Más de 8.000 adolescentes toman tranquilizantes y somníferos sin receta
La ingesta de hipnosedantes en el último año sin la necesaria prescripción facultativa entre estudiantes gallegos de 14 a 18 años se disparó un 60 por ciento desde la pandemia

Unos adolescentes delante de una farmacia. / Gustavo Santos
C. Villar
Organismos como la OMS predecían que la pandemia, por su carácter inédito, por el temor a lo desconocido que suscitó y por las restricciones asociadas, no solo pasaría factura a la salud física y la Xunta hizo suya la advertencia. Las consultas de los psicólogos aún acusan el empuje de esa ola, que se suma a un momento de desestigmatización de las afecciones de salud mental. Los jóvenes no son una excepción y en muchos casos, como cuestionan especialistas gallegos, la solución que les ofrece el sistema pasa por la medicalización cuando no son ellos mismos directamente los que se automedican, una alternativa que probaron en el último año uno de cada quince adolescentes en Galicia, y con fármacos, como benzodiacepinas y somníferos, que en teoría exigen receta.
Un análisis reciente de Fad Juventud a partir de datos del Plan Nacional sobre Drogas advierte que el uso de hipnosedantes como «respuesta automática al malestar emocional» se ha instalado «en el día a día de muchas familias» y, en particular, percibe un «patrón preocupante» en como lo afronta la adolescencia. La inquietud deriva de la encuesta Estudes, que pasa revista al consumo de sustancias en alumnado de enseñanzas secundarias de 14 a 18 años y concluye, para España, que un 19,6% de los entrevistados ha consumido pastillas para la ansiedad o para dormir alguna vez en la vida, casi un 14% en el último año y un 8,2 % en el último mes, resultados que superarían las marcas de la población adulta y que revelarían, indican, que en la juventud «parece normalizarse una medicalización de los malestares a edades cada vez más tempranas».

Consumo de hipnosedantes entre estudiantes / Simón Espinosa.
En Galicia, cuyo Ejecutivo financia una ampliación en la muestra para conocer más a fondo el comportamiento de sus chavales, las cifras del recurso a estos fármacos ascienden al 17,8% alguna vez en la vida (unos 22.000 adolescentes), 12,9% en el último año (sobre 16.000) y 7,6% (en torno a 9.400) en el mes previo. Los tres indicadores superan los registros prepandemia (2019), si bien la comunidad gallega ha logrado interrumpir este año esa tendencia ascendente a la que alude Fad Juventud.
También se dispara un 59,5% con respecto a 2019 el indicador del uso sin receta. Sí se produce un retroceso de la conducta con respecto a dos años atrás. Aun así, quienes recurren a tranquilizantes y pastillas para dormir sin prescripción —obligatoria para estos medicamentos— siguen suponiendo en números absolutos unos 8.300 chavales en el último año y casi el doble, en torno a 16.000, si se contabiliza a quienes probaron este tipo de píldoras alguna vez. En comparación con el último ejercicio prepandemia se produce un incremento significativo, del 59,5%.
Desde la Fundación Fad Juventud conceden, por un lado, que «en la mayoría de los casos» el consumo se produce tras una prescripción médica, pero advierten asimismo que no existe «un seguimiento continuado ni alternativas terapéuticas paralelas». «Lo que debería ser un recurso puntual se convierte en un mecanismo automático para calmar la ansiedad, el insomnio o la tristeza», inciden.
La situación se complica cuando ni siquiera media esa receta que sí debería estar. Para Fad Juventud, el dato en ese sentido revelaría «un acceso informal», ya sea través del botiquín de los adultos o de manos de los otros chavales, que «escapa al control sanitario».
¿Cómo se saltan los chavales la restricción de la receta? Cuando el Plan Nacional sobre Drogas les inquiere al respecto, da pistas sobre ello porque les pregunta si han conseguido el fármaco porque el médico se lo recetó a algún familiar y el joven lo toma «de vez en cuando»; porque en algún momento era el propio adolescentes quien los tenía recomendados, pero ahora los sigue tomando «sin control» de su facultativo, o porque lo haya obtenido por otros medios.
«La facilidad» para acceder a este tipo de fármacos, unida a lo que presenta como su «aparente normalización», a juicio de Fad Juventud, «oculta un problema estructural». «Estamos enseñando a las nuevas generaciones, especialmente a las mujeres jóvenes, que la única forma de afrontar el sufrimiento es silenciarlo», avisan. El consumo sin receta atañe en global a un 50% más de chicas que de chicos.
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