Gallegos en Cuba, ante la incertidumbre: «Tenemos un ojo mirando al cielo»
La sacudida geopolítica en el Caribe se vive también al otro lado del Atlántico. En Galicia residen unos 3.200 ciudadanos de nacionalidad cubana; en Cuba figuran alrededor de 45.000 electores inscritos en provincias gallegas. El temor se mastica en silencio, entre movilizaciones en la isla. Y la inquietud llega a la diáspora gallega. ¿Habrá efecto dominó tras el secuestro de Maduro?

Una de las movilizaciones populares en La Habana, Cuba, tras el secuestro de Nicolas Maduro por parte de EEUU. / Ramon Espinosa
Elena Ocampo
En el móvil de la cantante y pianista afrocubana Diana Tarín, nacida en Cuba y afincada en Galicia desde hace 25 años, los mensajes se encadenan desde la madrugada del 3 de enero. Su familia vive a «200 metros de la Plaza de la Revolución», el corazón del poder en La Habana. «Si ahí tiran una bomba, mi familia se vería bastante implicada», repite, como quien mide la distancia en metros para no medirla en miedo. El desasosiego se disparó tras la captura en Venezuela de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, en una operación que ha abierto un debate internacional sobre precedentes y legalidad.
El temblor, sin embargo, llega con eco a Cuba. Caracas y La Habana han confirmado la muerte de 32 «combatientes cubanos» durante los hechos, un dato que vuelve a colocar bajo los focos la profundidad de la cooperación entre ambos gobiernos. Formaban parte de la escolta del presidente. Para una isla con crisis energética crónica, cualquier giro en la república bolivariana se traduce en una pregunta inmediata: ¿habrá menos petróleo? Hay quien cree que, sin ese salvavidas, la Cuba de los apagones puede volverse todavía menos sostenible. Sin luz.
En Galicia —donde el crecimiento de la inmigración ha consolidado comunidades latinoamericanas cada vez más visibles— el asunto se ha instalado en sobremesas, asociaciones y cadenas de audios. La advertencia de Donald Trump tras Venezuela, con alusiones a Cuba, Colombia o México y la reiteración de su interés por Groenlandia como pieza estratégica, añade ansiedad a un tablero ya frágil: la duda no es solo «qué pasará», sino cuándo.
Desde La Habana, una gallega residente en Cuba, vinculada a las sociedades gallegas y al ámbito cultural, pide anonimato y evita el comentario partidista. «Aquí hay mucho silencio… estamos despertando de las festividades de primeros de año», explica. Su alarma, sin embargo, es concreta: «La preocupación más importante es el problema del petróleo». Las termoeléctricas dependen del crudo y, con el suministro ya limitado, perder ventas preferentes desde Venezuela «podría empeorar aún más la situación actual», advierte. Y remata con una imagen que se repite al otro lado del Atlántico: «Tenemos un ojo mirando al cielo», dice, deseando que no regrese el fantasma de 1962 y otra «crisis de los misiles».
También desde Vigo, un escritor cubano con varias novelas publicadas en España—y que fue un preso político, según su testimonio— reclama reserva. Resume una sensación que atribuye incluso a conocidos vinculados al Partido Comunista: «a ver si por fin salimos de esto». Habla de familiares con cáncer sin medicamentos, de comida que no llega, de paquetes enviados desde Galicia como red de supervivencia. Y formula el matiz que se escucha una y otra vez: «No me gusta Trump, pero tampoco la dictadura». Si hay alegría, está contenida.
Diana Tarín, actualmente profesora de piano y canto en el conservatorio de música de Vilalba y que tampoco se declara trumpista, describe una isla partida. «Hay gente que se está alegrando… y hay otra que no». Denuncia convocatorias oficiales para «demostrar» unidad «básicamente obligatorias» y teme que una escalada convierta a los civiles en daños colaterales. Al mismo tiempo, insiste en que la desesperación ha ganado terreno: «En Cuba se está viviendo la situación más crítica desde 1959… la gente no tiene medicinas».
A ese deterioro se suma —subrayan— una emergencia silenciosa de salubridad. «Se están viviendo epidemias de virus nuevos debido a que no se recoge la basura», relatan, en referencia a residuos acumulados y servicios municipales desbordados. En un país tropical, añade Tarín, el vector es conocido: los mosquitos. «El dengue está acabando con la gente», dice, y alerta de brotes de chikungunya —y otras enfermedades e infecciones— con secuelas que pueden prolongarse durante meses. El diagnóstico, en su visión, vuelve siempre al mismo punto: sin medicamentos y con los hospitales bajo presión, la enfermedad se convierte en otra forma de pobreza.
Un puente entre 3.000 cubanos en Galicia y 45.000 gallegos en la isla
Entre Galicia y Cuba, la política exterior —tradicionalmente un tabú— se cuela en el café de Reyes. La pregunta sobrevuela chats y sobremesas: si Venezuela cambia de manos bajo tutela estadounidense, ¿cuánto tiempo podrá sostenerse la isla sin su petróleo barato?
En Galicia vivían 3.212 personas con nacionalidad cubana en 2020, según el INE; una cifra modesta en comparación con otras nacionalidades, pero muy visible en ciertos ámbitos como la música y el arte, la hostelería y los cuidados. Al otro lado, Cuba sigue siendo uno de los grandes «archivos» de la emigración gallega: el censo electoral de residentes en el extranjero (CERA) registra casi 45.400 personas con inscripción en A Coruña, Lugo, Ourense o Pontevedra y domicilio en la isla (2023). El secretario xeral da Emigración, Antonio Rodríguez Miranda los elevaba a «casi 50.000» a principios de 2025, «solo detrás de Argentina y Brasil», durante una visita a La Habana. Son números que describen una red de familias, sociedades y apoyos que, en tiempos de crisis, actúan como salvavidas.
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