoyo a la comunidad afgana en España. Mientras, su mujer continúa buscando un puesto laboral. Mirando hacia atrás celebra la decisión que lo llevó a trasladarse a Galicia: «En Vigo todo es más accesible. Colegio, sanidad, trabajo... Para una familia refugiada, eso lo cambia todo».

Mientras Afganistán permanece sumido en la represión, especialmente para mujeres y niños, Sohail y su familia han logrado construir desde cero una vida tranquila en Vigo.

Un asilado que orienta a menores migrantes

A pesar de que su perfecto español no lo aparente, Moustafa Diallo, de 21 años, lleva en España tan solo año y medio. Procede de Bamako, capital de Mali. «Mi vida era jugar al fútbol y estudiar», dice. No obstante, con una guerra civil en vigor en su país, su futuro, de permanecer allí, era más bien incierto, si bien, como reconoce, su familia no estaba bajo amenaza. Pero el conflicto pesaba, así que a finales de 2023 emprendió el camino a pie hacia Mauritania. «Mi tío vivía allí y podía trabajar con él», recuerda. Aquel salvoconducto fue motivo suficiente para que el rumbo de su vida cambiara por completo.

Moustafa Diallo, de 21 años y residente en Santiago

Moustafa Diallo, de 21 años y residente en Santiago / Antonio Hernández

Ya en Mauritania, conoció a un hombre que trabajaba en el mar y que le habló del viaje a Europa. Moustafa no se lo pensó. El billete de acceso al cayuco fue para él más barato ya que uno de los tripulantes era su amigo. El coste real llegó después. La patera salió con 105 personas a bordo. Al cuarto día se rompió el motor. Quedaron a la deriva. «Lo pasamos muy mal», cuenta. Uno de los jóvenes que iba a bordo tenía pequeñas nociones de mecánica y logró reparar el motor.

Entonces fue el cansancio el comenzó a hacer mella: «Se murió una persona porque no tenía fuerzas». Días después, varios jóvenes cayeron al mar y no pudieron ser rescatados. Solo 102 llegaron vivos a Canarias, tras ser rescatados por Cruz Roja. Dos semanas después fue trasladado a Madrid. Pasó cinco meses en un centro de acogida, hasta que le comunicaron cuál era su destino: Santiago.

En la capital gallega pasó cinco meses en el albergue de Monte do Gozo con la ONG Rescate, un tiempo que le sirvió para aprender castellano mientras esperaba el permiso de trabajo. Salía cada día para conocer la ciudad y hablar con la gente: «Para dominar el idioma tienes que hablar, a mí las clases no me gustan mucho».

Se formó como camarero y trabajó en diferentes locales de hostelería. Hasta que le llegó una gran oportunidad: hoy trabaja como monitor en un centro de acogida de menores migrantes en A Coruña. Allí acompaña a 14 chicos de Mali, que de un modo u otro le recuerdan su particular via crucis. «Estoy contento porque los veo bien. Estudian y aquí tienen un futuro», afirma.

En Santiago, Moustafa continúa pegando patadas al balón en el equipo de Belvís, a quien considera su familia picheleira. Con la maliense acostumbra a hablar a diario para contarle a su madre cómo ha ido el día. De cara al futuro lo tiene claro: «No pienso moverme de Galicia. Aquí tengo la vida que necesitaba».

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