La Galicia que obliga a caminar por el arcén
Un octogenario muerto en Alfonso Molina retrata la Galicia que vive a pie de carretera: mayores que caminan por costumbre, casas pegadas al asfalto y un invierno que multiplica el riesgo

Peatones fallecidos en vía interurbana / Simón Espinosa
No era la primera vez que cruzaba la carretera. En Galicia, casi nadie llega a viejo sin haberlo hecho miles de veces. El octogenario fallecido en A Coruña al ser atropellado este fin de semana en Alfonso Molina encarna un perfil que se repite: mayor, acostumbrado a caminar por el borde del asfalto porque la vida, en Galicia, está hecha de distancias cortas pero peligrosas.
El atropello mortal del fin de semana en A Coruña es el retrato de una comunidad que vive a pie de carretera y con una población dispersa donde el tráfico es parte del paisaje doméstico. Una comunidad donde los mayores siguen caminando porque no hay otra forma de vivir. Donde cada recado implica un cruce. Donde el chaleco reflectante puede salvar una vida, pero la costumbre —y la edad— pesan más que cualquier campaña.
El perfil se repite: edad media, más de 70 años, y sin chaleco reflectante. Y con la llegada el invierno, las tardes oscurecen antes, la visibilidad disminuye y el peligro se multiplica.
La muerte de este varón octogenario arrollado en A Coruña vuelve a poner sobre la mesa una de las lacras de la accidentalidad en la red viaria: en Galicia, caminar sigue siendo una actividad de riesgo. Y lo es, sobre todo, para quienes llevan toda la vida haciéndolo.
Superaba los 80 años. A esa edad, el tiempo se mide en recados: ir por el pan, recoger las medicinas, ver si el vecino necesita algo, revisar la finca. En una comunidad donde la dispersión no es un concepto estadístico sino una forma de vida, cada uno de esos trayectos implica cruzar una carretera. No solo en aldeas remotas: también en las grandes vías que, como Alfonso Molina, parten en dos la vida cotidiana de miles de personas.
Un patrón que se repite
La muerte de este hombre tras ser atropellado entorno a las ocho de la tarde del domingo no es una excepción, sino la consecuencia de un patrón que se repite desde hace décadas. Galicia es la comunidad con mayor porcentaje de población viviendo en entornos rurales: un 65%. Y en esos lugares, la carretera es la única acera posible. No hay arcén, no hay iluminación, no hay pasos de peatones. Solo curvas, velocidad y un asfalto que funciona a la vez como frontera y como amenaza.
En la última década, más de 140 personas murieron atropelladas en vías interurbanas gallegas. La mitad de ellas en la provincia de A Coruña, donde la red viaria es extensa, el tráfico intenso y las aldeas crecen pegadas a las carreteras como musgo al muro. Galicia lidera la tasa de peatones arrollados sobre el total de siniestros mortales: un 15%.
Cruzar "por donde se cruzó toda la vida"
El hombre atropellado en Alfonso Molina pertenecía a esa generación que aprendió a cruzar “por donde se cruzó toda la vida”. A menudo por una curva, por un tramo sin luz, por un punto donde nunca hubo paso de peatones. La costumbre pesa más que la prudencia, y la tradición —vestir de oscuro, salir “solo un momento”— se convierte en un factor de riesgo.
Los agentes de Tráfico lo repiten en cada charla: “El chaleco junto a las llaves”. Pero convencer a un mayor de que se haga visible no es sencillo. Menos aún en Galicia, donde pedirle a una viuda que lleva años de negro que se ponga un chaleco fluorescente para ir a por el pan es casi una intromisión cultural. Aunque, bien es cierto, que durante los últimos años se ha logrado que cada vez más viandantes utilicen prendas reflectantes, todavía son mayoría los que salen a comprar el pan al lado de casa, a por las medicinas a la farmacia o a tirar la basura sin el chaleco que les hace visibles a los conductores a la hora de cruzar la carretera.
Bares a pie de carretera
A la ecuación se suma otro elemento que aumenta el riesto entre los viandantes: muchos bares siguen estando a pie de carretera. Cada año, la Guardia Civil registra atropellos con tasas de alcohol elevadas en peatones. No es solo un problema de conducción: también de quienes caminan.
Aunque las campañas han reducido la siniestralidad respecto a los años más negros —en 2000 murieron 73 peatones en Galicia—, la cifra sigue estancada. La tasa gallega de peatones atropellados sobre el total de siniestros mortales duplica la media española: en Galicia representan entre el 16% y el 18% de los fallecidos en carretera.
Los puntos negros en el mapa gallego están identificados: casi medio centenar. Las patrullas reparten chalecos reflectantes a quien camina sin ellos. Pero la realidad es tozuda: la dispersión, el envejecimiento y la vida alrededor del asfalto siguen marcando la diferencia.
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