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Frondosas y gallegas con registro

Si el eucalipto es la especie pirófita por excelencia —de ahí parte de su mala fama— los bosques autóctonos son su antítesis: un freno natural al fuego. Galicia atesora 4.400 hectáreas de bosques nativos inscritos en el Registro de Masas Consolidadas de Frondosas Autóctonas, que suma otra más

elena ocampo

Vigo

Las llamas se detuvieron ante las vetustas frondosas del monte comunal de Couso, Hedreira, Taboazas y Vilariño, en Avión, en los últimos incendios que asolaron al municipio, en la ola incendiaria de la pasada década. La humedad del suelo y las lúgubres copas actuaron como ignífugo. Desde entonces, los 40 comuneros de cuatro aldeas que gestionaron las más de mil hectáreas de ese monte no tuvieron que lamentar nuevos incendios. «Son monte de protección y allí se detuvieron las llamas en 2006», explica el presidente de la comunidad de montes y naturalista, Javier Estévez, que contiene un poco la respiración —como cruzando los dedos— para hablar de salvaguardar esa pequeña joya natural.

Precisamente, Estévez sitúa en un siglo la edad de los ejemplares de roble pirenaico (Quercus pirenaica), un árbol que se conoce en gallego como cerquiño, en castellano como melojo o rebollo y que en el monte de Couso ocupa unas 11 hectáreas. Es, posiblemente, el bosque de rebollo más occidental —ubicado más cerca del litoral— de toda Europa, tal y como testimonian también los datos del Ministerio de Medio Ambiente, que sitúa (aunque a bastante distancia de Castilla León) a Galicia como segunda comunidad en superficie con esta especie.

Pues este será, precisamente, el último de los bosques que se inscribirá en el «Registro de Masas Consolidadas de Frondosas Autóctonas de Galicia», cuyo procedimiento de inscripción se acaba de someter a información pública. Este registro, creado en 2020 y que actualmente cuenta con 4.474 hectáreas, repartidas en 57 masas consolidadas de frondosas —en su mayoría en la provincia de Ourense—, da prioridad a las ayudas públicas para planes de gestión, conservación o mejora. La Consellería do Medio Rural aún ultima la revisión de los últimos incendios de verano para cotejar la posible afectación de fuegos a alguna de ellas, pero con datos actualizados en junio de este año, la provincia de Ourense capitalizaba la mitad del registro de frondosas, con 2.068 hectáreas y 23 masas. La seguía Lugo, con 1.652 hectáreas y 18 masas.

El registro nació con un doble objetivo: proteger las masas forestales maduras de especies autóctonas y promover su gestión activa y sostenible. En Galicia, las frondosas ocupan ya cerca de 415.000 hectáreas, pero solo una pequeña parte se encuentra bajo planes de gestión. Con el registro, la Xunta busca dar visibilidad a los montes que, como el de Couso, conservan su carácter natural y ofrecen un escudo frente al fuego, la erosión y la pérdida de biodiversidad.

El decreto que lo regula fija que solo pueden inscribirse masas con más de 15 hectáreas continuas, una edad media mínima de 20 años y formadas mayoritariamente por especies nativas, aunque se admite hasta un 25 % de otras.

Los propietarios o comunidades que las gestionan deben comprometerse a mantener su cubierta arbórea, evitar sustituciones por especies exóticas y aplicar criterios de sostenibilidad.

«Es una herramienta de futuro», resume un técnico forestal de Medio Rural, que subraya que la inclusión en el registro no cambia la propiedad del terreno, pero sí abre la puerta a ayudas, asesoramiento y ventajas fiscales. Además, las masas inscritas pueden optar a proyectos de mecenazgo forestal o a fórmulas de gestión compartida. «Se trata de demostrar que el bosque autóctono también puede ser rentable, social y ambientalmente», explica Javier Estévez, que destaca la importancia de disponer de un técnico en el concello, que ayudó en la tramitación de la documentación. En los últimos años, la Xunta ha impulsado también programas de restauración de frondosas autóctonas en zonas degradadas o incendiadas, especialmente en áreas de montaña.

Estos proyectos, combinados con el registro, buscan reconstruir la red de bosques autóctonos gallegos y consolidar un modelo de territorio más resistente al cambio climático. «Una masa de frondosas maduras es la mejor barrera natural frente al fuego», resumen.

Especies y extensión de las autóctonas

El registro de la Xunta incluye como frondosas autóctonas las especies arbóreas propias del territorio gallego y del ecosistema atlántico que, además de valor ambiental, aportan riqueza paisajística y cultural. Entre ellas figuran el roble común (Quercus robur), el rebollo (Quercus pyrenaica), el castaño (Castanea sativa), el abedul (Betula sp.), el aliso (Alnus glutinosa), el arce (Acer pseudoplatanus), el fresno (Fraxinus excelsior), el cerezo (Prunus avium), el alcornoque (Quercus suber), la encina, el avellano , el nogal o el madroño, entre otras veinte especies. Estas frondosas componen los bosques más antiguos de Galicia y forman parte del Registro de Masas Consolidadas de Frondosas Autóctonas, que a junio de 2024 reunía 57 masas y 4.474 hectáreas: 23 en Ourense (2.068 ha), 18 en Lugo (1.652 ha), 11 en Pontevedra (421 ha) y 5 en A Coruña (332 ha). Además de su función ecológica, estas masas aportan beneficios ambientales medibles: almacenan carbono, regulan el ciclo hídrico, enriquecen el suelo y albergan una biodiversidad que actúa como red de defensa frente a plagas y cambio climático. Su reconocimiento oficial busca convertirse en pieza clave del futuro forestal de Galicia. Son, además, espacios de aprendizaje y memoria natural, donde se entrelazan la historia rural, la gestión comunal y la esperanza de un paisaje diverso, capaz de convivir con el fuego sin sucumbir.

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