La represión de las milicias del chavismo
La colonia gallega en Venezuela, siete días después: «Estoy en la calle, prefiero no hablar»
Una semana después del ataque estadounidense en Venezuela, la diáspora gallega relata una creciente vigilancia del régimen sobre la población con controles en los que, incluso, se revisa el contenido de los teléfonos. Mientras, la actividad económica retoma el pulso, pese a la incertidumbre

Oficiales de la Policía Nacional Bolivariana en un momento de descanso / Miguel Gutiérrez/Efe
Mateo Garrido Triñanes
«Ahora estoy en la calle, camino del trabajo y prefiero no hablar. Si puedes, llámame mañana y charlamos tranquilamente». Así respondía Ana Belén, una ourensana que lleva residiendo más de 60 años en el caraqueño barrio de La Candelaria, a la llamada de este periódico el pasado jueves. Con esa alocución resume a la perfección «la tensa calma» y la «desconfianza» existente todavía ante la respuesta del régimen que se respira en la capital venezolana una semana después del ataque llevado a cabo por Estados Unidos y la captura del presidente Nicolás Maduro.
La Candelaria es un barrio popular. La mayoría de gallegos sin excesivos recursos económicos que llegaron a Caracas a lo largo del pasado siglo se instalaron allí. «Es un barrio con muchísima vida», apunta Ana Belén. Sin embargo, desde el pasado fin de semana está casi irreconocible. «Ayer salí al balcón a las siete de la tarde y no había nadie en la calle. Es como si la gente tuviese miedo», añade.
¿La razón? Más allá de la paulatina vuelta a la normalidad tras las vacaciones de Navidad —las clases se retoman el próximo lunes—, la Policía Nacional Bolivariana (PNB) y los colectivos, paramilitares afines al chavismo, han tomado las calles: «El pasado día 5 hubo un tiroteo cerca del Palacio de Miraflores, que al final terminó en nada pero el control se ha incrementado, a mí no me pasó, pero dicen, incluso, que revisan los teléfonos. Entonces, la gente a partir de determinada hora prefiere no salir a la calle».
Precisamente, en esta mayor sensación de control ahonda Lucía, originaria de Caldas de Reis. «Sabemos que no es prudente tener contenido político en los móviles porque la Guardia Nacional está haciendo alcabalas —puntos de control móviles—, parando gente y revisando teléfonos», apunta en una conversación a través de Instagram.
Más allá de la creciente vigilancia del régimen, los gallegos reportan que el apoyo al régimen en las calles mengua cada día más. «El otro día Diosdado Cabello convocó una marcha en defensa del régimen tras el ataque de EEUU. Sin embargo, el apoyo fue muy bajo en comparación, por ejemplo, con las marchas tras el golpe de Estado de 2002», explica Ana Belén.
En el plano económico, la ciudad va recobrando poco a poco el pulso. La mayoría de supermercados y farmacias ya están abiertas, tras las colas del pasado sábado. Hay comercios todavía cerrados, por las vacaciones, que reabrirán el próximo lunes. Lo mismo sucede con el transporte público, que durante los primeros días después del ataque funcionó a cuentagotas y hoy ya cubre las rutas con normalidad.

Colas en Caracas, el pasado sábado, para acceder a un supermercado / Ronald Peña
Pese a esta inquieta vuelta al orden tras el ataque estadounidense, la debilidad monetaria y la incertidumbre afecta con fuerza a los negocios. «Yo tengo una tienda de ropa de dama en un mercado en Caracas, pero para mí es imposible vivir de eso. Por suerte, mi hija me manda dinero todos los meses, con lo que puedo subsistir. Además, hoy en día casi prefiero ir vendiendo poquito a poco, porque tampoco sé si podré reponer el stock cuando lo necesite», lamenta Ana Belén.
Así, los gallegos residentes en el país caribeño, al igual que el resto de venezolanos, conviven con la incerteza financiera y política y «esa alegría dentro del pecho, que desborda, pero no pueden dejar salir». «Soy la única que sigo en Caracas, mis padres y mis hermanos regresaron y residen en Vilagarcía. Siempre tuve la sensación de vivir con la maleta hecha por si tenía que irme yo también. Hoy pienso en que sean ellos los que puedan regresar, al menos, para volver a comer mango y aguacate. La situación es muy difícil, pero aunque sea de forma tenue, empezamos a ver la luz al final del túnel», explica Teresa, estradense en el país latinoamericano.
«Nuestros migrantes nos critican»
Roberto, uno de los gallegos residentes en Caracas contactados por este diario tira de retranca: «Venezuela lleva siglos siendo un país bastante raro, pero estos días todavía más». Cuestionado por cuál es la situación en las calles estos días, responde: «Lee este texto que está circulando mucho en los grupos de Whatsapp que tengo con otros gallegos. Creo que resume perfectamente nuestro sentir». Este es el escrito que envió a este medio:
Si mañana bajara un extraterrestre a la Avenida Bolívar de Caracas, y, nos preguntara ¿cómo es un día normal en Venezuela? probablemente nos quedaríamos en silencio, nos miraríamos las caras y terminaríamos invitándolos a una cerveza para no explicarle lo inexplicable.
Y es que el venezolano ya no sabe qué es lo «normal». Hemos estirado tanto la liga de la adaptación que ya no somos ciudadanos, somos fenómenos.
Aquí no se amanece con un «buenos días», se amanece con un plan. El café viene acompañado de una revisión de la tasa del día (ese diferencial cambiario), el cálculo del pasaje y la logística para ver si hoy llega el agua, la luz o el milagro de la conectividad.
Vivir en un estado de conmoción perpetua agota. No es falta de esperanza, es fatiga. Quienes ven los toros desde la barrera (nuestros migrantes), nos critican. Ven una foto de alguien en la playa o en una fiesta y sueltan el latiguillo: «¿Pero allá no era que estaban mal?» Lo que no entienden es que esa cerveza fría frente al mar no es opulencia, es un kit de primeros auxilios emocionales.
Nadie sabe lo que pesa cargar con el «resolver» diario hasta que le toca inventarse la comida con tres ingredientes o decidir si paga el internet o compra las medicinas.
Podemos tener la mejor actitud del mundo, podemos ser los reyes del meme y reírnos de nuestra propia tragedia (porque el humor es nuestra catarsis), al final del día, cuando se apaga el ruido y se acaba la música, la realidad te toca el hombro.
Nos acostamos con la misma pregunta en el techo: ¿Cuándo vamos a tener un país normal? No pedimos un paraíso, solo queremos la aburrida y maravillosa paz de saber que mañana lo único que tendremos que resolver es qué queremos cenar, y no cómo vamos a sobrevivir.
Mientras tanto, seguiremos aquí: con el humor afilado, la fe debilitada y esa bendita capacidad de sonreír, aunque sea por pura resistencia.
Vivir un día feliz obviamente depende de nosotros mismos, de nuestra actitud, el tema es que ya no tenemos más gasolina para seguir resistiendo los cambios bruscos que nos siguen sorprendiendo en las madrugas, desde los resultados electorales hasta la visita de extraterrestres.
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